El hambre del alfa (Alfas dominantes nº 1) 10
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Esa tarde, Ben estaba sentado en su oficina, rodeado de un silencio ensordecedor. Zolla había venido a reunirse con los técnicos informáticos para volver a poner en marcha los servidores y restablecer la seguridad.

Tuvo el estómago encogido todo el día pensando en Ashley. Que no le cogiera el teléfono era una nueva forma de tortura. La llamó varias veces más, pero siempre saltaba el buzón de voz, como si hubiera apagado el móvil o se le hubiera agotado la batería.

Rezó para que no estuviera sufriendo. No estaba seguro de que Zolla la hubiera cuidado bien. Quizás debería haber insistido en que la llevaran a urgencias para que le dieran puntos. ¿Le habrían dado algún analgésico? ¿Volvería a dirigirle la palabra?

De camino al coche, volvió a llamarla. Una vez más, saltó el buzón de voz. No había dejado mensaje en las otras ocasiones, pero esta vez lo intentó.

—Ashley —dijo. Se quedó en blanco. ¿Qué demonios se decía en una situación así?

¿Existía alguna tarjeta de Hallmark para esto?

Lo siento, casi te arranco la garganta, ¿quieres ser mi San Valentín?

O quizás estoy listo para dar el siguiente paso contigo.

.. ¿te importa si te dejo una marca permanente para impregnar mi olor en ti?

No, mejor aún: me gustaría ponerte en peligro asegurándome de que todos mis enemigos sepan que me importas.

Espero que no te molesten las cicatrices.

Joder. Era el mayor imbécil del mundo, ¿verdad?

Inspiró hondo.

—Por favor, llámame. Necesito hablar contigo de verdad. Yo... lo siento, Ashley. Necesito verte...

Iba a decir por favor, llámame, pero al darse cuenta de que ya lo había dicho, pulsó «finalizar» y se frotó la frente.

¿Y si no llamaba? ¿Debería presentarse en su casa?

¿O esperar a verla en el trabajo? Dios, ¿vendría siquiera a trabajar?

La idea de dirigir Stone sin ella lo dejaba vacío.

En menos de una semana, se había convertido en todo para él.

Gracias a ella, quería arreglar Stone, quería asumir su responsabilidad y ser el líder que su hermano esperaba que fuera.

Leon se lo merecía. Ashley, de algún modo, lo había despertado del letargo en el que llevaba sumido desde la muerte de su hermano.

Se subió al coche y condujo hasta casa de Ashley.

Las luces estaban encendidas y podía verla a ella y a Melissa sentadas juntas en el sofá.

Se quedó un momento con el motor al ralentí, pensándolo.

Las dos probablemente tenían mucho de qué hablar.

Quizás era mejor dejarlas lamerse las heridas juntas sin interrumpirlas.

Metió la marcha en el Mustang y se fue a casa.

Apagar el teléfono cuando estaba enfadada con Ben por abandonarla era como tirarse piedras a su propio tejado. Probablemente una parte de ella quería castigarlo. Y quizás la otra simplemente no estaba lista para hablar. Necesitaba poner en orden sus sentimientos sobre todo el asunto de la «marca».

Para cuando terminó de contarle toda la historia a Mel, había empezado a asimilar la magnitud de todo aquello.

No se trataba solo de estar conmocionada por la violencia o enfadada por el abandono.

Ben la había marcado para siempre como su compañera.

Tenía que admitir que el corazón le dio un vuelco de emoción al darse cuenta de las implicaciones.

Había tenido razón: él sí sentía algo por ella.

Algo serio, por lo que parecía. No sabía lo que significaba ser la compañera de un lobo, pero si podían superar las barreras que Ben levantaba, desde luego que quería intentarlo.

Había vuelto a encender el teléfono antes de acostarse, y le satisfizo escuchar el mensaje de Ben. Se le notaba fatal. Todavía no había estado lista para hablar con él, pero se sentía mucho mejor. Hoy podría enfrentarse a él en el trabajo. Hablarían y seguirían adelante a partir de ahí.

Llegó temprano y encontró sitio en el garaje cerca del ascensor.

—¡Espera! —gritó al ver que las puertas del ascensor se cerraban con un hombre dentro al que no reconocía. Metió la mano entre las puertas para abrirlas y se coló—. Al treinta y cinco, por favor.

Él pulsó el botón sin mirarla. Ella se fijó primero en sus zapatos relucientes, luego en su traje de diseño impecable. Tenía el cabello oscuro, con canas en las sienes, y la piel aceitunada, más oscura que la de Ben. Sus miradas se cruzaron y él arrugó la nariz mientras olfateaba el aire.

Ella se quedó helada ante aquel gesto tan propio de un lobo.

La tensión de ella pareció confirmar lo que él sospechaba, porque sus labios se curvaron en una sonrisa desagradable.

—Te han marcado hace poco —observó con un fuerte acento latinoamericano.

Ella desvió la mirada hacia los números iluminados sobre las puertas.

—No sé de qué hablas.

Con un movimiento veloz, sacó una pistola del bolsillo de la chaqueta y le apuntó.

—Cuando el ascensor llegue a su destino, te quedarás dentro, cerrarás las puertas y bajarás al garaje.

Ella contuvo el aliento, intentando ordenar sus pensamientos. ¿Quién era aquel hombre? Alguien de Sudamérica... Leon había muerto en Venezuela. ¿Qué le había contado Ben sobre aquello?

Las puertas se abrieron y la pistola desapareció en el bolsillo de la chaqueta, aunque seguía apuntándole.

