4 #3
Vio un cartel con varios restaurantes de comida rápida, tomó la salida y entró en el autoservicio. Con la blusa rasgada y cubierta de sangre, no podía entrar con ella a ningún sitio.
Pidió la comida, pagó, le pasó la bolsa y volvió a la autopista.
Ella desenvolvió el sándwich y le dio un mordisco enorme.
—¿Quieres que te abra algo? —preguntó con la boca llena.
A pesar de toda la tensión entre ellos, no pudo evitar encontrarla adorable.
Sintió una punzada de anhelo. Así sería si Ashley fuera su novia.
Hablando con la boca llena, riendo, cómodos el uno con el otro.
No recordaba la última vez que se había reído con alguien.
Desde luego, no desde la muerte de Leon y de su padre.
No desde que había traicionado a su familia y los había dejado morir.
Ashley se atiborraba, comiendo demasiado deprisa. Se recostó en el asiento, de pronto exhausta.
—¿Adónde vamos?
—Primero a casa de mi cuñada, luego a ver a un tipo que podría ayudarnos.
—¿Como esos tipos de antes?
Él le lanzó una mirada sombría.
—Cometí un error —dijo—. No debería haberte dejado con ellos. Lo siento.
Por alguna razón, su disculpa le llegó con una punzada inesperada.
No había esperado ninguna concesión de su parte, y era más fácil protegerse de su oscuro atractivo cuando él se comportaba como un imbécil.
Aun así, sabía que lo sentía. No habría atacado a ese otro tipo de no ser así.
Y aunque el despliegue de violencia le había revuelto un poco el estómago, también la había dejado sintiéndose más que reivindicada.
—Escucha, Ashley... debería haberte advertido antes de entrar. Nunca te pongas respondona ni irrespetuosa con un lobo. Lo toman como un desafío a la jerarquía, y siempre habrá una represalia física inmediata para restablecer el orden.
—¿Por eso me azotaste?
—Sí.
—Lo disfrutas, ¿verdad?
Sus ojos se desviaron hacia un lado y las comisuras de la boca se le curvaron hacia arriba.
—Puede que disfrute algo de eso, sí.
Se sonrojó, dos partes de enfado y una de algo más. Algo sinuoso y revoloteante que se movía en su vientre.
—Salvaje —murmuró, y volvió la vista hacia la ventana.
—Ashley —dijo, ahora serio—. Lo digo en serio: no ofendas a nadie más. Sé que Brian se lo buscó, pero esto es importante. Si uno de ellos te hubiera dejado una marca seria, podría haberlo matado. Y entonces tendría a toda la manada persiguiéndome, y a ti conmigo. Así que no es ninguna tontería.
Podría haberlo matado. Esa información la dejó un poco mareada. Sí que sentía algo por ella. Lo sabía.
—De acuerdo.
—Sí, señor —la corrigió.
—Sí, señor —dijo ella, con un leve tono sarcástico.
—Gracias —dijo él.
Ella consideró cuánto había cambiado su relación en menos de veinticuatro horas. Si no avanzaba, ¿podrían volver atrás? Trabajar en Stone Tech parecía un mundo completamente diferente ahora.
—¿Ben? —No sabía cuándo había empezado a llamarlo así. Pero considerando que lo había visto desnudo y en forma de lobo, y él la había azotado con las bragas bajadas, el señor Stone ya no parecía apropiado—. ¿Te molesta cuando te llamo así?
Le echó un vistazo al rostro cincelado, con la barba incipiente en la mandíbula que lo hacía aún más sexy que cuando iba bien afeitado.
—No.
¿Alguna vez ese hombre daría más que una respuesta monosilábica? Su discursito sobre el respeto a los lobos era probablemente lo más largo que había dicho.
—¿Crees que alguna vez volveremos al trabajo?
—Sí.
—Quiero decir... ¿seguiré siendo tu asistente?
Contuvo la respiración. No podía culparlo por despedirla. Al fin y al cabo, le había robado y había plantado una bomba que podría haberlo matado.
—Sí —dijo él, pero con la voz tensa, como si estuviera mintiendo.
¿Planeaba despedirla? ¿O peor... matarla?
Les había dicho a los miembros de la manada que él se «encargaría» de que ella supiera lo suyo.
¿La mantenía viva solo para organizar el encuentro con los hombres que querían verlo muerto?
¿Planeaba matarla cuando todo terminara?
Por lo que había visto, era un hombre peligroso.
—¿Seguirás dándome azotes si me paso de la raya? —preguntó, tratando de aligerar su propia tensión, ya que no la de él.
Funcionó. Apareció la sonrisa fugaz de Ben, ese leve atisbo de diversión que le arrugaba los ojos y le rozaba las comisuras de los labios.
—Te gusta hablar de que te den azotes —dijo.
Su sexo se contrajo involuntariamente al oírlo. Contuvo la respiración, tratando de evitar el rubor que sentía subirle por el cuello. Aun así, siguió adelante.
—¿A quién más has dado azotes? ¿A Karen?
—No —dijo, con tono sorprendido—. No seas ridícula.
—¿Entonces a quién? ¿A tus novias? ¿Amantes? ¿Eran lobas?
—Fuiste la primera —dijo.
¿Por qué esa respuesta la complacía tanto?
—Tú también fuiste el primero —dijo ella, sabiendo que sonaba como una tonta.
