El Heredero de Ceniza (Imperios de Ceniza 3) CAPÍTULO 8
36%

CAPÍTULO 8

Sombras en el Perímetro

Esa noche, antes de que el teléfono rompiera el silencio de la habitación, Ares había estado besando cada centímetro de la piel de Elena con una lentitud reverente que no tenía nada que ver con la urgencia habitual, como si quisiera memorizar la curva de su cuerpo antes de que el mundo volviera a exigirles algo.

—Quédate así un rato más —había murmurado Elena, con los dedos enredados en su cabello, sintiendo el peso cálido de su cuerpo contra el de ella—. Solo esto. Sin guerra, sin Rostov, sin nada más que esta habitación.

—Nada me gustaría más, pianista. —Ares había trazado un camino de besos desde su clavícula hasta el nacimiento de su vientre, con una devoción que le arrancó un suspiro tembloroso—.

Pero conociéndonos a los dos, sé exactamente cómo va a terminar esto si no me detengo ahora mismo, y todavía tengo que revisar el perímetro antes del amanecer.

—Entonces no te detengas.

Ares levantó la vista, con una sonrisa oscura que prometía exactamente lo que Elena estaba pidiendo, justo en el instante en que el teléfono sobre la mesilla vibró con la insistencia particular de una llamada de madrugada que nunca traía buenas noticias.

Ares maldijo en voz baja, apoyando la frente contra el vientre de Elena con una frustración que no intentó disimular.

—Esto no ha terminado —prometió, incorporándose para alcanzar el teléfono—. En cuanto resuelva lo que sea que esto vaya a ser, vas a tener toda mi atención, sin interrupciones, durante el tiempo que haga falta.

—Cuento con ello —respondió Elena, aunque el temblor de su propia voz la delataba tanto como a él.

La llamada llegó a las cuatro de la madrugada, arrancando a Ares de un sueño ligero en el que, por primera vez en semanas, no soñaba con guerras.

—Mikhail Rostov ha golpeado las rutas comerciales del norte —informó Kirill, con la voz tensa a través del teléfono—. Tres cargueros interceptados en las últimas seis horas, dos muelles incendiados. Se está moviendo rápido, señor... Ares. Demasiado rápido para ser una improvisación.

—Reúne a los hombres. Voy para allá.

—No. —La voz de Kirill se volvió categórica—.

Tú te quedas en la torre. Elena está a seis semanas de embarazo en mitad de una guerra activa; si Mikhail descubre que has salido a combatir personalmente, va a interpretarlo como una oportunidad para golpear directamente aquí, en tu ausencia.

Yo me encargo del perímetro norte. Tú eres el escudo de esta casa esta noche.

Ares apretó la mandíbula, debatiéndose entre el instinto de liderar desde el frente —la forma en que había gobernado cada conflicto de su vida adulta— y la certeza fría de que Kirill, por primera vez, tenía razón en pedirle que se quedara atrás.

—Mantente con vida —dijo finalmente—. Y tráeme la cabeza de Mikhail si se te presenta la oportunidad.

Colgó y se quedó un instante en la oscuridad del dormitorio, observando a Elena dormir con una mano todavía instintivamente posada sobre su vientre incluso en sueños.

Por primera vez en seis años de gobernar un imperio a base de presencia física y amenaza directa, Ares entendió lo que significaba proteger algo sin poder empuñar un arma en su defensa: la guerra, esa noche, se libraba en los muelles, pero la batalla más importante era quedarse quieto, vigilando el sueño de la mujer que llevaba a su hijo, resistiendo cada instinto que le gritaba que corriera hacia el peligro en lugar de hacia la calma.

Al amanecer, Kirill regresó con el rostro ennegrecido por el humo y un informe que confirmaba lo que ambos ya sospechaban: el ataque no había sido una simple demostración de fuerza.

Había sido una distracción, diseñada para medir cuánto tiempo tardaba Ares en reaccionar y qué parte de su atención permanecía fija en la Torre Nevá incluso bajo presión externa.

—Nos están estudiando —dijo Kirill, dejándose caer en una silla del despacho, agotado—. Cada movimiento que hacemos, lo registran. Van a atacar donde crean que estamos más débiles, y ahora mismo, Ares, esa debilidad tiene nombre y está durmiendo en la habitación de al lado.

Ares no respondió de inmediato. Se quedó mirando el mapa del perímetro, calculando cada ángulo posible de ataque con la misma precisión fría que había heredado, contra su voluntad, de un padre que nunca le enseñó a amar sin también enseñarle a temer perder lo que amaba.

—Entonces vamos a demostrarles que se equivocan —dijo finalmente—.

Duplica la seguridad del edificio. Quiero cada acceso, cada conducto de ventilación y cada línea de suministro bajo vigilancia absoluta.

Si Mikhail Rostov quiere encontrar la debilidad de este imperio, que la busque hasta que se dé cuenta de que no existe.