El Heredero de Ceniza (Imperios de Ceniza 3) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

La Hija que Nadie Escogió

Larisa Rostov tenía siete años la primera vez que entendió que su padre había querido un hijo varón, y que ella, con toda su inteligencia y toda su disciplina, nunca sería suficiente para llenar ese vacío concreto.

Viktor Rostov no era un hombre cruel de la forma obvia en que lo eran otros patriarcas de la Bratvá; no golpeaba, no gritaba, no necesitaba el miedo físico para gobernar su casa.

Su crueldad era mucho más silenciosa y mucho más devastadora: la ausencia sistemática de reconocimiento, año tras año, cada vez que Larisa resolvía sola un problema financiero que habría hundido a cualquier otro capitán de la organización, cada vez que cerraba un acuerdo diplomático que su propio padre había considerado imposible.

Viktor asentía, decía "bien hecho", y volvía la vista hacia Mikhail, dos años menor y la mitad de capaz, esperando el día en que su hijo por fin demostrara la fuerza que él consideraba la única virtud real de un heredero.

Larisa aprendió pronto que la inteligencia, sin el respaldo de la sangre correcta, era una moneda que nadie en su mundo estaba dispuesto a valorar en su justa medida.

Se fue a Zúrich a los veintidós años, oficialmente para gestionar los intereses financieros internacionales de la familia; extraoficialmente, para escapar de una casa donde cada logro suyo se medía, sin excepción, contra el potencial todavía sin demostrar de su hermano pequeño.

Cuando Konstantin Volkov le arrebató a su abuelo el control de las rutas del sur, décadas atrás, la humillación se convirtió en el mito fundacional de la casa Rostov: la herida que todos en la familia llevaban tatuada, la que justificaba cualquier sacrificio necesario para revertirla algún día.

Larisa creció escuchando esa historia en cada cena familiar, memorizando cada detalle de la traición como quien memoriza una plegaria.

Y en algún momento, sin que nadie se lo dijera explícitamente, entendió que la única forma de ganarse por fin el respeto de su padre era ser ella quien devolviera el golpe, quien recuperara lo que Konstantin Volkov había robado.

No contaba con enamorarse del desafío tanto como del objetivo.

La guerra contra Ares Volkov dejó de ser, en algún punto de los últimos meses, una estrategia familiar para convertirse en la obsesión personal de una mujer que llevaba toda su vida necesitando demostrar algo que nadie a su alrededor estaba dispuesto a reconocer sin condiciones.

—Vas a arruinarnos a todos con esta locura —le había advertido su padre apenas dos días antes de que Larisa decidiera desviar los primeros fondos hacia las cuentas de Liechtenstein, sin su conocimiento—. Ares Volkov no es Konstantin. No comete los mismos errores.

—Entonces cometeré yo los míos propios —había respondido Larisa, con una determinación que no dejaba espacio para la duda—. Al menos serán míos, papá. Al menos, por una vez, no tendré que compartir el mérito con Mikhail.

Esa noche, mientras preparaba el sobre con las fotografías comprometedoras que pensaba hacer llegar a Elena Volkov, Larisa se permitió, por un instante fugaz, preguntarse si aquello —el chantaje, el veneno, la guerra entera— era realmente sobre recuperar el honor de la casa Rostov, o si era, simplemente, la forma más retorcida que había encontrado de gritarle a su padre que por fin la mirara.

No se permitió responder a esa pregunta. Cerró el sobre, lo selló, y se dijo a sí misma que la victoria, cuando llegara, bastaría para borrar cualquier duda que hubiera tenido esa noche sobre a quién estaba intentando, en realidad, hacer pagar por toda una vida de invisibilidad.