12
Aparcó frente al almacén y apagó el motor. Vio los coches de Zolla y Mark en el aparcamiento, que estaba lleno de vehículos y motocicletas. Al menos tenía dos amigos allí dentro. Había llamado a Stanley para pedir una reunión con la manada.
Había traído a Ashley, sin vendarle los ojos esta vez. Era su compañera, así que si iba a formar parte de esta manada, tendrían que acostumbrarse a ella. Tenerla a su lado le daba fuerza. Su sola presencia le hacía querer dar la cara donde antes había agachado la cabeza.
Entraron y, aunque el sonido de las conversaciones no disminuyó, sintió la atención de la mayoría de los lobos puesta en él.
Estaban todos allí: lobos y lobas por igual.
Divisó a Shayla al otro lado de la sala y sintió un momento de incertidumbre.
¿Cómo se sentiría ella al verle ocupar el lugar de Leon?
Dios sabía que él no era ni la mitad del lobo que Leon había sido.
Ella le dedicó una pequeña sonrisa y levantó los dedos a modo de saludo.
Él le devolvió el saludo. Zolla se acercó; su complexión delgada lo hacía parecer casi adolescente en comparación con los lobos fornidos que lo rodeaban, aunque la forma humana no necesariamente se correspondía con el tamaño del lobo. Se ajustó las gafas y sonrió, extendiendo la mano.
Ben le estrechó la mano.
—Gracias por venir. Espero que no haya sido incómodo —dijo, preguntándose si alguien le habría dado problemas por haber dejado su manada.
Zolla se encogió de hombros.
—Eso no me importa —dijo—. Hola, Ashley.
Ashley se acercó para darle un abrazo, y Ben se sorprendió al descubrir que no quería partirle los dientes al lobo. Quizás marcarla había aliviado parte de la agresividad masculina que lo había dominado desde que la vio por primera vez. O tal vez había sido su exquisita entrega la noche anterior.
—¿Cómo está tu pierna?
Ella sonrió.
—El médico dijo que fue milagroso: el hueso no necesitó la reconstrucción que indicaban las primeras radiografías.
—Tienes buenos genes —dijo Zolla con un guiño.
Ben deslizó un brazo alrededor de la cintura de Ashley y la atrajo hacia su costado.
Stanley se acercó y le estrechó la mano.
—Tienes la palabra cuando estés listo. ¿Quieres que te presente?
—No, está bien —dijo Ben, llevándose dos dedos a los labios para silbar. La sala quedó en silencio.
—Hermanos, hermanas —dijo—. Gracias a todos por venir esta noche. He venido a agradeceros que me apoyarais ayer, que arriesgarais vuestros cuellos y vuestras vidas por un tipo que no ha ofrecido nada a esta manada. No merecía lo que hicisteis por mí.
Nadie habló.
—No he participado en la manada como debería.
Sé que os he fallado y he fallado a Leon —sus ojos buscaron a Shayla y la encontró entre la multitud.
Ella le dedicó una pequeña sonrisa alentadora—.
Quiero que sepáis que a partir de ahora estoy dentro, si me aceptáis.
Sería un honor ser vuestro hermano y servir de la manera que se me pida.
La sala permaneció en silencio.
—¿Y si se te pide que seas el alfa? —preguntó Stanley.
Todos los lobos lo miraron fijamente, esperando.
Vio desafío en algunos de sus ojos. Les sostuvo la mirada con firmeza hasta que, uno por uno, la bajaron.
No podía imaginar por qué querrían que fuera su líder.
No había demostrado ninguna capacidad de liderazgo.
Claro, era el lobo más grande y fuerte, pero eso no significaba que pudiera guiarlos.
Zolla le hizo un gesto de aliento con la cabeza. Por alguna razón, el lobo omega creía en él. Y su amistad les había salvado la vida a ambos el día anterior.
Inclinó la cabeza.
—Serviré de la manera que se me pida, por el bien de la manada.
—El liderazgo requiere sacrificio —dijo Stanley tras otro largo silencio—. Ayer vi tu disposición a sacrificarte para proteger a tu compañera. ¿Estarías dispuesto a ofrecer ese tipo de protección a tu manada?
Miró los rostros de la manada. Eran los suyos, su especie: lobos viviendo entre humanos.
Se cuidaban unos a otros. Si no lo hacían, corrían el riesgo de exponer su secreto al mundo, lo que podría desencadenar su extinción.
Stanley había tenido razón: los lobos solitarios eran un perjuicio para todos.
Él había debilitado la manada al mantenerse alejado.
Tragó saliva.
—Daría mi vida por vosotros, por cada uno y por todos —juró solemnemente.
Sintió una oleada de aprobación, aunque todavía nadie hablaba.
—Los lobos no son democráticos por naturaleza —dijo Stanley—, pero somos estadounidenses, después de todo. ¿Quién aquí se opone al gobierno de este alfa?
Examinó los rostros. Algunos lobos parecían dubitativos, con los brazos cruzados sobre el pecho, pero nadie se opuso.
—No tengo práctica liderando una manada —dijo—, pero prometo dar lo mejor de mí.
Zolla hincó una rodilla en el suelo y bajó la cabeza, con el puño cerrado sobre la palma abierta en la posición de respeto hacia su alfa.
