El hambre del alfa (Alfas dominantes nº 1) 7 #3
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De alguna manera, logró sacar los dedos sin abalanzarse sobre ella y hacerla suya para siempre.

Le dio una palmada más en el coño mientras retrocedía.

El cambio aún lo dominaba; todo el cuerpo le temblaba con el esfuerzo de contenerlo.

Necesitaba transformarse y correr, liberar aquella frustración acumulada.

—Prométeme que te quedarás aquí —dijo con voz aún áspera.

Ella no dijo nada.

Él le dio una palmada en el trasero desnudo y ella chilló.

—¡Lo prometo!

Le soltó las muñecas y le subió las bragas, luego la giró para que lo mirara y le pellizcó el pezón entre el pulgar y el índice. Se lo retorció mientras los ojos de ella se abrían de par en par.

—Me estás matando —murmuró, aunque sabía que era él quien la estaba matando a ella. Había sido el rey de las señales contradictorias, y la había arrastrado a ella y a su corazón —si ella sentía algo por él, y él esperaba desesperadamente que así fuera— por un calvario.

Después de pellizcarle el pezón, Ben caminó hacia el dormitorio y se quitó la camiseta.

Era la imagen del poder masculino; los músculos fibrosos de su torso desnudo se ondulaban con el movimiento.

Ella había visto el bulto de su erección y, sin embargo, una vez más, no la había reclamado.

A pesar del orgasmo de hacía unos momentos, el cuerpo de ella solo pensaba en estar debajo de él, en que aquella enorme polla la penetrara y la hiciera gritar mientras la tomaba con rudeza.

Apenas sabía qué pensar sobre la situación entre ellos.

Después de lamerse las heridas en el coche, sabía que no tenía razón para estar molesta.

Él nunca le había hecho ninguna promesa.

Estaba decepcionada y herida, y no le gustaba sentirse como si la hubieran dejado, pero seguía segura de que Ben Stone sentía algo por ella.

Tal vez era solo atracción física, tal vez era algo más.

Lo único que sabía era que él la hacía sentir deseable y sexy.

La hacía sentir otras cosas que nunca había sentido antes.

Cosas locas, como que estaría dispuesta a dejar que le colgara las muñecas del techo y la azotara con el cinturón de nuevo si eso lo excitaba.

Porque en retrospectiva, desde luego que a ella la excitaba.

Se apretó el trasero y sintió el escozor que aún persistía de los azotes.

Adoraba el dominio de él, encontraba embriagador su poder.

La idea de que la castigara de nuevo hacía que se le mojaran las bragas.

No lo entendía, pero definitivamente quería más.

Debería haberlo presionado más sobre por qué no podía estar con ella.

Había tenido miedo de qué respuesta podría darle y había elegido ofenderse en lugar de mantener la cabeza fría e intentar entenderlo.

Ahora su mente había conjurado un millón de posibilidades.

Tal vez los humanos y los cambiantes literalmente no podían aparearse.

O tal vez iba contra las reglas de ellos estar con una humana.

Excepto que Zolla había dicho algo sobre que Ben la marcaría, lo que implicaba que sí podían tener amantes humanas. ¿Qué significaba marcarla?

Oyó que la puerta del dormitorio se abría y el lobo negro más grande que había visto jamás salió trotando.

Contuvo la respiración y se le erizó la piel.

Aunque sabía que era Ben, seguía encontrando aterradora a la bestia.

Se alzaba más alto que su cintura, con un pelaje negro espeso y enormes fauces.

Trotó hacia la parte trasera de la casa, donde habían instalado una gatera.

Antes de irse, se giró para mirarla, como en advertencia.

—Ya lo sé, ya lo sé. Me quedo aquí mismo.

Las fauces del lobo se abrieron y revelaron una hilera de dientes feroces, pero habría jurado que le estaba sonriendo.

Le recordó a su primer día trabajando para él y ella le devolvió la sonrisa, a pesar de su orgullo.

El lobo se agachó para pasar por la puerta, que era demasiado pequeña para él, y salió corriendo.

Se acurrucó en el sofá y se sumergió en el libro que había encontrado en la estantería de Zolla.

Al principio no creyó que pudiera concentrarse, pero su mente estaba tan ávida de una distracción —cualquier distracción de su preocupación por Melissa y de su situación con Ben— que se encontró transportada a un planeta alienígena.

No volvió a emerger durante un par de horas, cuando el estómago empezó a gruñirle. Fue hasta la puerta principal y la abrió en busca de Ben. El lobo estaba sentado en los escalones de entrada. Se giró y le mostró los dientes.

Ella se quedó inmóvil; el cuerpo le tuvo una reacción autónoma ante el peligro que presentaba un enorme lobo gruñendo. La razón se impuso y se obligó a salir y sentarse en el escalón junto a él.

Ben se levantó y le metió el hocico bajo el muslo, como para hacerla levantarse también. Cuando no lo hizo, volvió a mostrarle los dientes. Le mordió la tela de la falda y tiró con un gruñido. Ella se negó a dejarse intimidar por él, por aterrador que pudiera ser, y le frotó la cabeza.

—Vale, vale, volveré a entrar. Pero tengo hambre. ¿Tú no?

