CAPÍTULO 9
Guerra Psicológica
El sobre llegó sin remitente, deslizado bajo la puerta del despacho privado con una discreción que solo alguien con acceso interno a la Torre Nevá podría haber logrado.
Elena lo abrió con cautela, sentada sola en el escritorio mientras Ares supervisaba los nuevos protocolos de seguridad en el piso inferior.
Dentro encontró un fajo de fotografías granuladas y documentos fotocopiados: registros de hospitales, informes forenses, fotografías de escenas que Elena reconoció, con un escalofrío, como el tipo de violencia que Ares había dejado atrás hacía años pero que nunca había terminado de contarle en detalle.
Una nota manuscrita, con la misma caligrafía elegante que Elena había visto en la tarjeta de confirmación de la reunión del Club Nevsky, coronaba el fajo de documentos: *"¿Sabe tu hijo qué clase de monstruo lleva por padre?
Pregúntale a Ares por Basil Kuznetsov. Pregúntale qué le hizo con sus propias manos a un hombre que solo intentó protegerse. — L.R."*
Elena sintió que el estómago se le encogía, no de miedo, sino de una ira fría que llevaba semanas aprendiendo a canalizar en lugar de reprimir. Larisa Rostov, incapaz de derrotarlos en el terreno financiero o militar, había decidido atacar el único frente que Elena no esperaba: la duda.
En lugar de quemar los documentos, como una parte de ella deseaba hacer, Elena los extendió sobre el escritorio con la misma disciplina metódica que aplicaba a cualquier partitura compleja.
Pasó las siguientes tres horas examinando cada fecha, cada nombre, cada cifra garabateada en los márgenes de los informes financieros que Larisa había incluido, aparentemente sin darse cuenta, junto al material comprometedor.
Fue en ese descuido donde Elena encontró la grieta.
Los informes financieros que acompañaban las fotografías —incluidos, probablemente, para dar una pátina de legitimidad "documental" al chantaje— revelaban, entre líneas, un patrón de transferencias irregulares desde las cuentas personales de Larisa hacia una serie de sociedades en Liechtenstein que no coincidían con ningún activo declarado de la casa Rostov.
Larisa no solo estaba financiando la guerra contra Ares con el dinero de su familia.
Estaba desviando fondos paralelos, en secreto, probablemente sin que su propio padre lo supiera.
Cuando Ares entró en el despacho poco después y encontró a Elena rodeada de fotografías de un pasado que él mismo había intentado enterrar, se quedó paralizado en el umbral.
—Elena...
—No necesito que me expliques esto —dijo ella, sin apartar la vista de los documentos financieros—.
Sé exactamente quién eras antes de conocerme, Ares.
Y sé exactamente en quién te has convertido desde entonces.
Larisa cree que puede asustarme mostrándome fotografías de una guerra que tú ya dejaste atrás.
Lo único que ha conseguido es entregarme, sin darse cuenta, la prueba de que está robando a su propia familia para financiar esta locura.
Ares cruzó la habitación y se arrodilló junto a la silla de Elena, con una expresión que combinaba alivio y una admiración feroz.
—¿Cómo puedes mirar todo esto y no...?
—¿Y no salir corriendo? —Elena le sostuvo el rostro entre las manos—.
Porque el hombre que hizo esas cosas hace años no es el mismo hombre que se arrodilla frente a un piano para escuchar cómo suena la felicidad.
La gente puede cambiar, Ares. Tú eres la prueba viviente.
Ahora ayúdame a preparar el expediente sobre Liechtenstein.
Vamos a devolverle el golpe a Larisa con sus propios errores.