El hambre del alfa (Alfas dominantes nº 1) 7 #4
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Él le lamió la mano. Al diablo con esto.

No iba a dejar que se asustara cada vez más mientras seguían escondidos allí otras seis horas.

Trotó hacia el dormitorio y fue transformándose por el camino.

Cuando se giró para cerrar la puerta, vio que Ashley estiraba el cuello para mirarlo y le echaba un buen vistazo a su cuerpo desnudo, y joder si no seguía empalmado por ella.

A ella se le abrió la boca cuando sus miradas se cruzaron, y él le dedicó una media sonrisa mientras veía cómo abría mucho los ojos y el rubor le subía por las mejillas.

Cerró la puerta y se vistió.

—Vamos —dijo. Salió con paso decidido y la tomó de la mano para levantarla del sofá.

—¿Adónde vamos?

—Fuera —dijo, tirando de ella hacia el garaje—. Estás harta de estar encerrada aquí, y yo también.

Le abrió la puerta del coche. Ella lo miró desconcertada.

—Hay una taquería calle abajo que huele bien. ¿Puedes caminar con esos zapatos? —Ojalá hubiera podido conseguirle ropa de recambio. La pobre seguía con la falda y los tacones del trabajo y la camiseta malva de Shayla.

Se estiró la falda hacia abajo, como si pudiera cubrir más de sus largas piernas desnudas. —Sí, claro. ¿Está muy lejos?

—Solo a una manzana. Te llevo en brazos si te cansas.

Ella se humedeció los labios, y la polla de él dio un tirón dentro de los pantalones. Se sonrojó y apartó la mirada. —No será necesario —dijo con la voz más ronca de lo habitual.

De pronto, se encontró arrinconándola contra la casa, con el cuerpo pegado a sus suaves curvas.

Le tomó el rostro y se lo levantó como si fuera a besarla.

Se detuvo justo a tiempo, paralizado al darse cuenta de lo inapropiado de sus acciones.

Acababa de decirle que no podía tener una relación con ella. ¿Qué demonios estaba haciendo?

Le rozó la frente con los labios, luego la sien, luego esos labios carnosos.

—Ashley... soy un completo desastre. Mira dónde te ha llevado ya trabajar para mí.

.. —Se detuvo, con ganas de retractarse.

No quería que dejara de trabajar para él, pasara lo que pasara.

La idea de volver a Stone Technologies sin ella lo hacía sentirse muerto—.

Lo que intento decir es... —Bueno, ¿qué demonios intentaba decir?

Estar tan cerca de ella, sentir su cuerpo contra el suyo, respirar su aroma le impedía formular cualquier pensamiento.

Le acarició la mejilla con el pulgar; una mezcla de anhelo y pérdida le infundió una ternura que rara vez sentía. —Ashley, es tan complicado. Y yo solo... lo siento.

Ella levantó la barbilla en un adorable gesto de desafío. —¿Qué pasa? ¿Por qué no puedes estar conmigo? Dímelo.

—Es demasiado peligroso. Tú eres humana y yo... no lo soy.

Ella parpadeó varias veces, lo apartó de un empujón y desvió el rostro.

—Lo siento —repitió él. Retrocedió y extendió el brazo para dejarla pasar.

Caminaron juntos por la calle, uno al lado del otro.

Ella se sentía mareada después de haber tenido aquel cuerpo duro pegado al suyo; la forma agresiva en que la había inmovilizado le había provocado una embriagadora oleada de lujuria que le recorrió todo el cuerpo.

Sus emociones batallaban entre la ira y la aceptación.

Sí creía que Ben lo sentía, pero no quería su disculpa: lo quería a él.

—¿Ben?

Como era habitual en él, no respondió, pero sí la miró.

—¿Echas de menos Venezuela?

No debería haberlo preguntado. La máscara volvió a su sitio y las líneas de su rostro se endurecieron.

—No —dijo, pero parecía mentira; ella vio dolor en su expresión.