Mark y Stanley se arrodillaron a continuación.
Shayla también lo hizo, y extrañamente, lucía una sonrisa casi como la de un padre orgulloso ante su recién graduado.
Uno por uno, los lobos se arrodillaron a sus pies, mostrándole su sumisión.
Cuando incluso Ashley imitó el gesto, manteniéndose en equilibrio sobre las muletas, un escalofrío lo recorrió: una señal de lo acertado e importante del momento.
Conmovido, imitó el gesto, cerrando el puño sobre la palma e inclinando la cabeza.
—Me honráis —dijo—. Haré todo lo posible por defenderos y serviros como vuestro líder y vuestro hermano lobo.
Echó la cabeza hacia atrás y aulló en dirección a la luna.
Toda la manada se unió a él, alzando sus voces para mezclarse con la suya, llenando el edificio metálico con la reverberación de su canto unido.
Cuando los aullidos se apagaron, dijo:
—Atenderé cualquier asunto pendiente o nuevo en un momento, pero primero me gustaría presentaros a mi compañera.
Tomó la mano de Ashley y la ayudó a ponerse de pie.
—Esta es Ashley. Tiene sangre de loba y es mi salvación: la hembra que me rescató de mi peor versión.
Sé que los humanos no suelen formar parte de estas actividades, y sé que es inusual que un alfa se aparee con una humana, pero espero que la recibáis tan bien como lo haríais con una loba de pura sangre.
Endureció la mirada mientras la paseaba por la multitud, mostrándoles un atisbo de advertencia para que entendieran que les estaba dando una orden, no haciendo una petición.
Le apretó la mano a Ashley, notando lo nerviosa que estaba, aunque sabía que vencería cualquier objeción que pudieran tener sobre ella. Demonios, a él lo había conquistado en cuestión de segundos.
—¿Alguien tiene algún asunto que tratar esta noche o pasamos directamente a la comida?
—preguntó con una sonrisa. Las reuniones de la manada solían terminar con una comida compartida y un rato de charla.
Para esta ocasión, le había dicho a Stanley que él se encargaba de la comida, que había pedido a un restaurante mexicano del barrio.
—¡A comer! —exclamó alguien.
Sonrió.
—Muy bien, la comida está en mi coche. Si un par de vosotros me echáis una mano, la sacamos y la dejamos lista.
Ashley ya se dirigía hacia la puerta con las muletas. Él la agarró por la cintura y tiró de ella hacia atrás.
—¿Adónde crees que vas?
—A buscar la comida.
—¿Y cómo pensabas cargar con ella, exactamente?
Ella apoyó las muletas contra la pared.
—No creo que necesite estos trastos —dijo.
Él le lanzó una mirada severa y señaló el sofá.
—Siéntate y no te muevas hasta que vuelva a por ti, o te caliento el culo.
Parecía a punto de protestar, así que él se la echó al hombro y la llevó hasta el sofá, donde la dejó.
—Quieta —ordenó.
Ella sonrió, con los ojos azules brillándole sobre las mejillas sonrojadas.
—Guau.
Él le guiñó un ojo y se dirigió al coche, donde varias personas ya esperaban para ayudar a llevar la comida. Entre todos lo hicieron en un momento: la trajeron y la dispusieron en mesas plegables en la parte de atrás.
Shayla apareció a su lado.
—Ya era hora —dijo.
—¿Qué?
—Esta manada lleva tres años esperando a que saques la cabeza del culo y tomes el mando —dijo, con las manos en las caderas.
Él contuvo el aliento.
—No sé cómo ser como Leon —dijo, confesando su mayor temor.
Ella le tocó el brazo.
—Serás como Ben —dijo con una sonrisa—. Y con eso bastará.
—Gracias —dijo, abrumado por aquel voto de confianza.
—Leon estaría orgulloso de ti —dijo—. Siempre decía que serías genial en lo que te propusieras.
Ben parpadeó y se frotó la nariz cuando se le nubló la vista.
Shayla le ofreció la mejilla para el beso, luego lo rodeó con los brazos y le dio un abrazo.
—Me alegro mucho por ti, Ben —señaló hacia Ashley con la cabeza—. Se nota que es maravillosa.
—Gracias, Shay. Te lo agradezco —dijo. Sentía el pecho tan lleno y cálido que temía que le fuera a estallar.
Volvió junto a Ashley, lo que le llevó un rato, porque tuvo que detenerse a recibir los saludos de varios lobos por el camino. Cuando llegó hasta ella, la ayudó a ponerse de pie y la rodeó por la cintura, besándola en la coronilla.
—Felicidades, alfa —dijo ella.
Él le sujetó la nuca y le echó la cabeza hacia atrás para besarla en los labios.
—Gracias por estar aquí conmigo esta noche.
Ella se apretó contra él, mirándolo a los ojos con un amor que él no merecía.
—Gracias por traerme.
Ben la llevó al trabajo a la mañana siguiente.
Ella se sentía casi eufórica por volver a la oficina como su pareja, y no solo como su asistente, aunque se estremecía al pensar en lo que dirían de ella.
Era obvio que habría comentarios sobre que se había abierto camino en la cama.
Y si Ben estaba decidido a hacer cambios, a ella la culparían de cualquier medida impopular.