El Heredero de Ceniza (Imperios de Ceniza 3) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Sombras del Sur

Ares se quedó en el despacho contiguo mucho después de que Elena se durmiera esa noche, con un mapa territorial de la frontera sur desplegado sobre la mesa y una carpeta de inteligencia que llevaba tres semanas engordando sin que nadie, ni siquiera Kirill, terminara de entender del todo la magnitud de lo que se avecinaba.

Viktor Rostov no era un enemigo nuevo. Era una herida antigua, heredada de su propio padre: Konstantin Volkov había arrebatado, décadas atrás, el control de las rutas comerciales del sur a la familia Rostov en una negociación tan turbia que ni los archivos más completos de la organización conservaban el detalle exacto de lo que había ocurrido.

Lo único cierto era que Viktor Rostov —entonces un joven capitán ambicioso, ahora un patriarca de sesenta años con la paciencia fría de quien lleva media vida esperando el momento exacto de cobrarse una deuda— jamás había aceptado la pérdida como definitiva.

Durante los años en que Ares consolidaba el trono, primero contra Ivanov en América y después contra su propio hermano Viktor Volkov en el norte de Rusia, la casa Rostov se había mantenido silenciosa, observando desde el sur con la disciplina de un depredador que sabe que atacar demasiado pronto es tan fatal como no atacar nunca.

Pero la debilidad momentánea de un imperio que acababa de librar dos guerras seguidas —y ahora, además, esperaba un heredero— era exactamente el tipo de oportunidad que Viktor Rostov llevaba treinta años esperando.

—Sus hijos son la punta de lanza —había informado Kirill esa misma tarde, señalando dos fotografías sobre la mesa—.

Larisa Rostov, la mayor, maneja las finanzas y los contactos diplomáticos de la familia desde Zúrich.

Mikhail, el menor, dirige la fuerza armada.

Juntos son mucho más peligrosos que su padre solo; Viktor aporta la paciencia, pero son sus hijos quienes tienen la ambición para actuar.

Ares contempló la fotografía de Larisa Rostov: una mujer de belleza fría y calculadora, con la misma clase de sonrisa que Ares había aprendido a desconfiar instintivamente durante toda su vida en ese mundo.

Sabía, sin necesidad de que ningún informe se lo confirmara, que Larisa iría directamente a por Elena.

Los hombres como Mikhail resolvían los conflictos con balas.

Las mujeres como Larisa los resolvían con veneno, en todos los sentidos de la palabra.

Se sirvió un whisky que no pensaba beberse y se quedó mirando la nieve caer sobre el río Nevá, pensando en la mano de Elena sobre su propio vientre, en la fragilidad nueva e inesperada que ese gesto representaba para un hombre que llevaba media vida entrenándose para no tener nada que temer perder.

Había una pesadilla que llevaba semanas visitándolo con más frecuencia que nunca desde que Elena le dio la noticia: se veía a sí mismo, con las manos manchadas de la misma sangre que había manchado las de su padre, sosteniendo a un bebé que lloraba sin consuelo, incapaz de recordar cómo se sostenía algo sin apretar demasiado fuerte.

Konstantin Volkov nunca le había enseñado a Ares cómo ser padre; solo le había enseñado cómo sobrevivir a uno.

Y ahora, con el peso literal de una vida nueva a punto de depender por completo de él, Ares no tenía ni una sola certeza de que el instinto que llevaba dentro fuera de protección, o de la misma crueldad heredada que había jurado, durante seis años, arrancarse de las entrañas.

Su padre solía decir que un imperio sin herederos era un imperio con fecha de caducidad.

Ares había pasado seis años sin necesitar esa certeza para gobernar.

Ahora, con un latido diminuto creciendo bajo la mano de la mujer que dormía en la habitación contigua, entendía por primera vez que la sucesión no era solo una cuestión de poder.

Era la prueba viviente de que, contra todo lo que su padre le había enseñado, algo bueno podía nacer de las cenizas que él mismo había ayudado a esparcir.

Y era, también, la primera vez en su vida adulta que Ares sentía verdadero terror ante la posibilidad de fallarle a alguien que ni siquiera había llegado todavía al mundo.

—Convoca a los capitanes del sur para mañana —dijo, sin apartar la vista de la ventana, cuando Kirill volvió a asomarse al despacho—.

Quiero que Viktor Rostov sepa, antes de que su hija ponga un pie en esta ciudad, que cualquier movimiento contra mi familia se va a pagar con la extinción completa de la suya.

—¿Y si Larisa ya está de camino? —preguntó Kirill.

Ares se giró, con una calma helada asentándose en cada línea de su rostro.

—Entonces que la reciban con todos los honores —dijo—. Prefiero tener a la serpiente donde pueda ver cada uno de sus movimientos, en lugar de adivinar desde qué sombra va a atacar.