11 #2
Ashley cerró los ojos, con el cabello extendido sobre la almohada mientras su cabeza se movía arriba y abajo con la fuerza de las embestidas. Se aferró a sus brazos, le clavó las uñas en la carne y empujó aún más fuerte para encontrarse con él.
—Dámelo.
—¿Qué? Oh, Dios...
Se hundió en ella y perdió toda capacidad de contenerse. Con una mano en su hombro para mantenerla en su sitio, embistió una y otra vez hasta que las luces explotaron ante sus ojos y se corrió gritando su nombre.
Aunque su cama estuviera en llamas, Ashley no habría podido moverse.
Cada músculo se había quedado laxo tras el orgasmo.
Su coño todavía palpitaba por la invasión de Ben, dilatado y castigado por aquella ruda forma de hacer el amor.
Incluso sus entrañas se sentían golpeadas, pero adoraba esa sensación, quería saborear lo que era estar tan bien usada, tan completamente suya.
Salió de ella y se acomodó a su lado, atrayéndola hacia sí.
—¿Estás bien?
—Mmm —fue todo lo que pudo decir.
—¿Cómo está tu pierna? ¿Te he hecho daño?
—Shh —dijo, tocándole los labios—. Estoy bien. Mejor que bien: estoy de maravilla.
—Te quiero —dijo.
Se le cortó la respiración.
Parecía inseguro.
—Probablemente sea demasiado pronto para decir algo así, pero es verdad. Los lobos somos diferentes. Reconocemos a nuestras compañeras casi desde el momento en que las vemos.
Ella le recorrió la ceja con el dedo.
—¿Eso significa que es cosa del destino? Quiero decir, ¿crees que solo tienes una compañera?
Se encogió de hombros.
—Sí, supongo que sí. No todos los lobos se aparean de por vida, pero la mayoría sí. Tendría que ir muy mal para dejarlo.
Frunció el ceño, como perdido en sus pensamientos.
—¿Qué pasa?
Tragó saliva.
—Estaba pensando en mi madre.
—¿Crees que prefirió morir antes que divorciarse de tu padre?
Él asintió.
—El divorcio nunca habría sido una opción con mi padre. La habría perseguido hasta el fin del mundo. Para él era más una posesión que una compañera. Todos lo éramos.
—¿Qué pasó hoy entre tu padre y ese tipo?
El rostro de Ben se endureció, como si el recuerdo del secuestro lo enfureciera.
Ella le acarició la mejilla.
—Sandoval lideraba una manada rival a la de mi padre en Caracas.
Era un narcotraficante, asquerosamente rico, y cada día más poderoso.
Mi padre sintió la amenaza y me llamó a Caracas para que lo apoyara en la pelea.
Leon se había mudado a Estados Unidos y le iba bien, así que no esperaban que volviera.
Siempre se dio por hecho que yo heredaría el liderazgo de la manada de mi padre, así que tenía sentido que fuera, pero ignoré la llamada.
—Hubo amenazas. Sandoval lanzó un desafío que mi padre ignoró. Cuando no aparecí, mi padre actuó como un cobarde y planeó asesinar a Sandoval. Puso una bomba en su limusina, pero explotó con su esposa y sus hijas dentro.
—Cuando mi padre se dio cuenta de que se iba a armar la gorda, me llamó otra vez, desesperado. Me hice el desaparecido: no contesté sus llamadas ni sus mensajes. Leon fue en mi lugar, y Sandoval los mató a los dos.
La boca de Ben se torció en un gesto amargo.
—Ben —dijo ella—, sus muertes no son culpa tuya ni responsabilidad tuya. Elegiste no meterte en una pelea que no era la tuya y que no tenía honor. Tu hermano tomó otra decisión, como era su derecho. No tuvo nada que ver contigo.
—Sí tuvo que ver —dijo Ben, y la ira en su rostro hizo que ella se tensara—. Si yo hubiera ido, Leon nunca habría tenido que elegir.
—Eso no es verdad. Podría haber decidido lo mismo que tú. Y aunque hubieras ido, él también podría haber elegido ir. Era dueño de sus decisiones, no lo obligaste a nada.
A Ben se le enrojecieron los ojos y se dejó caer de espaldas, mirando al techo.
—Ben, cada uno es dueño de su destino. Eres un alfa. Un hombre que se guía por sí mismo y elige su propio camino. Tomaste la decisión correcta. Y si no la hubieras tomado... puede que hoy no estuvieras aquí y nunca nos habríamos conocido.