Apoyó el cuerpo contra las piernas de ella, empujándola hacia delante hasta hacerla entrar.

Ella se rio.

—Vale, ya estoy dentro. ¿Quieres que mire si hay comida?

El lobo miró hacia la cocina.

—De acuerdo. Veamos qué guarda tu amigo Zolla en sus armarios.

Fue a la cocina y abrió la nevera, que solo contenía unos cuantos tápers de comida para llevar, cerveza y condimentos. Abrió los armarios. Tenía muchos productos no perecederos: latas de sopa, alubias, paquetes de macarrones con queso. Sacó un par de latas de chili.

—Seguro que quieres carne, ¿no?

Buscó un abrelatas en el cajón y, al encontrar uno, abrió la lata.

Se preguntó si Ben volvería a transformarse. En cierto modo, era más fácil tenerlo en forma de lobo. Así no le molestaría su falta de conversación. Y era difícil enfadarse con un lobo.

Vertió el chili en dos cuencos y lo calentó en el microondas.

—En realidad soy buena cocinera, aunque con esta comida no vas a poder comprobarlo. Quizás algún día me dejes cocinar para ti. ¿Por qué ni tú ni Karen probasteis mi pan de plátano? Eso fue de mala educación.

El lobo volvió a abrir la boca y ella pensó que se estaba riendo de ella.

—¿Qué? Lo fue. Y a todo esto, ¿qué hay entre Karen y tú?

Cuando el lobo puso los ojos en blanco, ella soltó una risita.

—¿No? ¿Nada?

Él la rodeó y ella retrocedió por instinto, luego soltó una risa nerviosa. La cocina parecía diminuta con aquel enorme cuerpo de cuatro patas ocupando espacio.

—Es difícil no sentirse intimidada por ti —dijo.

Armándose de valor, dio un paso adelante y le tendió la mano para que la oliera.

Pensó que quizás se estaba riendo de ella otra vez. Hundió ambas manos en su pelaje, acariciándole las suaves orejas y el espeso pelo de la nuca.

—Eres precioso.

Él se quedó quieto, pero ella no sabía si le gustaba o no. Quizás que lo acariciaran como a un perro era indigno de un hombre lobo.

El microondas pitó y ella sacó los cuencos. Dejó el de él en el suelo, a sus pies.

—Perdona si no es así como comes. Soy nueva en esto.

Parecía que sí, porque se ventiló el cuenco en apenas un minuto. Ella solo había dado unos bocados en lo que él tardó en comer.

—¿Quieres más?

Él soltó un resoplido que ella interpretó como un sí, así que abrió otra lata de chili y se la calentó. Lo observó mientras comía. Era tan alto como un gran danés, de esos perros con los que la gente bromea diciendo que se pueden montar como caballos.

Si tuvieran hijos juntos, podrían montarlo. Vaya, ¿de dónde había salido ese pensamiento? No iban a tener hijos juntos. Ni siquiera estaban saliendo. Se daban placer el uno al otro y punto.

Aunque odiaba estar encerrado cuando estaba en forma de lobo, pasó la tarde con Ashley.

Había ido corriendo al apartamento de Ashley nada más salir y había olfateado los alrededores.

Sin duda había habido gente allí. Se grabó los olores en la memoria.

Aunque lograran recuperar a su hermana, no creía que Ashley fuera a estar a salvo.

No hasta que descubrieran quién estaba detrás de todo aquello.

Pero ¿adónde podrían ir ella y su hermana?

¿Y quién las protegería? Podría llevar semanas o incluso meses desmontar aquella trama.

En realidad pensaba que el piso de Zolla era tan seguro como cualquier otro, y confiaba en el lobo.

Ashley estuvo leyendo un rato, pero al anochecer se puso inquieta y empezó a dar vueltas por la habitación.

—¿Crees que alguna vez tuvieron intención de devolver a Melissa? —le preguntó.

Supuso que era una pregunta retórica, ya que no podía hablar. De todos modos, así lo prefería.

Ella lo miró con el rostro tenso.

—Yo creo que no. No llevaban máscaras ni nada. Lo que significa que o son muy estúpidos y les da igual que podamos identificarlos, o planeaban matarnos a las dos.

Él había llegado a la misma conclusión, y por eso no pensaba quitarle el ojo de encima a Ashley.

Ella siguió dando vueltas.

—Probablemente debería haber llamado a la policía cuando recibí el primer mensaje.

Él la fulminó con la mirada.

—¿No? —Se le hundieron los hombros—. Supongo que no.

No puedes tener a la policía husmeando en tus asuntos, pero estoy empezando a pensar.

.. Bueno, estamos en clara desventaja. Aunque seas un lobo al que no le importan los agujeros de bala.

O sea, Melissa y yo no somos a prueba de balas.

—Una sombra más oscura le cruzó el rostro—. Si es que Melissa sigue viva.

Él trotó hacia ella y le apoyó el hocico en la pierna para reconfortarla.

Ella le acarició la cabeza. Se dejó caer en el sofá, le tomó la cara entre las manos y le frotó las orejas.

—Tengo miedo, Ben —susurró, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas.