11
Por algún milagro, la policía pareció satisfecha con la historia que Mark les presentó.
También ayudó que Sandoval fuera un conocido narcotraficante, y la DEA estaba encantada de tenerlo fuera de circulación.
Ben temía que eso lo pusiera en su lista de vigilancia como contacto, pero como no tenía nada que ver con drogas ni con el narcotráfico, esperaba que la cosa quedara en nada.
Llevó a Ashley a casa de ella.
—Quédate ahí, te ayudaré a salir —dijo cuando ella empezó a abrir la puerta del coche.
Ella lo ignoró y abrió la puerta mientras él rodeaba el vehículo. Ashley bajó a la pata coja mientras sacaba las muletas del asiento trasero.
—He dicho que te quedes —dijo él, quitándoselas de las manos.
—Guau —respondió ella.
El corazón le dio un vuelco al recordar sus primeros días juntos, la forma en que ella había iluminado su oscuridad. Su sonrisa se había convertido rápidamente en algo que anhelaba, y su presencia lo estabilizaba.
La levantó en brazos y la llevó al interior.
—Es mi trabajo cuidar de ti, pequeña, y espero tu cooperación.
—Tengo que aprender a caminar con estas cosas en algún momento —dijo ella.
—No cuando yo esté cerca —dijo él con firmeza—. Y si necesitas que te recuerde cómo se siente estar sobre mis rodillas, no dudaré en hacerlo.
Ashley se retorció y sintió que el cuerpo le ardía entre sus brazos. De repente, la idea de azotarla le resultó atractiva, no porque quisiera darle una lección, sino porque sabía que a ella la excitaba.
Cerró la puerta de una patada y la llevó al dormitorio, donde la recostó en la cama.
—¿Así que así van a ser las cosas contigo? —preguntó ella.
—¿Qué?
—¿O es a tu manera o me azotarás?
Él sonrió mientras le colocaba almohadas debajo de la rodilla de la pierna herida.
—Sí, más o menos.
—Entonces, ¿qué pasa cuando estoy enfadada contigo? Creo que mereces unos azotes por morderme y luego largarte sin más.
Él sonrió de oreja a oreja, rodeó la cama y se colocó a su lado, ofreciéndole el trasero.
—Adelante.
Ella le dio un azote.
—Ay —dijo, sacudiendo la mano como si le doliera.
Él se rio.
—No, en serio, esto no es justo. ¿Qué hace una loba para castigar a su pareja?
Él se sentó a su lado y le apartó un mechón de cabello caoba del rostro.
—Solo tienes que llorar —dijo con suavidad—. El olor de tus lágrimas me pondrá de rodillas.
Ella lo estudió, como si intentara descifrar si bromeaba o no.
—Entonces, ¿si quiero que termine una tunda, solo tengo que llorar? —preguntó—. ¿Por qué no lo intenté la última vez?
Él le acarició la mejilla.
—No sé si la terminaría, pero me resultaría muy difícil. Tenlo en cuenta cuando seas traviesa, señorita.
—¿Es por eso que parecías tan preocupado la última vez?
Él asintió.
—No quiero hacerte daño —dijo con seriedad—. Me mata verte llorar.
Los labios de ella se curvaron en una sonrisa sensual.
—No sé... Creo que hubo veces en que te gustó un poco lo de los azotes —dijo ella.
Él se abalanzó sobre ella, le atrapó la boca con la suya mientras con una mano le desabrochaba los botones de la blusa.
—Creo que esa eras tú —dijo entre besos.
—Quizá deberíamos probarlo para comprobarlo —dijo ella, y le mordió el labio.
El animal que había en él se estremeció de placer ante el dolor. Gruñó y le abrió la blusa de un tirón, arrancando el resto de los botones.
—Ya van dos blusas que me destrozas —se quejó ella, aunque su sonrisa era salvaje.
—Creo que la sangre ya las había arruinado antes de que yo las tocara —dijo él.
Sus ojos se posaron en los feos cortes en la parte delantera del hombro y tragó saliva.
Pasó un dedo sobre ellos, sorprendido de que las heridas ya estuvieran cerradas.
Parecían tener dos semanas, no apenas treinta y seis horas.
—¿No te lo dijo Zolla? —preguntó ella—. Cree que tengo sangre de lobo y que por eso sanaron tan rápido.
Un escalofrío de reconocimiento le recorrió el cuerpo. Sí. Tenía sentido que tuviera sangre de lobo. ¿Por qué si no se sentiría tan atraído por ella? Bajó la cabeza y besó las marcas con reverencia.
—Mi pequeña lobezna —murmuró—. ¿Cómo es posible?
—Creo que fue mi abuelo. Mi padre nunca conoció al suyo y mi abuela jamás quiso decir quién era.
—¿Tu padre nunca se transformó?
—No lo creo. Pero siempre fue muy protector con sus chicas, como tú —dijo ella, y le tocó el rostro.
Él se inclinó y la besó, esforzándose por acariciarla con los labios en lugar de atacar.
Nunca había sido de los que «hacían el amor» —no era algo propio de los lobos—, pero por ella, por su Ashley, lo intentaría.
Le deslizó el sujetador por los hombros mientras le besaba la clavícula.
El aroma de ella le llenó las fosas nasales y lo embriagó.
Deslizó el cuerpo sobre el de ella, le pasó el pulgar suavemente por el pezón erecto y le besó el cuello.
