12 #3
El jadeo de ella lo excitó. Sacó un preservativo del bolsillo, se bajó la cremallera y se enfundó el ansioso miembro. Frotó la punta del pene sobre el sexo de ella, le provocó el clítoris y esparció su humedad arriba y abajo.
—Hoy voy a usar preservativo, pero puede que haya veces en que elija llenarte con mi semilla —advirtió.
Tomó nota mental de tener una conversación seria sobre anticonceptivos con ella más tarde, pero en ese momento, amenazarla con el peligro de darle cachorros lo excitaba, y a juzgar por el lubricante fresco que brotaba del sexo de ella, a ella le pasaba lo mismo.
Presionó contra su entrada y le separó los labios internos. Ella se abrió para recibirlo, y su calor envolvió el miembro. Empujó hasta el fondo, le agarró el pelo y le echó la cabeza hacia atrás.
—¿A quién perteneces? —exigió mientras salía y se enterraba una vez más en su dulce pasaje, aún más profundo esta vez.
—A ti —jadeó ella.
Él bombeó un poco más rápido, sin soltarle el pelo.
—Di «pertenezco a Ben Stone».
El sexo de ella se inundó de humedad.
—Pertenezco a Ben Stone.
A él se le cortó la respiración. Le soltó el pelo y le rodeó las caderas con el brazo para evitar golpearle la pelvis contra la dura madera del escritorio mientras la tomaba con rudeza, entrando y saliendo, enterrando el miembro en su calor una y otra vez hasta que el grito gutural de ella le hizo perder todo el control.
Se corrió sin dejar de embestir. Deslizó la mano entre las piernas de Ashley y le pellizcó el clítoris.
Ella ahogó un grito y se sacudió bajo él; las paredes de su sexo se contrajeron alrededor del miembro y le exprimieron hasta la última gota.
Unos minutos más tarde, cuando se habían aseado, él la atrajo de vuelta a su regazo en la silla.
—¿Crees que Karen ha oído eso? —bromeó.
—Dios mío, ¿qué me estás haciendo?
—Solo asegurarme de que entiendas tus amplias obligaciones aquí.
Ella se dio la vuelta, se arrodilló a cada lado del asiento y le apretó los pechos contra la cara.
—Estoy a su disposición, señor Stone —dijo.
Él le apretó y amasó el trasero, ya listo para otra ronda.
—Joder —gruñó—. Estás a punto de que te vuelvan a follar.
—¿Debería irme?
Él volvió a gruñir: su olor lo mareaba, la sensación de sus suaves curvas bajo las manos era demasiado tentadora para renunciar a ella. Con esfuerzo, la soltó.
—Será mejor que te pongas las bragas y te sientes en el escritorio, fuera de mi alcance.
—Sí, señor —murmuró ella. Obedeció y se acomodó en el escritorio con las elegantes piernas cruzadas y el yeso colgante en la parte inferior.
—¿Querías hablar de algo más?
Él ordenó sus pensamientos y se aclaró la garganta.
—Sí. Estaba pensando que después del trabajo podríamos ir a ver casas. ¿O preferirías mandar construir una?
El rostro de ella se iluminó.
—¿En serio? ¿Para vivir nosotros?
Él sonrió.
—Sí.
—Construir una casa sería divertido —dijo ella con los ojos brillantes.
—¿Qué estás pensando?
—Algo en las colinas, con un ventanal enorme y unas vistas espectaculares.
—¿Y una piscina?
—¿Cómo sabías que nado?
Él sonrió.
—Me dijiste que ganaste el campeonato estatal en el instituto. Además, eres mi compañera. Es mi deber conocerte.
Ella se deslizó del escritorio y volvió a dejarse caer en su regazo, besándolo en los labios.
—Nunca dejas de sorprenderme.
—Bien —dijo él—. Pienso tenerte siempre en vilo. Si no vamos a buscar casa, quizá podamos encontrar ese anillo esta noche.
Ashley se sonrojó.
—En realidad no necesito un anillo. No quería dar a entender que...
Él la interrumpió con un beso.
—No, vas a tener un anillo. Y una boda como manda la costumbre humana. A menos que...
Vaciló, de repente inseguro.
—A menos que esté yendo demasiado rápido y quieras más tiempo para pensarlo.
Ashley resopló.
—Pensé que era un hecho consumado —dijo, tocándose las marcas del hombro.
—Para mí lo es, pero lo entiendo si necesitas más tiempo.
Ella se perdió en sus ojos verdes, dejándose envolver por su calidez.
—Gracias, pero según tengo entendido, ya pertenezco a Ben Stone, así que no tiene sentido resistirse.
Sonrió.
—Aunque quizá un compromiso largo le daría tiempo a mi familia y amigos para conocerte y hacerse a la idea.
Él le colocó un rizo detrás de la oreja.
—Me parece perfecto, cariño.
—¿No deberías pedírmelo en condiciones o algo así?
—Oh —dijo, enderezándose—. Lo siento.
Se aclaró la garganta.
—Ashley Bell, te necesito en mi vida. Te necesito a mi lado en el trabajo y en mi cama por las noches.
Necesito estar cerca de ti, respirar tu aroma y tocar tu piel el resto de mis días en esta tierra.
Si me aceptas como tu esposo y compañero, te prometo que trabajaré cada día para mantener una sonrisa en tus labios, para llenar tu hogar de amor y para darte lo mejor de mí.
Cuidaré de ti y te protegeré, aprenderé a darte lo que necesitas y lo que deseas, y nunca, jamás te seré infiel. ¿Me aceptas?
—Dios mío.
—¿Qué?
—Ha sido la mejor propuesta que he oído en mi vida. Ojalá la hubiera grabado.
—¿Vas a responderme?
Ella le tomó el rostro entre las manos.
—Mi respuesta es sí, lobo. Seré tu esposa y tu compañera. Haré todo lo posible por servirte, por llenar tu hogar de amor y de pequeños lobitos.
—Cachorros —la corrigió él, parpadeando rápidamente.
—¿Quieres cachorros? —preguntó ella con suavidad.
Esta vez ella vio lágrimas de verdad asomar a sus ojos antes de que él las contuviera.
—Nunca lo había querido... pero ahora...
Se detuvo y tragó saliva.
—Sí. Me encantaría.
—Entonces sí. Mi respuesta es sí. Soy tuya, Ben Stone. En todos los sentidos.
—Ashley —murmuró él, llevando las manos a su rostro.
Buscó sus labios con los suyos, besándola con suavidad al principio, luego con más intensidad.
—Mi Ashley para siempre. Te quiero, cariño.
—Y yo a ti —dijo ella, intentando transmitir con la intensidad de su mirada toda la promesa de sus palabras mientras se acercaba para darle un beso más.
Gracias por leer El Hambre del Alfa. Lee el libro extra picante con escenas de azotes protagonizado por Ben y Ashley en El Castigo del Alfa.