El Heredero de Ceniza (Imperios de Ceniza 3) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Veneno en la Noche

El primer síntoma fue tan sutil que Elena estuvo a punto de ignorarlo: un ligero mareo mientras cenaba, apenas perceptible en medio del cansancio habitual del embarazo.

El segundo síntoma —un sudor frío que le empapó la nuca en cuestión de minutos, seguido de un temblor incontrolable en las manos— hizo que Ares se pusiera en pie de un salto, derribando la silla en el proceso.

—¡Elena!

—Algo va mal —consiguió articular ella, antes de que las náuseas la doblaran por la mitad.

Kirill irrumpió en el comedor apenas segundos después, alertado por el ruido, con Valeria pisándole los talones. Bastó una sola mirada al plato de Elena, apenas tocado, para que Kirill maldijera en ruso y arrancara el vaso de agua de la mesa, olfateándolo con una precisión entrenada.

—Toxina de acción lenta. Probablemente introducida en la cocina —anunció, con una frialdad que contrastaba con la urgencia de sus movimientos—.

Tenemos un médico de confianza en el edificio; voy a traerlo ahora mismo.

Valeria, necesito que aísles la cocina completa, nadie entra ni sale hasta que sepamos cómo lo hicieron.

Los siguientes veinte minutos transcurrieron en el tipo de caos controlado que solo una organización acostumbrada a la violencia podía ejecutar con tanta precisión: el médico privado administrándole a Elena un antídoto de amplio espectro mientras monitorizaba los signos vitales del bebé con un ecógrafo portátil, Kirill interrogando al personal de cocina con una furia gélida, Valeria revisando las cámaras de seguridad en busca de cualquier acceso no autorizado.

Ares no se apartó del lado de Elena en ningún momento, sosteniéndole la mano con una fuerza que rozaba el dolor, con el rostro pálido de un terror que Elena nunca antes le había visto expresar tan abiertamente.

—El bebé está bien —confirmó finalmente el médico, retirando el ecógrafo—. La dosis era baja, probablemente diseñada para debilitar, no para matar de inmediato. Pero unas horas más sin tratamiento habrían sido mucho más peligrosas.

Cuando el médico y los guardias se retiraron, dejando a Ares y Elena finalmente solos en el dormitorio, la furia contenida durante la crisis médica se desbordó de golpe.

—Ha sido Larisa —dijo Ares, con una voz tan baja y letal que Elena sintió un escalofrío—. Tiene que haber sido ella. Un contacto en la cocina, sobornado semanas atrás, esperando el momento exacto.

—Ares...

—Voy a encontrar a cada persona que haya tocado esa comida y voy a hacer que supliquen por una muerte rápida —continuó él, con los puños cerrados tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos—. Casi te pierdo esta noche. Casi los pierdo a los dos.

Elena se incorporó en la cama, todavía débil pero decidida, y le tomó el rostro entre las manos, obligándolo a mirarla directamente.

—Estoy aquí, Ares. Los dos estamos aquí. —Su voz, aunque cansada, no temblaba—. Necesito que canalices esa furia en algo útil, no en destruirte a ti mismo con ella.

Ares cerró los ojos, apoyando la frente contra la de ella, dejando que la cercanía de su cuerpo apaciguara, poco a poco, el terror que todavía le corría por las venas.

Cuando volvió a besarla, el beso no tuvo nada de la urgencia hambrienta habitual; fue lento, reverente, cargado de un alivio tan profundo que a Elena se le encogió el pecho.

—No vuelvas a asustarme así —susurró él contra sus labios, con las manos recorriendo su cuerpo con un cuidado casi doloroso, como si necesitara comprobar, centímetro a centímetro, que ella seguía intacta.

—No puedo prometerte que la guerra no vuelva a intentarlo —respondió Elena, hundiendo los dedos en su cabello—. Pero puedo prometerte que voy a seguir plantándole cara cada vez que lo haga.

Se quedaron dormidos esa noche entrelazados, con la mano de Ares posada sobre el vientre de Elena incluso mientras dormía, como un centinela que no pensaba bajar la guardia ni un solo segundo más.