El Heredero de Ceniza (Imperios de Ceniza 3) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

La Marca del Dueño

El vehículo blindado se adentró en el patio de la Torre Nevá bajo una llovizna helada. El ambiente en el coche continuaba cargado; la amenaza de Larisa no había hecho más que avivar la tensión contenida entre Ares y Elena.

—Lo que le dijiste en el club fue un movimiento arriesgado —dijo Ares, cuando por fin quedaron a solas en el vestíbulo privado.

—Era la verdad —respondió Elena—. Llevo semanas estudiando los flujos de la casa Rostov con Kirill. Sé dónde está su dinero. Si Larisa intenta acorralarnos, puedo ahogarla financieramente antes de que tenga que disparar una sola bala.

Ares la arrinconó suavemente contra una de las columnas de mármol del pasillo, lejos de la vista de los guardias.

—No me preocupa que no sepas defenderte, pianista —murmuró, inclinándose hasta que su aliento cálido rozó su oreja—. Me preocupa que ahora esa víbora te tiene en el punto de mira. Ha visto cómo te miro. Ha visto lo que significas para mí.

—¿Y qué significo, Ares? —desafió Elena en un susurro—. ¿Una estrategia? ¿El vientre que lleva a tu heredero?

—Significas que eres la única persona en esta ciudad por la que mataría a cualquiera sin dudarlo un segundo —dijo con voz baja y rasposa—. Y esta noche se lo vas a dejar claro a todo el consejo. Vendrás conmigo a la reunión de capitanes.

—¿El consejo? —preguntó Elena, sorprendida por la escalada.

—Larisa cree que eres un adorno. Voy a mostrarles a todos los mandos de la Bratvá que la reina de este tablero se sienta a mi derecha, y que cualquier intento de tocarte es una declaración de guerra directa contra mí.

Elena sintió un nudo en el estómago, pero la firmeza en la voz de Ares despertaba una atracción peligrosa que no podía sofocar.

—Está bien —asintió—. Iré. Pero no voy a ser una espectadora.

Ares esbozó una sonrisa helada e inclinó la cabeza para capturar sus labios en un beso breve y exigente.

—Esa es mi mujer —murmuró contra su boca.

Dos horas más tarde, con los capitanes del sur y del norte reunidos en la gran sala de consejo, Elena permaneció a la derecha de Ares durante toda la sesión, interviniendo en dos ocasiones para desmontar, con una precisión quirúrgica, los argumentos económicos que un capitán leal a los Rostov intentó esgrimir sobre la legitimidad histórica de las rutas del sur.

Cuando la reunión terminó y la sala se vació, Ares no tardó en cortar el espacio que lo separaba de ella.

—Lo hiciste bien ahí dentro —dijo, con la voz grave. Su mano rodeó la nuca de Elena con esa presión posesiva y caliente que ella ya no intentaba fingir que no deseaba.

—Solo dije la verdad —respondió, sintiendo el pulso acelerarse bajo su palma.

—Dijiste la verdad de una forma que hizo que tres capitanes veteranos de mi padre te miraran con el mismo respeto que me tienen a mí. —Ares la besó, esta vez con una lentitud deliberada que contrastaba con la urgencia habitual—. Eso no se enseña, pianista. Se lleva dentro.