CAPÍTULO 6
Entre el Marfil y el Acero
La gran mesa de la sala de reuniones todavía olía a humo de puros cuando Elena, con la adrenalina de la sesión disipándose en una fatiga sorda en la parte baja de la espalda, caminó hacia el piano de cola que presidía el extremo del salón.
Levantó la tapa de nogal y rozó la superficie fría de las teclas. Llevaba semanas sin tocar por puro placer; entre la reunión con Larisa, el análisis financiero y las horas de insomnio del embarazo, la música se había convertido en un lujo que apenas conseguía robarle al día.
El sonido del cerrojo de la puerta principal al cerrarse retumbó en la habitación. Ares no había salido.
—Lo hiciste bien ahí dentro —repitió, esta vez con un matiz distinto en la voz, mientras se quitaba la corbata con un gesto pausado.
—Ya me lo has dicho.
—Quería que lo oyeras dos veces. —Avanzó hacia ella con la parsimonia implacable que lo caracterizaba—. Toca algo.
Elena obedeció, dejando que sus dedos encontraran, casi sin pensarlo, el mismo nocturno de Chopin que la había acompañado desde la primera noche de insomnio en la mansión de los acantilados, hacía ya más de un año.
Ares se sentó a su lado en el banco, observándola con la misma quietud reverente que solo reservaba para esos momentos.
—¿Tienes miedo? —preguntó él, cuando la pieza llegó a su segundo movimiento.
Elena no dejó de tocar, aunque el pulso se le aceleró ante la pregunta.
—De Larisa no. —Sus dedos se deslizaron sobre las teclas con una determinación que desmentía cualquier fragilidad—. De lo que significa traer un hijo a este mundo, sí. A veces.
Ares posó una mano sobre su vientre, con un cuidado que contrastaba brutalmente con la violencia contenida que llevaba todo el día proyectando ante sus enemigos.
—Yo también tengo miedo —confesó, en una voz tan baja que Elena tuvo que dejar de tocar para escucharlo con claridad—. Mi padre me enseñó que el amor era una debilidad que había que extirpar. Y aquí estoy, aterrado de la idea de amar a alguien tanto que ni siquiera ha nacido todavía.
Elena giró en el banco para mirarlo de frente, sorprendida por la vulnerabilidad genuina que rara vez le permitía ver.
—Vas a ser un padre completamente distinto al tuyo, Ares.
—Lo sé. —Su voz se endureció con una determinación feroz—. Porque voy a incendiar cualquier cosa que amenace con arrebatarme la oportunidad de demostrarlo.
La besó entonces, con una lentitud que no tenía nada de calculada, una ternura cruda que se transformó, paso a paso, en la misma hambre urgente que llevaba definiendo cada encuentro entre ellos desde la primera noche que se tocaron de verdad.
Ares la levantó del banco con un cuidado reverente, consciente del peso nuevo que llevaba entre las manos, y la llevó hasta el sofá de cuero del salón, donde el resto de la noche se disolvió en un intercambio de promesas silenciosas que ninguno de los dos necesitó pronunciar en voz alta para que fueran absolutamente ciertas.