El Heredero de Ceniza (Imperios de Ceniza 3) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

El Precio del Silencio

En una villa cubierta de nieve a las afueras de Zúrich, Viktor Rostov releyó el expediente que Ares Volkov le había hecho llegar tres veces antes de aceptar, con una amargura que le pesaba en el pecho más que cualquier derrota militar que hubiera sufrido en cuarenta años de guerra silenciosa, que cada cifra era irrefutablemente cierta.

Su propia hija le había estado robando durante dos años.

No era el dinero lo que dolía —Viktor había perdido y ganado fortunas suficientes a lo largo de su vida como para que unos millones desviados no le quitaran el sueño—.

Lo que dolía era la traición silenciosa, la certeza de que Larisa había preferido mentirle durante veinticuatro meses antes que sentarse frente a él y decirle, con la misma franqueza brutal con la que resolvía cualquier otro problema, que necesitaba financiación para una guerra personal que él jamás habría autorizado.

Y sin embargo, mientras releía el expediente por cuarta vez, Viktor no pudo evitar preguntarse qué parte de aquella traición le pertenecía también a él.

Recordó, con una claridad que llevaba años evitando, todas las veces que había alabado los logros de Mikhail con una efusividad que jamás le había dedicado a Larisa, aunque ella resolviera los mismos problemas con la mitad de recursos y el doble de elegancia.

Recordó cada cena familiar en la que había repetido la historia de la humillación de su abuelo a manos de Konstantin Volkov, sembrando sin saberlo la semilla de una obsesión que, ahora entendía, había germinado precisamente en la hija a la que menos atención le había prestado.

—Señor —dijo su asesor de mayor confianza, entrando en el despacho con cautela—, los capitanes esperan su decisión.

Si repudia a Larisa públicamente, la casa Rostov queda desprovista de heredero legítimo.

Si no lo hace, Ares Volkov interpretará cualquier vacilación como una declaración de guerra contra toda la familia.

Viktor cerró el expediente, sintiendo el peso de sus sesenta años como nunca antes lo había sentido.

—Ya he tomado la decisión —dijo, con una voz que sonó más cansada que autoritaria—. Redacta el comunicado. Larisa queda repudiada como heredera, sus cuentas familiares congeladas, su acceso a cualquier recurso de la casa Rostov revocado con efecto inmediato.

—¿Y Mikhail?

Viktor se quedó en silencio un largo instante, pensando en su hijo menor, en la guerra que ya sabía, con la certeza amarga de quien ha vivido lo suficiente para reconocer los patrones que se repiten, que Mikhail no iba a aceptar sin luchar.

—Mikhail va a intentar continuar esto por su cuenta —dijo finalmente—.

Y no hay ningún comunicado que pueda detenerlo.

Envía un mensaje privado a Ares Volkov, extraoficial, sin ningún compromiso escrito: si mis hijos deciden morir en su guerra personal, que sea sin el respaldo ni la bendición de esta familia.

Ya he perdido demasiado por no prestar atención a tiempo.

No pienso perder también lo que me queda de dignidad, defendiendo una locura que yo mismo ayudé a sembrar sin darme cuenta.

Cuando el asesor se marchó a cumplir la orden, Viktor Rostov se quedó solo frente al ventanal de su despacho, contemplando la nieve caer sobre las montañas suizas, preguntándose, demasiado tarde para que la pregunta sirviera de algo, en qué momento exacto había dejado de ver a su hija como una persona completa y había empezado a verla solo como la sombra de un hijo que nunca terminó de estar a la altura de sus propias expectativas.