El Heredero de Ceniza (Imperios de Ceniza 3) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

La Trampa de la Ópera

La velada en el Teatro Mariinsky había sido idea de Ares, un intento deliberado de proyectar normalidad ante la vieja guardia rusa en mitad de una guerra que llevaba semanas escalando en silencio.

Elena, envuelta en un vestido de terciopelo verde esmeralda que disimulaba con elegancia el ligero abultamiento de su vientre, se sintió, durante el primer acto, casi capaz de olvidar que existía algo llamado Larisa Rostov.

El olvido no duró.

Durante el intermedio, mientras Ares se retrasaba unos minutos atendiendo una llamada urgente de Kirill sobre el perímetro de seguridad exterior, Elena se dirigió sola hacia los camerinos privados, buscando un momento de calma lejos del bullicio del vestíbulo.

Fue allí, entre bastidores, donde Larisa Rostov la interceptó, emergiendo de las sombras con dos guardaespaldas discretamente apostados junto a la puerta.

—Qué casualidad encontrarte aquí, sola, tan lejos de tu perro guardián —dijo Larisa, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—No estoy sola, Larisa. Nunca lo estoy en esta ciudad, y tú lo sabes perfectamente. —Elena se irguió, sin mostrar ni un ápice del miedo que le atravesaba el pecho.

—Por ahora. —Larisa dio un paso hacia ella, con la voz reducida a un susurro venenoso—.

Sabes que tu pequeño esfuerzo de investigación financiera no te va a salvar, ¿verdad?

Puedo encontrar formas de llegar hasta ti que ni tu marido ni su hermano puedan anticipar.

Empezando por ese hijo que llevas dentro.

Sería una lástima que la próxima generación del imperio Volkov no llegara a ver la luz.

El miedo que Elena sintió entonces no fue el miedo paralizante que Larisa esperaba provocar. Fue algo mucho más frío y mucho más letal: la certeza absoluta de una madre dispuesta a cualquier cosa por proteger lo que llevaba dentro.

—Si vuelves a mencionar a mi hijo —dijo Elena, con una voz que no tembló ni un solo instante—, no va a hacer falta que Ares se ensucie las manos contigo. Lo haré yo misma, y te aseguro que sé exactamente cómo hacer que duela durante mucho, mucho tiempo antes del final.

Larisa parpadeó, genuinamente sorprendida por la frialdad de la respuesta, justo en el instante en que la puerta del camerino se abrió de golpe.

Ares cruzó el umbral con una furia contenida que helaba el aire de la estancia. No dijo una palabra dirigida a Larisa; se limitó a colocarse entre ambas mujeres, con el cuerpo entero convertido en un muro de advertencia.

—Sal de mi teatro, Larisa —dijo, con una voz tan baja y letal que los dos guardaespaldas de ella retrocedieron instintivamente—.

La próxima vez que te acerques a mi esposa a menos de diez metros sin mi permiso expreso, voy a considerarlo una declaración formal de guerra, y voy a responder arrasando cada propiedad que tu familia posea al sur del río, empezando por las que llevan generaciones en vuestro apellido.

—Solo estábamos charlando, Ares —dijo Larisa, recomponiendo la sonrisa con un esfuerzo visible.

—No me insultes fingiendo que no sé leer una amenaza cuando la tengo delante. —Ares dio un paso hacia ella, y por primera vez esa noche, Larisa retrocedió de verdad—. Vete. Ahora.

Cuando Larisa desapareció por el pasillo, escoltada por sus hombres, Ares se giró hacia Elena, con las manos temblando por una mezcla de furia y un miedo que rara vez se permitía mostrar tan abiertamente.

—¿Te ha tocado? ¿Te ha hecho algo?

—Estoy bien, Ares. —Elena le tomó las manos, calmando el temblor con su propio contacto—. Ha amenazado al bebé. Y le he dejado muy claro que si vuelve a intentarlo, no va a necesitar preocuparse por ti. Va a tener que preocuparse por mí.

Ares la atrajo hacia su pecho con una desesperación silenciosa, apoyando la barbilla sobre su cabeza mientras el resto del teatro continuaba, ajeno por completo, con la representación.

—Esto se acaba pronto —murmuró contra su pelo—. Te lo prometo, Elena. Voy a asegurarme de que esa mujer no vuelva a respirar el mismo aire que tú.