CAPÍTULO 15
La Sangre de Rostov
Kirill llegó al despacho de mando con el rostro tenso y la determinación fría de un hombre que llevaba doce horas sin dormir desde el envenenamiento.
—Mikhail Rostov cometió el error de concentrar a su guardia de élite en una antigua fábrica de ensamblaje del distrito industrial, tras el bloqueo financiero de Elena —informó, señalando el mapa térmico proyectado sobre la pantalla—.
Se están quedando sin suministros y preparan una evacuación de emergencia hacia el sur.
Si no los golpeamos ahora, se disolverán en las sombras y tendremos que perseguirlos durante meses.
—Lleva a tres equipos de asalto —ordenó Ares, con voz grave y cortante—. No quiero prisioneros entre los mercenarios que hayan participado en el envenenamiento de mi esposa. A Mikhail lo quiero vivo solo si puede hablar; si se resiste, termina con él allí mismo.
—Me encargo. —Kirill asintió, dando un paso hacia la salida antes de detenerse y mirar a Elena—. Las rutas de escape del sector están bloqueadas desde el sistema central gracias a tus códigos de acceso. Buen trabajo, otra vez.
—Vuelve de una pieza, Kirill —respondió Elena.
Cuando las puertas dobles se cerraron tras Kirill, el silencio volvió a adueñarse de la estancia. Ares no tardó en cortar el espacio que lo separaba de Elena.
—Tú no vas a salir de este despacho hasta que la confirmación del barrido sea absoluta —murmuró contra sus labios.
—No pensaba ir a ninguna parte —desafió ella en un susurro—. Sé exactamente dónde debo estar.
Dos horas más tarde, el canal de radio encriptado volvió a emitir estática, seguida de la voz jadeante pero implacable de Kirill sobre el fondo de detonaciones distantes.
—Sector industrial asegurado —reportó, con tono helado—. El bastión de Mikhail ha caído. Ha logrado replegarse hacia la Torre Nevá con los últimos supervivientes leales, junto con Larisa. Se están jugando su última carta, Ares. Vienen directos hacia nosotros.
Ares apretó los nudillos sobre el borde del escritorio, con los ojos grises ardiendo en una penumbra asesina.
—Que vengan —siseó, mirando a Elena mientras la atraía hacia su costado con un agarre de hierro—. La torre será su tumba.