El hambre del alfa (Alfas dominantes nº 1) 12 #2
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Ben no la había dejado ir el día anterior, insistiendo en que siguiera las órdenes del médico, aunque este no sabía nada de su capacidad de curación lobuna.

Ahora, toda la ilusión que sentía por trabajar para Ben Stone volvía a borbotones, intensificada y no atenuada por el hecho de que fueran pareja.

Ben le había elegido el traje, diciendo que le encantaba cómo le quedaban las piernas con él.

El conjunto beige, ajustado, tenía una chaqueta larga y entallada y una falda corta y ceñida.

Ella le había recordado que llevaba una pierna escayolada, así que no tendría el mismo aspecto que la semana anterior, pero él se había limitado a darle una palmada en el culo y decirle que se lo pusiera.

—Entonces, ¿volvemos a «Sr. Stone» en la oficina? —preguntó, observándolo de perfil mientras conducía.

Se le curvaron las comisuras de los labios.

—Sí.

—Ah, ¿y también volvemos a las respuestas monosilábicas?

Él le lanzó una mirada de reojo y siguió sonriendo con suficiencia, pero no respondió.

—Y a las no-respuestas —apoyó la cabeza en el asiento y suspiró, mientras una oleada de calor le recorría el cuerpo entero. ¿Cómo iba a protestar si le encantaba la personalidad severa del Sr. Stone?

—Supongo que es mejor que mantengamos lo nuestro en secreto en el trabajo, ¿no? —preguntó.

Ben la miró; sus ojos verdes, de pestañas oscuras, la atravesaron con su intensidad habitual.

—En realidad, no es asunto de nadie —dijo.

—Lo sé, y seguramente no tardará en saberse si venimos juntos en coche, pero es mejor guardárnoslo, ¿no crees?

—¿Me lo estás preguntando o me lo estás diciendo?

Ella abrió la boca, luego la cerró, sin saber qué responder.

—¿Es eso lo que quieres?

Ella frunció el ceño. Lo que quería y lo que creía mejor eran en realidad dos cosas distintas.

O más bien, lo quería todo: quería que el mundo entero supiera que Ben la había elegido como su pareja, pero también quería ganarse el respeto de la gente con la que trabajaba.

Suspiró. ¿Por qué todo era tan complicado para las mujeres en el trabajo?

—Sí, supongo que sí.

Ben se encogió de hombros.

—Intentaré no arrancarte esas falditas mientras estemos en la oficina.

Ella soltó una risita.

—Gracias, creo.

Ben aparcó y subieron juntos en el ascensor. Pensó en insistir en que subieran por separado, pero Ben ya parecía querer cargarla en brazos en lugar de dejarla caminar con las muletas, así que no dijo nada.

Karen estaba sentada en su escritorio cuando llegaron juntos, pero si le pareció extraño, no lo demostró.

Ben llevó su bolso a la oficina y lo dejó en el suelo.

—¿Necesitas algo?

—¿Qué? ¿Tú vas a traerme café a mí?

—Si me lo pides bien. —Bajó la voz—. O quizás si te subes un poco la falda.

Se le encendió el rostro y cogió un bolígrafo para lanzárselo.

—Fuera. Yo soy la que trae el café por aquí. ¿Necesitas uno?

Él sonrió.

—No.

Se apoyó en el marco de la puerta y la contempló un momento.

La temperatura de su cuerpo subió varios grados bajo su mirada hambrienta. Abrió la boca, pero todos los pensamientos y las palabras se habían esfumado.

Ben le guiñó un ojo y se apartó del marco de la puerta con una gracia que desmentía su tamaño. Se alejó y se llevó su aliento con él.

Se sentó en su escritorio con una sonrisa. Le encantaba su vida.

Unos cuarenta minutos después, Ben la llamó.

—Ven a mi oficina.

Cogió su portátil, pero enseguida se dio cuenta de que no podía llevarlo y usar las muletas a la vez. Dejó el portátil y cojeó hasta su oficina.

—Cierra la puerta, Ashley.

La cerró de un empujón.

—Estás demasiado lejos ahí. —Señaló con la barbilla hacia la oficina de ella.

Hizo lo posible por contonearse con las muletas y se dejó caer en su regazo.

—¿Así estoy lo suficientemente cerca? —preguntó con voz baja y seductora.

—No del todo.

Se inclinó y le besó el cuello.

—¿Y así?

—Mmm, no estoy seguro.

Se arrodilló a sus pies y le mordió los pantalones a la altura de la entrepierna, esperando que su aliento caliente y húmedo le alcanzara la polla a través de la tela.

—¿Y así?

Su hombría se tensó contra los pantalones. Él gimió.

—Eso podría ser demasiado cerca —dijo con voz estrangulada.

La agarró de los antebrazos y la levantó de vuelta a su regazo.

Ella fingió un puchero.

—No te preocupes, mi pequeña asistente. Voy a exigirte todo tipo de servicios como ese.

—Le pasó el pulgar por el labio inferior—.

De hecho, esta misma mañana me propuse tenerte en cada habitación de este edificio.

Eso significa cada piso, cada cubículo, cada baño, cada sala de conferencias, quizás incluso los armarios. ¿Cuánto tiempo crees que nos llevará?

Su coño palpitó, preparándose ya para lo que él sugería.

—N-no estoy segura —logró decir.

—Bueno, me gustaría que lo calcularas, Ashley. Necesito una lista con la que trabajar. En mi escritorio antes de que acabe el día, ¿entendido?

Su suelo pélvico se contrajo mientras las paredes de su vagina palpitaban.