Ella le entrelazó los dedos en el cabello y se arqueó contra él.
Su piel era increíblemente suave, su cuerpo tan esbelto y ágil debajo del suyo.
—Eres preciosa —susurró con voz ronca.
—Tú eres un puto dios —respondió ella.
Él soltó una risita.
—Esa boquita, cariño —advirtió mientras le pasaba la lengua por la oreja y le mordisqueaba el lóbulo. Ya le había quitado el sujetador y le había subido la falda; su dedo índice acariciaba la seda humedecida de sus bragas.
—Joder, joder, joder —se atrevió ella, alzando la barbilla como una niña insolente.
Él se rio, se echó hacia atrás para sentarse a horcajadas sobre ella e hizo todo un espectáculo de remangarse.
—Estás empeñada en que te caliente el trasero esta noche, ¿verdad?
Sus ojos se oscurecieron y se retorció debajo de él. El aroma de su excitación le llegó como néctar.
Le sujetó las muñecas contra la cama, junto a su cabeza.
—¿Adónde crees que vas? —dijo arrastrando las palabras.
Ella soltó una risita.
La miró a los ojos y se incorporó lo justo para darle la vuelta y ponerla boca abajo.
—Bájate las bragas, Ashley —murmuró, soltándole las muñecas y apartándose de ella.
Ella vaciló.
Él esperó.
Giró la cabeza para mirarlo, alzó el trasero y se bajó las bragas hasta los muslos.
—Buena chica.
Agarró la almohada de la cama.
—Levanta las caderas otra vez —ordenó, y cuando ella obedeció, deslizó la almohada bajo su pelvis.
Recorrió sus curvas desnudas con la mano, esforzándose por ignorar la escayola de su pierna, que le exigía tratarla con delicadeza. En cambio, se concentró en su precioso trasero, alzado y ofrecido para el castigo, mientras su polla presionaba dolorosamente contra los pantalones.
Descargó la palma y observó cómo la nalga se aplanaba y recuperaba su forma.
Golpeó el otro lado, esperando a que las marcas rojas de sus dedos destacaran contra su piel lechosa.
Ella meneó el trasero pidiendo más. Él reprimió un gemido.
Saber que ansiaba su dominación le provocó una descarga de pura lujuria que le recorrió el cuerpo.
Los lobos nacían para dominar, al menos los alfa.
Tener una hembra que se ofrecía como Ashley alimentaba en él una fuente interior de poder viril.
—Creo que voy a tener que darte azotes con regularidad —dijo, golpeando un lado de su trasero y luego el otro—. No puedo permitir que te portes mal solo para ganarte un castigo.
Ella gimió lascivamente.
Aceleró el ritmo, azotando un poco más fuerte mientras se concentraba en la parte baja de sus nalgas, justo encima de su dulce coñito.
—¡Oh! —jadeó.
—Espero obediencia inmediata y respeto absoluto, o te pasarás todo el tiempo en el rincón con las bragas bajadas y el trasero bien rojo en exhibición.
Ashley emitió un gemido agudo y lastimero, como si estuviera a punto de correrse. Él se preguntó si podría llevarla al clímax solo con los azotes. Aumentó un poco más la intensidad, sin dejar de azotarla justo sobre su sexo.
Sus dedos se aferraron a las sábanas y levantó la cabeza, soltando gritos guturales una y otra vez.
—Frótate el clítoris, Ashley —ordenó con voz ronca.
Al principio no pareció entender, pero él no detuvo los azotes y siguió golpeándola con un ritmo constante. Tras un momento, deslizó una mano entre su pelvis y la almohada, y se deshizo de inmediato. Su trasero se tensó y las piernas se estiraron mientras arqueaba la espalda.
Deslizó su propia mano debajo de ella, apartó la de Ashley y empezó a vibrar la yema del dedo sobre su sensible botón.
Expresó su liberación con un grito de placer más intenso, frotándose contra su mano mientras se corría. Nada podía ser más satisfactorio que complacer a su hembra.
—Preciosa —murmuró.
Le acarició las nalgas calientes, luego deslizó los dedos entre sus piernas y acarició su coño hinchado y húmedo.
La primera vez la había tomado por detrás. Esta vez quería verle la cara. Se quitó la ropa y sacó un preservativo de la cartera. Le dio la vuelta para ponerla boca arriba, retiró la almohada y se colocó sobre ella.
Ella le quitó el preservativo de la mano, rasgó el envoltorio y le enrolló el látex en la polla. Él se posicionó justo sobre su húmeda abertura, cuyo calor palpitaba contra su sensible miembro. Ella meció las caderas y bajó la mano para guiarlo dentro.
Empujó lentamente, saboreando el momento de la entrada y el efecto vertiginoso de las paredes de su vagina, que envolvían su virilidad como un guante.
Los dedos de ella se tensaron sobre sus hombros y él se detuvo para darle tiempo a acostumbrarse a su tamaño.
Tras un momento, ella comenzó a moverse y alzó las caderas para tomarlo más profundo.
—Eso es, nena —murmuró, ignorando el deseo de su cuerpo de celebrar aquella unión y embestirla sin piedad.
Ella arqueó la espalda y soltó dulces gemiditos cada vez que él se hundía en ella. Levantó las piernas y cruzó los tobillos detrás de su espalda para atraerlo aún más profundo, alzando la pelvis a su encuentro.
—Oh, Dios —gimió—. No aguantaré mucho a este ritmo.