CAPÍTULO 10
Un Respiro de Familia
La videollamada entró justo cuando Elena por fin conseguía convencer a su cuerpo agotado de que se sentara diez minutos sin revisar un solo documento financiero.
—¡No puedo creer que lleves seis semanas de embarazo y no me lo hayas dicho hasta ayer!
—La voz de Katia estalló a través de la pantalla del portátil, con una indignación tan cargada de cariño que Elena no pudo evitar reírse por primera vez en días—.
Voy a ser tía y me entero por una llamada de tres minutos de Ares, que además sonaba como si estuviera anunciando una fusión empresarial en lugar del nacimiento de mi sobrino.
—Ha sido una locura, Katia. Entre Larisa Rostov y el bloqueo financiero, apenas he tenido tiempo de procesarlo yo misma.
El rostro de Katia se suavizó al otro lado de la pantalla, con una preocupación genuina reemplazando la indignación teatral.
—¿Cómo estás de verdad, Elena? No la versión que le cuentas a mi hermano para que no se vuelva más sobreprotector de lo que ya es.
Elena se permitió, por primera vez en semanas, bajar del todo la guardia frente a alguien que no necesitaba que fingiera fortaleza constante.
—Cansada. Asustada, a ratos, aunque no se lo diga a Ares porque él ya carga con suficiente miedo por los dos.
—Se llevó una mano al vientre, con el mismo gesto instintivo de siempre—.
Pero también más segura de lo que he estado en mucho tiempo.
Sé lo que estoy construyendo aquí, Katia.
Y sé exactamente por qué merece la pena pelear por ello.
—Papá pregunta por ti todos los días —dijo Katia, con una sonrisa que se coló incluso a través de la mala conexión—.
Ha empezado a tejer, ¿te lo puedes creer?
Dice que es "terapéutico", pero yo creo que solo quiere tener una excusa para hacerle una manta al bebé antes que cualquiera.
Y Nadia te manda muchísimos recuerdos; la fundación acaba de inaugurar su segundo centro de reinserción en Milán, y quiere que seas la primera en enterarte cuando corten la cinta oficialmente.
Dice que sin la mujer que la sacó de aquel jardín helado, nada de esto existiría.
Elena sintió que los ojos se le humedecían, una mezcla de nostalgia y orgullo que la pilló desprevenida.
—Dile que estaré ahí en cuanto pueda viajar de nuevo. Y dile a papá que si le hace una manta al bebé antes que abuela materna, va a tener que competir con la mejor tejedora de todo Manhattan, porque pienso pedírselo también a la señora que vive al lado de la mansión.
—Se lo diré palabra por palabra, y créeme que va a tomárselo como una declaración de guerra.
—Katia se rió, y después su expresión se volvió más seria—.
Elena, en serio. Si necesitas que vaya, cojo un vuelo mañana mismo.
No me importa que Ares me diga que San Petersburgo es zona de guerra ahora mismo. Eres mi familia. Y ese bebé también.
—Lo sé. —Elena sonrió, con una calidez que le llenó el pecho de algo parecido a la esperanza—. Y te prometo que en cuanto todo esto termine, vas a tener el mejor asiento de primera fila para malcriar a tu sobrino todo lo que quieras.
—Cuenta con ello, cuñada. —Katia le lanzó un beso a la cámara—. Ahora ve a descansar. Y dile a mi hermano de mi parte que como no te cuide como es debido, le voy a pintar un retrato horrible de recuerdo permanente en el salón.
Cuando la llamada terminó, Elena se quedó un momento mirando la pantalla apagada, con una sensación de calidez que ninguna estrategia financiera ni ningún despliegue de guardias había conseguido darle en semanas.
En medio de la guerra, del veneno y del hielo de San Petersburgo, todavía quedaba un hilo de calidez tirando de ella hacia casa.
No esperaba que ese hilo se materializara en persona apenas cuatro días después.
—¡Voy a matarla! —La voz de Ares retumbó por todo el pasillo de la Torre Nevá, seguida del sonido de sus pasos furiosos dirigiéndose hacia el vestíbulo principal—. ¡Le dije explícitamente que San Petersburgo no era seguro!
Elena salió del despacho justo a tiempo para ver a Katia bajando del ascensor privado, con una maleta de mano y una sonrisa desafiante que no auguraba ninguna disculpa.
—Hola a ti también, hermano —dijo Katia, esquivando el intento de Ares de interceptarla y cruzando directamente hacia Elena—.
Antes de que empieces a gritar, ya he pasado el control de seguridad de Kirill, ya me han cacheado dos veces y ya le he prometido a un guardia bastante nervioso que no pienso salir del edificio bajo ningún concepto. Así que puedes ahorrarte el sermón.
—Katia, esto no es un juego. —Ares se plantó frente a ella, con la furia genuina de un hermano mayor aterrado disfrazada de autoridad—. Hay una guerra activa a las puertas de esta torre.
—Y hay una cuñada embarazada y sola en mitad de esa guerra, sin ninguna otra mujer de la familia a su lado —replicó Katia, sin amilanarse—.
No pienso quedarme pintando en Nueva York mientras tú decides cuánto peligro es "demasiado" para que yo elija por mí misma.
Ya soy mayor de edad, Ares. Y esta familia es tan mía como tuya.
Elena, conmovida hasta las lágrimas por la testarudez feroz de aquella mujer que llevaba dos libros enteros demostrando que el cariño, en la familia Volkov, siempre venía acompañado de desobediencia absoluta cuando hacía falta, cruzó la distancia que las separaba y la envolvió en un abrazo.
—Gracias por venir —susurró, con la voz quebrada—. No sabes cuánto necesitaba esto.
Ares, derrotado por la escena que tenía delante, se pasó una mano por el rostro con un suspiro de resignación.
—Te quedas en el nivel de seguridad máxima —dijo, señalando a su hermana con un dedo que no admitía discusión—.
Y si algo te pasa mientras estás bajo mi techo, voy a tener que responder ante nuestro padre en el más allá, y créeme que prefiero enfrentarme a Larisa Rostov con las manos desnudas antes que a esa conversación.
—Trato hecho. —Katia le sonrió con dulzura, la misma sonrisa que llevaba media vida usando para salirse con la suya frente a su hermano—. Ahora, ¿alguien me va a enseñar la sala de música de esta fortaleza glamurosa, o tengo que encontrarla yo sola?
Los tres días siguientes, en mitad de los preparativos para lo que todos sabían que sería el enfrentamiento final con Mikhail y Larisa, Katia se convirtió en un ancla inesperada de normalidad: pintaba en un rincón del salón mientras Elena tocaba el piano, discutía con Kirill sobre la decoración "carcelaria" de cada sala que visitaba, y llenaba cada comida de risas que, por unas horas, conseguían que la guerra pareciera un poco más lejana de lo que en realidad estaba.