El Heredero de Ceniza (Imperios de Ceniza 3) CAPÍTULO 3
14%

CAPÍTULO 3

El Club Nevsky

—Vas a venir conmigo esta noche —anunció Ares a la mañana siguiente, entrando en el dormitorio mientras Elena todavía se recomponía del insomnio que el embarazo le regalaba casi cada madrugada.

Elena se incorporó, sorprendida.

—Hace tres días me dijiste que ni siquiera podía bajar a la sala de música. ¿Y ahora quieres que te acompañe a un club lleno de la vieja guardia rusa?

—Larisa Rostov ha confirmado su llegada a la ciudad para esta tarde.

—Ares se sentó al borde de la cama, con una seriedad que contrastaba con la posesividad feroz de la noche anterior—.

Va a pedir una reunión "diplomática" en terreno neutral, en el Club Nevsky.

Y he decidido que la mejor defensa que puedo ofrecerte no es esconderte entre estas paredes, sino que toda la Bratvá del sur te vea de pie a mi lado, sin miedo, antes de que puedan inventarse una versión distinta de quién eres.

—¿Entonces ya no es peligroso que sepan de mi embarazo?

—Es peligroso de cualquier forma. —Ares le tomó la mano, con una delicadeza que desmentía la dureza de sus palabras—.

Pero esconderte solo les demuestra que tienen razón en creer que eres vulnerable.

Si te ven caminar por ese club con la cabeza alta, entienden que atacarte a ti significa atacar directamente al corazón de mi imperio, y que voy a responder con la misma falta de piedad que respondería si me apuntaran a mí directamente al pecho.

Elena se levantó, sopesando el argumento con la misma frialdad estratégica que había aprendido a cultivar desde la primera noche que firmó aquel contrato, hacía ya más de un año.

—Está bien —dijo—. Pero no voy a quedarme callada mientras esa mujer decide insultarme delante de todo el consejo.

—No esperaba menos de ti, pianista.

El trayecto hasta el centro de San Petersburgo se desarrolló en un silencio tenso. El Club Nevsky era un establecimiento de lujo exclusivo para la alta sociedad y los altos mandos del crimen organizado, ubicado en un antiguo palacio del siglo XIX decorado con pan de oro y molduras de madera oscura.

En el centro del salón privado, junto a la chimenea de mármol encendida, esperaba una mujer.

Era alta, de una elegancia fría y calculadora. Llevaba un vestido de seda negra y el cabello rubio recogido en un moño pulcro. Al ver entrar a la comitiva del norte, una sonrisa lenta y afilada se dibujó en sus labios rojos.

—Ares —saludó la mujer, con un acento suave del sur y un matiz de familiaridad intencionada—. Ha pasado demasiado tiempo desde que nos vimos en Zúrich.

—Larisa —respondió Ares sin amabilidad alguna, deteniéndose a un par de metros de ella.

Larisa Rostov desplazó sus ojos oscuros lentamente hacia Elena, recorriéndola de arriba abajo con una mirada despectiva.

—Así que esta es la famosa pianista de la que todo el mundo habla —dijo, dando un sorbo a su copa—.

Me sorprende, Ares. Pensé que cuando tu junta sugirió que necesitabas una alianza fuerte, buscarías alguien con verdadero peso en este mundo, no una flor delicada rescatada de un teatro de beneficencia.

Elena sintió que la sangre le hervía en las venas, pero antes de que pudiera responder, la mano de Ares en su espalda se apretó con fuerza.

—Cuidado con cómo hablas de ella, Larisa —dijo Ares, con un tono que descendió a un registro peligrosamente bajo—. Elena no es una flor. Es la mujer que gobierna esta ciudad conmigo. Y tú estás en mi territorio.

Larisa entornó los ojos, y por un instante la máscara de cortesía refinada se agrietó.

—Tu territorio está tambaleándose, Ares —amenazó en un susurro amargo—. Mi padre no va a aceptar tus condiciones sobre las rutas del sur. Venía a darte la oportunidad de negociar una salida pacífica... pero veo que estás demasiado entretenido jugando a los protectores.

—No hay nada que negociar con la casa Rostov mientras sigáis reclamando un territorio que perdisteis hace tres décadas —intervino Kirill desde un paso atrás.

Larisa ignoró a Kirill y fijó sus ojos en Elena, ofreciéndole una sonrisa envenenada.

—Disfruta de la atención mientras dure, querida —murmuró directamente a Elena—. En este mundo, las mujeres como tú terminan siendo daños colaterales cuando la verdadera guerra empieza.

Elena dio un paso al frente, encarando a Larisa cara a cara.

—Si viniste desde Zúrich solo para hablar de mí, has perdido el tiempo —respondió con voz serena y helada—.

Preocúpate mejor por las cuentas de tu familia.

Llevo semanas revisando cada movimiento financiero que la casa Rostov ha hecho desde que rompisteis la tregua, y te aseguro que un solo paso en falso de tu parte bastará para que las arruine antes de que tu padre vuelva a apretar un gatillo.

El silencio que siguió fue absoluto. La sonrisa de Larisa desapareció, sustituida por una mirada de puro odio.

Ares miró a Elena de reojo, y en el fondo de sus ojos grises brilló un destello de orgullo oscuro. Volvió a atraparla por la cintura, pegándola a su costado con posesividad abierta frente a la heredera del clan Rostov.

—Ya escuchaste a mi mujer —sentenció Ares hacia Larisa—. Tienes doce horas para salir de San Petersburgo antes de que empiece a cazar a tus hombres uno por uno.