Él sonrió de verdad, y a ella el corazón le dio un vuelco.
—Entonces, ¿lo de los azotes es cosa de lobos?
Él se encogió de hombros en el coche a oscuras.
—Es una práctica común. Una forma sencilla de demostrar dominancia sin hacer daño.
—O sea, que básicamente los lobos son unos cerdos machistas que se creen mejores que las mujeres y con derecho a darles azotes.
Contuvo la respiración, esperando que se molestara, pero él sonrió.
—No. Creo que algunas relaciones son más igualitarias. Pero soy un alfa nato. No me creo mejor que las mujeres. Simplemente necesito estar arriba.
Ella reflexionó sobre eso, recordando lo que se había dicho en el almacén.
—Creía que habían dicho que no eras alfa.
Tardó tanto en responder que ella ya había perdido la esperanza, pero al final dijo:
—Me negué a liderar la manada de mi hermano. Simplemente no tenía fuerzas para eso.
Ella alargó la mano y le tocó el muslo.
—Claro que era demasiado. Ya tenías que hacerte cargo de Stone y, encima, seguramente aún estabas de luto por su muerte.
Ben la miró de reojo, con un músculo palpitándole en la mejilla. Parecía algo alarmado, como si le sorprendiera que ella lo entendiera. Al menos eso esperaba. Pero él le cogió la mano y se la apartó de la pierna, lo que hizo que quisiera esconderse bajo el asiento el resto del trayecto.
¿Por qué no podía tocarle la pierna cuando él acababa de arrinconarla contra el coche y besarla hasta quitarle el sentido? Se dejó caer en el asiento y se quedó mirando las luces de los coches que pasaban. Habían pasado demasiadas cosas ese día como para intentar darle sentido a nada.
Aparcó en el camino de entrada circular de la casa de su hermano en Golden, un suburbio al oeste de Denver.
Enclavada al pie de las Montañas Rocosas, la parte trasera de la casa de Leon ofrecía vistas espectaculares e incluso tenía un arroyo natural alimentado por un manantial de montaña que la atravesaba.
Las luces con sensor de movimiento se activaron e iluminaron el sendero.
—¿Entro? —preguntó Ashley mientras él abría la puerta del coche.
—Sí.
Ella salió y se alisó la falda arrugada, sujetándose la blusa cerrada.
Él llamó al timbre.
Al cabo de un buen rato, Shayla habló desde el otro lado de la puerta cerrada.
—¿Ben?
—Sí, soy yo. Siento que sea tan tarde, pero tengo que hablar contigo.
Abrió la puerta con el rostro tenso, pero ofreció las mejillas para los besos al estilo sudamericano. Hembra alfa, Shayla podía ser menuda en forma humana, pero como loba era grande, elegante y veloz, con pelaje canela y ojos amarillos.
—Esta es Ashley Bell. Es mi asistente en Stone.
Shayla se quedó boquiabierta al ver la blusa rasgada y ensangrentada de Ashley.
—¿Qué ha pasado?
—¿Podemos pasar?
—Oh, claro, perdona —dijo, apartándose para dejarlos entrar—. ¿Qué pasa, Ben?
Se frotó la cara. Sabía que a Shayla no le hacía gracia que le plantaran dramas en la puerta en plena noche cuando tenía a dos niños dormidos.
Leon había sido un marido perfecto para ella y le había dado el estilo de vida que quería para ser ama de casa.
Cuando le pidió a Ben que fuera el padrino de los niños, dejó claro que, si le pasaba algo, la máxima prioridad de Ben sería dirigir Stone Tech para mantener el lujo y la comodidad a los que su familia se había acostumbrado.
También sabía que Shayla no aprobaba del todo ni a él ni cómo había llevado las cosas desde la muerte de Leon.
Casi podía sentir cómo la desaprobación emanaba de ella en oleadas, y por desgracia, probablemente se lo merecía todo.
Dios, ¿sabría que la muerte de Leon era culpa suya?
No había sido capaz de mirarla a los ojos desde el día en que enterraron los restos destrozados de su hermano, que habían traído de vuelta a Estados Unidos para el funeral.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
—¿Puedo sentarme? —preguntó con retintín, aunque era descortés por su parte señalar la falta de hospitalidad de ella, teniendo en cuenta que era él quien se presentaba en su casa cuando los niños ya estaban acostados.
Ella se sonrojó, como él sabía que haría, y señaló hacia la mesa.
—¿Os apetece algo de beber? ¿Un té, quizá?
Él miró a Ashley.
—No, gracias —dijo ella—, pero ¿no tendrás una camisa que me puedas prestar?
Maldijo para sus adentros. Debería haberle pedido ropa a Shayla para Ashley. ¿Qué demonios le pasaba? Tenía que pensar más en las necesidades de su mujer.
—Por supuesto —dijo Shayla, y desapareció en su habitación. Volvió con una pequeña camiseta malva que parecía casi de talla infantil. Se la entregó a Ashley—. Espero que te quede bien —dijo su menuda cuñada.
Ashley la desdobló y se la acercó al pecho.
—Gracias —dijo—. ¿Hay algún baño donde pueda asearme?
—Yo la acompaño —dijo, intentando redimirse. La condujo al baño del pasillo, la hizo entrar y cerró la puerta tras él.
Ella se volvió para mirarlo.
—¿No confías en mí?
No percibió ningún dolor en ella, solo una pregunta sin segundas intenciones.