—Ciérralas. Ahora —gruñó.

Pulsó el botón de «cerrar puertas». El ascensor siguió subiendo hasta el piso de Ben. «Por favor», rezó, «que esté junto al escritorio de Karen y pueda verme aquí con el lobo que supongo que es su enemigo».

Nada. Las puertas se abrieron ante una recepción vacía. Karen no estaba en su escritorio y la puerta de Ben estaba cerrada.

—Cierra las puertas y pulsa P1.

Ella vaciló.

—¡Hazlo! —gruñó.

Obedeció.

—¿Quién eres?

El labio del cambiaformas se curvó.

—Soy Sandoval.

Ella lo miró sin comprender.

—¿No te ha hablado de mí? —preguntó, con tono ofendido.

Ella se encogió de hombros, intentando parecer despreocupada.

—Soy el lobo que va a hacer que tu amorcito pague.

—¿Qué te hizo?

Las puertas se abrieron en el garaje y el lobo repugnante la empujó fuera del ascensor. —Tomás Solís asesinó a mi esposa y a mis hijos.

Contuvo el aliento; el odio que emanaba del hombre era casi palpable. No sabía quién era Tomás Solís, pero no le pareció el momento adecuado para preguntar.

La obligó a avanzar clavándole los dedos en el brazo. Dos hombres más jóvenes saltaron de un coche oscuro y uno de ellos mantuvo la puerta abierta para Sandoval.

—Sube —espetó, empujándola.

—¿Quién es esta? —preguntó uno de los hombres más jóvenes. Se parecía a su captor; quizás fuera su hijo o su sobrino.

Sandoval se metió en el coche y se sentó a su lado.

—La compañera del cachorro Solís.

—¿Qué queremos con ella? —preguntó el otro hombre.

—Tú limítate a conducir —espetó Sandoval—. De vuelta a la casa.

El coche dio marcha atrás y salió a toda velocidad del aparcamiento. Ella recorrió con la mirada los coches que entraban, pensando en pedir ayuda, pero se dio cuenta de que las ventanillas estaban demasiado tintadas para que alguien pudiera verla dentro.

El hijo del lobo mayor se giró en el asiento delantero para mirarla a ella y luego a su padre. Dijo algo en español.

El hombre mayor le respondió algo y luego se volvió hacia ella con una sonrisa siniestra.

—Maté a Solís demasiado rápido. Debería haberlo obligado a mirar mientras torturaba a sus cachorros.

Tomó un mechón de su cabello y lo enroscó entre los dedos.

—Pero ahora puedo rectificarlo.

Sus ojos oscuros brillaron.

—Su hijo puede ver cómo profanan a su compañera y luego la matan. Y cuando acabe con el más joven de los Solís, mi venganza estará completa.

¿Era Ben el más joven de los Solís?

—Y-yo no soy realmente la compañera de Ben. Fue un error, él no quiso marcarme. Soy humana.

—Lo que te hace aún más frágil. —El hombre sonrió—. Torturar a un humano es tan gratificante.

Se estremeció.

El coche se detuvo frente a una villa de alquiler vacacional: una casa independiente de dos plantas con un muro que rodeaba la propiedad.

El terror se había apoderado de ella, helándole todo el cuerpo. Respiró hondo, tratando de mantener la calma. Tenía el teléfono. Quizás pudiera enviarle un mensaje a Ben o a Zolla. Zolla podría rastrear su ubicación.

Sandoval la empujó fuera del coche y la arrastró al interior de la casa. La sentó en una silla y le ató los tobillos a las patas con cinta adhesiva. Le ató las muñecas por detrás, tan fuerte que la madera se le clavaba en los brazos. Rebuscó en su bolso, sacó el teléfono y lo revisó.

—¿Dónde está el número de tu amorcito? —preguntó, sin esperar respuesta—. Ah, aquí está.

Marcó el número y le acercó el teléfono al oído.

—Salúdalo.

Ben respondió al segundo tono.

—Ashley —graznó, con alivio en la voz.

Ella recordó con una dolorosa punzada en el pecho que estaban enfadados y que no le había devuelto las llamadas. Las lágrimas de arrepentimiento le escocieron en los ojos.

—Ben...

Sandoval le quitó el teléfono y dijo algo en español.

—¡Ben, no vengas, es una trampa! —gritó ella.

Sandoval la golpeó con el dorso de la mano y le echó la cabeza hacia atrás. Saboreó la sangre mientras el dolor le estallaba en la boca, la mandíbula y el cuello.

—No vengas —repitió ella, mientras Sandoval se alejaba con el teléfono, sin dejar de hablar.

Sandoval tenía a Ashley. La visión de Ben se estrechó como un túnel, con los sentidos afilados como navajas. Solo tardó tres segundos en decidir qué hacer. Llamó a Zolla mientras conducía hacia la dirección que Sandoval le había dado.

—¿Estás loco? —exigió Zolla—. No puedes entrar ahí solo, no saldrás vivo. Dime dónde y me reuniré contigo.

—No. Voy solo y desarmado, tal como me ordenaron. No pienso arriesgarme cuando se trata de Ashley.

Colgó antes de que Zolla pudiera empezar a discutir y pisó el acelerador.

Se detuvo en la dirección indicada y salió del coche. Por una vez, tenía la mente perfectamente clara en lo que a Ashley se refería. Una extraña paz lo había envuelto como un manto, infundiéndole una serena sensación de poder. Caminó hasta la puerta y llamó.