—Sí, señor —susurró.

—Pero ahora mismo tenía en mente el otro tipo de trabajo.

Se enderezó.

—¿Qué puedo hacer por usted, Sr. Stone? —preguntó, todavía con su tono sensual.

—¿Llegaste a preparar ese informe sobre a quién tengo que despedir de los mandos intermedios?

—Sí, señor. ¿Quiere que vaya a buscarlo?

—Por favor —dijo, sin apartar las manos de sus caderas mientras ella se ponía de pie—. Y luego vuelve justo aquí —añadió, y tiró de ella para sentarla un momento en su regazo.

Ella soltó una risita.

—Oh, tengo todo tipo de planes para ti aquí mismo, en esta oficina —dijo con malicia—. Me parece recordar que preguntabas si te darían azotes en el trabajo, ¿no?

Su sonrisa se ensanchó aún más mientras la lujuria ardía con más fuerza.

Él arqueó las cejas.

—Será mejor que hagas las cosas bien, señorita Bell, o te tendré doblada sobre este escritorio con las bragas bajadas antes de que puedas decir «sí, señor», y sabes que Karen lo oiría todo.

Se le encendió el rostro y el pulso se le aceleró.

—Vuelvo enseguida con ese informe, Sr. Stone —dijo. Abandonó las muletas para cubrirse el trasero y le lanzó una mirada de puro calor por encima del hombro.

Ben se movió en su asiento para acomodarse la polla endurecida.

Trabajar con Ashley iba a convertir cada día en un placer tortuoso.

Era extraño lo distinto que se sentía respecto a trabajar en Stone ese día.

Ahora era una persona completamente diferente.

Por fin no solo estaba listo, sino entusiasmado por hacer las cosas bien con la empresa de su hermano.

Ashley regresó con su portátil y él se dio cuenta de que no llevaba las muletas. No debería haberla hecho ir de un lado a otro; debería haber ido él a su oficina, pero sabía que a ella le encantaba la dinámica jefe/asistente.

Se dejó caer de nuevo en su regazo.

Él aspiró el aroma de su cabello y la rodeó con los brazos.

Ella abrió el portátil y él miró por encima de su hombro mientras abría el informe.

—Esta es la lista. Los ordené por salario, de mayor a menor; luego aparece el nombre, el cargo y la razón por la que creo que no están rindiendo o deberían ser despedidos.

Él se desplazó por la lista, echándole un vistazo. Al parecer, había basado las decisiones en objetivos de rendimiento no cumplidos, ventas rezagadas, gastos por encima del presupuesto y rotación de personal en sus departamentos.

—¿Cuánto tiempo te llevó preparar esto?

—Bueno, trabajé en ello toda la semana pasada, así que unas treinta horas para recopilar y analizar todos los datos necesarios.

—De acuerdo. Envía el informe a Beth, en recursos humanos, y pídele que haga los recortes.

Ashley se tensó.

—Espera, ¿vas a hacer los recortes sin más? ¿Basándote solo en mi opinión?

—Sí. ¿Por qué no iba a hacerlo?

—Bueno, estamos hablando del sustento de la gente. No estoy segura de estar capacitada para tomar estas decisiones finales. Solo pretendía hacer una recomendación para que la revisaras y tomaras tu propia decisión.

—Y confío en tu recomendación. ¿Necesitas revisarla ahora que sabes que la decisión final es tuya?

Ella lo miró con los ojos muy abiertos y empezó a recorrer el informe con aire frenético. Tras un momento, volvió a mirarlo.

—No.

Él sonrió.

—Entonces, ¿me diste tu mejor recomendación a la primera?

—Sí, señor.

—Buena chica.

Ella se sonrojó, visiblemente complacida.

—Ahora, Ashley, tenemos que hablar de algo.

—¿Sí, señor?

—Una de tus funciones más importantes, como mi asistente y como mi prometida, es protegerme de mis propios errores.

Así que si hago algo estúpido como pedirte que me traigas un informe cuando debería saber que no puedes cargar con el portátil y usar las muletas a la vez, tu trabajo es avisarme para que no me sienta como un idiota cuando lo descubra por mí mismo.

Ella sonrió y bajó la mirada.

—Me siento muy poco sexy con estas estúpidas cosas —dijo.

Él la levantó de su regazo y la giró para inclinarla sobre el escritorio. Le subió la falda y deslizó lentamente las bragas de seda rosa hasta los muslos.

—Déjame mostrarte lo que pasará si te pillo caminando sin ellas otra vez —dijo mientras se ponía de pie y abría el cajón del escritorio, donde encontró una regla de madera de cuarenta y cinco centímetros de largo, cinco de ancho y tres milímetros de grosor.

La descargó con fuerza sobre las nalgas expuestas.

Ella jadeó y apretó las mejillas.

—Ben —susurró—. Karen nos oirá.

—Mmm —dijo. Le subió las bragas de nuevo y volvió a intentarlo. El sonido quedó ligeramente más amortiguado.

Ella volvió a jadear y se lanzó hacia delante.

Él golpeteó la regla sobre su trasero.

—Puede que tenga que encontrar algo más silencioso que deje huella para tener aquí en mi despacho para cuando te portes mal.

Ashley gimió y el aroma de su excitación le llenó las fosas nasales.

—Porque quiero poder corregirte de inmediato aquí en la oficina —dijo, y le dio otro azote, mucho más fuerte esta vez.

Ashley chilló.

Él le bajó las bragas de nuevo y se las quitó por encima del voluminoso yeso.

—Abre las piernas, Ash —murmuró.