Recordó, demasiado tarde, que su hermano y su padre habían sido asesinados allí.

Si había oído bien, había sido una muerte grotesca, como la de un animal salvaje. .. Oh. Un lobo, claro.

—¿Qué pasó allí? —preguntó en voz baja. Contuvo la respiración, sin esperar realmente una respuesta.

Para su sorpresa, él habló. —La manada de mi padre estaba siendo amenazada por otra que quería apoderarse de ella, un cartel de narcotraficantes de cambiantes. Mi hermano había volado hasta allí para ayudarlo a luchar, pero... —Tragó saliva y no continuó.

—Lo siento —dijo ella—. ¿Y tu madre? ¿Sigue viva?

Él negó con la cabeza. —No. Murió de cáncer cuando yo tenía doce años. Y se supone que el cáncer no afecta a los lobos —dijo con amargura.

Por una vez, ella no tenía nada que decir. Sabía que él no quería su lástima. Extendió la mano y le tocó la suya. Él entrelazó los dedos con los de ella al instante.

—Creo... —dijo, y se aclaró la garganta—. Creo que ella simplemente no quería seguir viviendo con mi padre. Era un imbécil de primera, como yo.

Se le encogió el pecho y le picó la nariz; las lágrimas afloraron por él. —Ese no eres tú. Puede que interpretes ese papel, pero sé que no es el verdadero tú.

Él alzó la vista, atónito. Ella le sostuvo la mirada con firmeza, transmitiéndole su absoluta confianza en lo que había dicho. Como si no pudiera soportarlo, se lo sacudió literalmente de encima, igual que un perro se sacude el agua.

—Lo digo en serio. Vale, eres un idiota a veces, bueno, la mayor parte del tiempo, pero en el fondo eres dulce.

—No —dijo—. De verdad que no lo soy. Y eres la única persona en el planeta que me ha descrito así.

—Porque conozco la verdad —dijo ella, alzando la barbilla y desafiándolo a contradecirla.

La expresión de él vaciló por un momento y pareció inseguro, perdido. Luego hizo el mismo gesto de sacudida que unos minutos antes. —No, no la conoces —dijo con amargura.

—¿Qué haría falta para que aceptaras algo de lo que te ofrezco? ¿Siempre tienes que rechazarlo? —Casi dijo rechazarme, porque esa era la verdad.

Él no respondió. Habían llegado a la taquería, y la guio dentro mientras echaba un vistazo al menú. —¿Sabes qué quieres?

Era un local mexicano auténtico, con el menú casi todo en español. Ella se encogió de hombros. —Sorpréndeme.

Ben pidió en español y les dieron un par de cervezas Dos Equis con rodajas de lima en el cuello de la botella. Le pasó una y se sentaron en un reservado.

—¿Qué has pedido?

—Un burrito de carne asada. ¿Te parece bien?

—Sí —dijo con una risita.

—No sabes qué es, ¿verdad?

Ella sonrió con timidez. —Algún tipo de burrito.

—Es un filete marinado. Creo que te gustará.

Era una tontería, pero se inclinó hacia delante y dijo: —¿Me hablas en español?

Sus cejas se alzaron.

Se encogió de hombros.

—Me gusta cómo suena.

—¿Cómo qué?

—Sigue.

—Si pudiera decirte la verdad, diré que tú eres... mi todo mundo.

Sus palabras le acariciaron los oídos como si las hubiera pronunciado el mismísimo Don Juan.

—¿Qué has dicho?

Dudó lo suficiente como para que ella se diera cuenta de que, por una vez, había dicho algo de verdad.

Algo que no podía o no quería decir en inglés.

Intentó reproducir las sílabas en su mente para descifrar su significado, pero su español del instituto no daba para tanto.

¿Era algo sobre decir la verdad y luego eres mi mundo entero?

Se aferró a ese pensamiento y lo guardó en su corazón como una pequeña joya que sacar y contemplar a la luz la próxima vez que él la rechazara.