Ben se volvió hacia ella y la besó con intensidad.
—Tú eres mi destino —dijo con la voz entrecortada—. Después de Leon...
Se interrumpió y tragó saliva.
—No podía soportar haber sobrevivido yo y él no. Él era mejor hombre que yo. Tenía esposa e hijos, una empresa de éxito, una manada que dependía de su liderazgo. Yo no tenía nada, no era nadie. Habría dado lo que fuera por cambiarme por él, por dar mi vida para que él pudiera seguir aquí.
Una lágrima se escapó del ojo de Ben y le rodó por la nariz.
—Pero quizá... quizá tengas razón. Quizá tenía un destino que en ese momento no podía ver.
Se secó la mejilla.
—Un futuro contigo.
Ella tragó saliva para deshacer el nudo en la garganta.
—Sí. Tu futuro también está lleno de éxitos.
Él sonrió y le besó la frente.
—Eres tan importante para mí que duele.
Ella parpadeó mirándolo mientras el pecho se le hinchaba de emoción.
—Bueno, volviendo a lo del apareamiento de por vida... ¿De verdad eres mi prometido ahora, o solo se lo dijiste al médico para que te dejara entrar en mi habitación?
Ben sonrió.
—Soy lo que tú quieras llamarme. No necesitamos nombres humanos para las relaciones. Para los lobos, te marqué y eres mía.
Ella esbozó una sonrisa burlona.
—¿Me estás llamando posesión?
Él le hizo cosquillas. Ella chilló y se apretó los codos contra las costillas en un intento inútil de protegerse.
—Lo que digo es que ya no puedes librarte de mí. Si necesitas un anillo en el dedo para creértelo, te compraré el diamante más grande del mundo, pero ve preparándote: no pienso irme.
—¿Te refieres a preparar mi casa o mi vida? —bromeó ella.
—Mmm, buena pregunta. ¿Me mudo yo aquí contigo, o prefieres mudarte tú conmigo?
El corazón le dio un vuelco. Lo decía en serio: de verdad quería que vivieran juntos.
—Bueno... tu piso seguro que es mucho más bonito —dijo ella.
Él sonrió.
—Pues no. Es un apartamento del montón con cuatro muebles.
Ella ladeó la cabeza. ¿Por qué un multimillonario vivía con lo mínimo?
—¿Te estabas castigando?
Él se encogió de hombros.
—No me sentía bien gastando el dinero de Leon.
—¿No heredó su dinero la esposa de Leon?
—Sí, me refiero a mi sueldo de Stone.
—Ese no es el dinero de Leon, es tu sueldo por trabajar, tonto.
—Uy, uy —dijo Ben.
La giró boca abajo y la sujetó con una mano en la parte alta de la espalda. Le soltó una ráfaga de azotes en el trasero, que aún le dolía, y a ella se le revolvió el estómago de la emoción.
Dios, le encantaba su lado dominante.
—Regla número uno, lobita. Nada de insultarme.
Le dio otros cinco azotes que la dejaron gimiendo.
—Puedes llamarme señor, o amo, o Sr. Stone.
La palabra amo hizo que se le contrajera el coño. Le encantaría servir a Ben Stone como su esclava sexual.
Él se colocó encima de ella.
—Abre las piernas —le murmuró al oído.
Ella separó los muslos y la polla de él se hundió directamente en su coño, sin necesidad de guía.
Contuvo el aliento por el escozor.
—¿Te duele, preciosa? —preguntó él.
Vaciló. Le dolía, pero quería que continuara.
—No.
Él le agarró un puñado de pelo y le tiró la cabeza hacia atrás, gruñéndole al oído:
—¿Eso fue mentira?
Su sexo palpitó, empapándose.
—Por favor, no pares —susurró.
Él soltó una risita.
—Podría seguir así toda la noche si no tienes cuidado.
Sus músculos se contrajeron alrededor de él en un miniorgasmo.
—No voy a detenerte —jadeó en cuanto pudo respirar.
—Busquemos un sitio nuevo donde vivir, juntos —dijo mientras entraba y salía de ella.
El placer la recorrió en oleadas, mucho antes de que él deslizara una mano bajo su cuerpo y le acariciara el clítoris, provocando otro orgasmo arrollador.