CAPÍTULO 18
La Caída del Heredero
El viento polar entraba aullando por los ventanales rotos de la galería superior de la torre, arrastrando copos de nieve que se mezclaban con el humo acre de la pólvora.
El estruendo de los disparos se reducía a detonaciones aisladas en los niveles inferiores: la guardia de la Bratvá estaba exterminando de forma metódica a los últimos mercenarios del sur.
Ares avanzaba por la gran terraza cubierta con el paso pesado y letal de un ejecutor. A pocos metros, recortado contra el abismo de la noche y el río Nevá congelado, aguardaba Mikhail Rostov.
El hijo menor de Viktor Rostov estaba herido en un hombro, pero sostenía su arma corta con ambas manos. A su lado, arrinconada contra la barandilla de piedra, Larisa Rostov mantenía el abrigo manchado de hollín y la mirada desencajada por el pánico, viendo cómo su plan se desmoronaba en trozos.
—Se acabó, Mikhail —la voz de Ares sonó tan fría como la tormenta que los rodeaba.
—¡Esta ciudad le pertenecía a mi familia mucho antes que a la tuya! —gritó Mikhail, con la voz quebrada por la desesperación—. ¡Tu padre nos la arrebató con mentiras, y tú no eres más que su heredero, cargando con la misma sangre sucia!
—La ciudad le pertenece a quien la gobierna con algo más que rencor heredado —sentenció Ares, sin alterar el ritmo de sus pasos.
Mikhail levantó el arma con torpeza para disparar, pero Ares no le dio la más mínima oportunidad. Con la precisión de años de adiestramiento, esquivó el primer impacto y descerrajó dos tiros secos en el torso de Mikhail.
El joven Rostov chocó contra la barandilla de mármol y se deslizó lentamente hasta quedar inerte sobre la nieve.
Larisa soltó un grito ahogado y cayó de rodillas sobre la piedra helada. Ares no la miró a ella. Giró sobre sus talones al escuchar el sonido de unos pasos rápidos y urgentes que se aproximaban desde el hueco de la escalera —pasos que no eran los de Kirill.
Era uno de los guardias de la escolta interior de Elena, con el rostro pálido de pánico.
—¡Señor Volkov! —gritó, sin aliento—. Es la señora. Ha roto aguas. El bebé viene ya.
El mundo entero de Ares se contrajo hasta ese único instante. Ni la victoria sobre Mikhail, ni Larisa arrodillada en la nieve, ni la torre entera en llamas a su alrededor importaron ya lo más mínimo.
—Encárgate de ella —le dijo a Kirill, señalando con la barbilla el cuerpo tembloroso de Larisa, arrodillada entre los escombros—. Yo tengo que estar con mi mujer.
Y sin esperar respuesta, echó a correr hacia el interior de la torre con una velocidad que ninguna guerra, ninguna venganza y ningún imperio habían conseguido nunca arrancarle.