El Heredero de Ceniza (Imperios de Ceniza 3) CAPÍTULO 1
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El Heredero de Ceniza (Imperios de Ceniza 3)

El Heredero de Ceniza (Imperios de Ceniza 3)

Por Sarah Sabel

© inepub.com

CAPÍTULO 1

La Jaula de Oro

El silencio en el penthouse de la Torre Nevá no era pacífico; era el tipo de silencio denso que precede a una detonación.

Elena permanecía de pie frente al ventanal que abarcaba de piso a techo, observando cómo la nieve de San Petersburgo caía en copos pesados sobre el río congelado.

Tres días. Llevaba exactamente setenta y dos horas confinada en aquel piso de planta completa, rodeada de mármol negro, cristales blindados y el susurro constante de los guardias que custodiaban el pasillo exterior.

Se llevó una mano al vientre, un gesto casi imperceptible pero cargado de una gravedad que todavía le hacía temblar los dedos.

Seis semanas. Un latido invisible que había llegado apenas dos semanas después de que la vieja guardia rusa terminara de jurarle lealtad a Ares en la Gran Galería del Palacio de Invierno, como si el imperio entero hubiera decidido, de golpe, que la paz merecía un heredero.

Había un miedo que Elena no le había confesado a nadie, ni siquiera a Ares, agazapado debajo de todos los demás: el miedo a convertirse, sin darse cuenta, en la clase de madre que la suya había sido.

Su madre también la había querido, a su manera —Elena todavía recordaba retazos de canciones de cuna, de manos cálidas trenzándole el pelo—, y aun así había encontrado la forma de desaparecer de su vida antes de que Elena cumpliera diez años, dejando tras de sí solo una puerta cerrada y una ausencia que nunca nadie se molestó en explicarle del todo.

¿Y si el amor, incluso el más genuino, no bastaba para quedarse?

¿Y si ella, atrapada en guerras y contratos y una vida entera hecha de sacrificios ajenos, terminaba repitiendo sin querer el mismo abandono, aunque fuera de una forma distinta?

No habían planeado quedarse en Rusia tanto tiempo.

La idea, al volver a San Petersburgo hacía tres semanas, era cerrar un último frente pendiente de la consolidación del trono —una disputa territorial con la casa Rostov, del sur, que llevaba generaciones erosionando los límites del imperio Volkov— y regresar a la mansión de los acantilados antes de Navidad.

Pero la disputa se había torcido en cuanto Elena confirmó el embarazo, y Ares, con la misma frialdad calculadora con la que dirigía cada aspecto de su vida, había decidido que ningún avión saldría de suelo ruso hasta que la amenaza quedara neutralizada del todo.

Escuchó el chasquido metálico de la cerradura electrónica. No necesitó girarse para saber quién entraba; el aire de la estancia cambió de golpe, cargándose de esa corriente helada y dominante que solo pertenecía a un hombre.

Ares avanzó por el salón con pasos firmes.

Se había quitado la chaqueta del traje y llevaba las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los antebrazos.

Olía a tabaco, a cuero caro y al frío de la calle, un frío distinto del que se filtraba por los cristales blindados: el suyo llevaba pegada, debajo, una temperatura mucho más peligrosa, la misma que Elena sentía arder en la boca del estómago cada vez que él cruzaba el umbral de una habitación.

Fuera, San Petersburgo entero se congelaba bajo capas de hielo que llevaban semanas sin ceder; dentro de aquel penthouse, entre ellos dos, el calor nunca terminaba de apagarse del todo.

—Sigues sin tocar la comida —dijo él. Su voz era un siseo bajo, áspero.

Elena se giró despacio. Sostuvo la mirada de sus ojos grises, fijos en ella con una intensidad que parecía querer devorarla.

—No tengo hambre, Ares. Lo que tengo es ahogo.

Ares cortó la distancia entre ellos con la parsimonia de un depredador que sabe que su presa no tiene adónde huir. Se detuvo a escasos centímetros.

—Es por tu seguridad. Por la de ambos —murmuró, bajando la vista un segundo hacia la mano que ella aún mantenía sobre su abdomen—. Viktor Rostov ha roto la tregua de frontera esta semana. No voy a arriesgarme a que su gente descubra tu estado antes de que consiga blindarte del todo.

—¿Y tu solución es convertirme en una prisionera?

—reprochó ella, dando un paso al frente sin achicarse—.

Me quitaste el teléfono, has duplicado la guardia y ni siquiera me dejas bajar a la sala de música del segundo piso.

Esto no es protección, Ares. Es control, disfrazado con las palabras que tú prefieres usar.

Ares esbozó una sonrisa oscura. Estiró la mano y la atrapó por la nuca, pasando sus dedos entre su cabello con una firmeza que no admitía réplica.

—Aprende la diferencia, pianista —siseó cerca de sus labios—.

Si quisiera controlarte, estarías encerrada en el nivel subterráneo con dos guardias delante de la puerta.

Esto es posesión. Eres mía, el hijo que llevas dentro es mío, y voy a quemar esta ciudad entera si es necesario para manteneros a salvo a los dos.

Elena sintió una sacudida eléctrica recorrerle la espina dorsal. La furia y el deseo se mezclaron en un cóctel peligroso que llevaba meses sin aprender a separar del todo cuando se trataba de él.

—No soy de tu propiedad —susurró, aunque su aliento se entrecortó cuando la mano libre de Ares bajó despacio por su espalda hasta asentarse en la curva de su cadera.

—Lo eres desde la primera noche que tocaste para mí —sentenció él con voz ronca.

Ares inclinó la cabeza y la besó. No fue un beso suave; fue una invasión hambrienta, cargada de la tensión acumulada por una guerra que todavía no había estallado del todo. Elena ahogó un gemido contra sus labios mientras sus manos, traicionando su propia mente, se agarraban a los hombros de él.

Ares la empujó suave pero firmemente contra el cristal blindado del ventanal, envolviéndola en su abrazo mientras la besaba con una ferocidad que le restaba el aliento.

En medio de la oscuridad que amenazaba con devorarlos a ambos, Elena comprendió con amargura y fascinación que la jaula de oro en la que estaba atrapada no tenía barrotes de acero, sino los brazos del hombre que la gobernaba —y que, contra toda lógica, no quería estar en ningún otro lugar del mundo.