CAPÍTULO 17
El Cerco a la Fortaleza
La tormenta de nieve azotaba los muros reforzados de la Torre Nevá con un aullido ensordecedor. El cielo de San Petersburgo se había teñido de un violeta oscuro, casi negro, cortado únicamente por el destello de los focos de alta potencia del perímetro.
Dentro del edificio, convertido en las últimas horas en una auténtica fortaleza gracias a los refuerzos de acero que Ares había ordenado instalar semanas atrás, el ambiente olía a pólvora, electricidad estática y humedad, un calor húmedo y metálico que contrastaba con la ventisca que golpeaba el cristal blindado apenas unos metros más allá.
Cada disparo dejaba un rastro cálido en el aire helado que se colaba por las brechas del perímetro; cada gota de sangre sobre el mármol blanco humeaba un instante antes de que el frío la venciera.
Katia había sido trasladada, a regañadientes y solo tras una discusión que Ares ganó por pura autoridad fraternal, al búnker más profundo del nivel subterráneo, custodiada por dos de los hombres de mayor confianza de Kirill.
Elena caminaba por el pasillo del nivel inferior custodiada por dos hombres de la guardia de élite, sintiendo el suelo vibrar bajo sus pies con cada detonación lejana.
Mikhail y Larisa habían lanzado lo que les quedaba de su fuerza mercenaria contra las puertas principales, en un intento desesperado por tomar la torre antes de que la parálisis financiera terminara de asfixiarlos por completo.
Las puertas de la sala de mando se abrieron de par en par.
Ares estaba de pie ante las pantallas de vigilancia, con la camiseta táctica manchada de hollín y la funda del arma desenfundada sobre el pecho.
A su lado, Valeria Cruz, que se había negado en redondo a evacuar cuando comenzó el asedio, coordinaba con precisión fría las cámaras de seguridad restantes, dirigiendo a los equipos de la guardia hacia cada brecha antes de que los mercenarios de Mikhail pudieran aprovecharla.
—El sector oeste está a punto de ceder —informó Valeria, sin apartar la vista de las pantallas—.
He redirigido a dos escuadras desde el ala este, pero necesito que alguien confirme si el generador de respaldo aguanta otra sobrecarga antes de que intente reforzar las defensas eléctricas del perímetro completo.
—Confirmado —respondió Elena, revisando su propia terminal—. Aguanta, pero no mucho más de una hora.
—Con una hora me basta —dijo Valeria, con la misma determinación profesional que la había llevado a cruzar medio mundo persiguiendo justicia en más de una ocasión.
En cuanto vio a Elena cruzar el umbral, Ares recortó la distancia en tres zancadas largas.
—Te dije que permanecieras en el nivel tres —reprochó, con la voz vibrando en la estancia.
—El nivel tres no tiene acceso a los servidores de respaldo —respondió Elena sin pestañear—. Si destruyen las líneas externas, necesitas que mantenga la encriptación del perímetro manual. No me encierres en una celda mientras Kirill y tú están bajo el fuego.
Ares apretó los dedos sobre sus hombros, pero Elena no se apartó. Fue entonces cuando sintió la primera punzada, sorda y profunda, en la parte baja del abdomen.
Se le cortó la respiración.
—¿Elena?
—Estoy bien —murmuró ella, aunque el gesto de dolor que le cruzó el rostro contradecía sus propias palabras—. Solo... una punzada. Probablemente el estrés.
Ares la miró con una intensidad que no admitía discusión, pero un impacto violento retumbó en las galerías superiores en ese preciso instante, haciendo caer un fino polvo de yeso desde el techo. La luz de la estancia parpadeó en rojo cuando las alarmas de brecha perimetral comenzaron a sonar.
Kirill apareció por el pasillo lateral, con el rostro manchado de sangre por un rozón en la sien.
Su mirada se cruzó un instante con la de Valeria —una mirada breve, cargada de un miedo que ninguno de los dos tenía tiempo de nombrar en voz alta— antes de que la urgencia del momento volviera a imponerse sobre cualquier otra cosa.
—Han volado el portón este con cargas compuestas —anunció, con una frialdad absoluta—. Mikhail y Larisa están en el patio interior con la vanguardia. Quieren el control de la torre principal.
—Ve —dijo Valeria, sosteniéndole la mirada a Kirill con una firmeza que escondía, apenas, el terror genuino por su seguridad—.
Yo me quedo aquí, cuidando de Elena y del resto del perímetro.
Vuelve de una pieza, Volkov. Tenemos una conversación pendiente sobre Nueva York, y no pienso tenerla con un fantasma.
Kirill le dedicó una sonrisa breve, casi imperceptible en medio del caos, antes de desaparecer por el pasillo junto a Ares.
Ares no aflojó el agarre sobre Elena; la atrajo hacia sí, sellando sus labios en un beso implacable, cargado de todo el terror y la determinación que no tenía tiempo de expresar con palabras.
—Quédate en la mesa de mandos y no te muevas de aquí bajo ningún concepto —ordenó contra su boca antes de soltarla y rastrillar el cierre de su arma—. Kirill, aseguramos el vestíbulo. Hoy se acaba la estirpe de Rostov.
En cuanto los dos hombres desaparecieron por el pasillo, Elena sintió que la segunda punzada llegaba con una intensidad que ya no podía atribuir al estrés ni disimular ante sí misma.
El bebé había decidido, con la peor sincronía posible, que esa noche de fuego y hielo era el momento de llegar al mundo.