El hambre del alfa (Alfas dominantes nº 1) 4 #2
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Ben no se detuvo ni se volvió; salió por la puerta, fue hasta el coche de ella y la depositó con suavidad sobre el maletero.

Respiró hondo para calmarse. Se odiaba por haber dejado que maltrataran así a Ashley. ¿En qué había estado pensando? Esos lobos no eran sus amigos. Ni siquiera eran sus aliados.

—Cierra los ojos —murmuró, dándose cuenta de que no debería haberla sacado de allí sin la venda.

Por algún milagro, ella obedeció. Cogió la venda y la cinta adhesiva del asiento delantero y se las puso.

Estaba temblando y tenía expresión de shock.

No sabía si era de furia o de miedo. Probablemente de ambas cosas.

Sabía que debería disculparse; joder, debería estar suplicando su perdón, pero no conseguía, por más que lo intentara, encontrar las palabras.

No había excusa para lo que acababa de pasarle.

Y todo era culpa suya. Se suponía que tenía que protegerla y lo único que había hecho era aterrorizar y traumatizar a la mujer.

Sí, ella había dejado una bomba en su maletín, pero no podía culparla por eso, ¿verdad?

No sabía lo que era. E incluso si lo hubiera sabido, era natural que antepusiera la vida de su hermana a la de él.

Era estúpido pensar que podría haberse encariñado con él después de trabajar a su lado solo una semana.

¿Por qué, entonces, le molestaba tanto?

Él era quien tenía el apego irracional. Un apego que ya le había causado un mundo de problemas a ella.

Si no le hubiera pedido a Ashley que fuera su asistente, si no lo hubieran visto ir a su casa a recogerla, llevarla a su planta, darle la bienvenida a su vida, no la habrían elegido como la mejor candidata para plantar la bomba.

Su hermana estaría a salvo en este momento, y ella viviría feliz sin saber nada del lobo que la llevaba en la sangre.

Le cortó la cinta de los tobillos y la ayudó a subir al coche. Él subió por el lado del conductor y le abrochó el cinturón de seguridad.

Ella se inclinó hacia el centro, pero esta vez pareció evitar a propósito apoyar la cabeza en su regazo. No la culpaba.

Arrancó el coche y se puso en marcha. A pesar de lo desastroso que había sido el encuentro, había otro lobo que podría ayudarlos, y Mark Ruhl le había dado su dirección a Ben.

Por desgracia, el hacker Jeff Zolla había dejado la manada de Stanley por la de Boulder, lo que significaba que quizá no estuviera dispuesto a hacer nada por Ben.

Pensó que era mejor presentarse en persona que intentar llamar.

Pero primero tenía que pasar a ver a su cuñada, porque tenía un mal presentimiento sobre quién estaba detrás del ataque.

Tras recorrer ocho kilómetros, le quitó la venda de los ojos a Ashley.

—Ya puedes sentarte.

Se incorporó y miró por la ventanilla, parpadeando ante las farolas.

—Entonces... ¿qué? ¿Vas por ahí dando puñetazos en la nariz cada vez que te cabreas?

No sabía qué decir, así que no dijo nada. Al pensar de nuevo en lo que ese imbécil de Brian le había hecho a Ashley, apretó los dientes.

—No sé por qué estabas tan enfadado. Tampoco es que me hicieran nada distinto de lo que tú ya me has hecho. O sea, me trajiste atada con cinta adhesiva. Ellos solo pusieron más. Y él me dio una bofetada. Bueno, tú me has azotado el trasero. Más de una vez. Soy tu prisionera, ¿no?

Sus palabras lo golpearon como un puñetazo en el estómago. Tenía razón. Él la había tratado igual de mal. ¿Eso lo justificaba porque se preocupaba por ella? ¿O porque creía tener derecho a castigarla por intentar matarlo?

Azotar a las hembras era parte de su cultura lobuna, igual que resolver los agravios físicamente entre machos.

Pero a Ashley debió de sorprenderla que la azotaran.

Sabía que no le había hecho daño. Había tenido cuidado de usarlo solo como muestra de dominación, no para causarle un dolor duradero.

Y por su olor, pensaba que ella lo encontraba excitante.

Pero pensar que se sentía tan maltratada por él como por ellos le revolvía el estómago.

Era malo para ella. Muy malo. Y aunque tenía la obligación de salvar a su hermana y protegerla de los hombres que pudieran querer hacerle daño, la parte egoísta de él no quería que fuera a costa de perder su estima para siempre.

Salió bruscamente de la Sexta Avenida Oeste y se detuvo en un Motel 6.

No era seguro llevarla a casa, pero al menos podía liberarla si eso era lo que quería.

Tenía su coche y su teléfono. Él podía transformarse e ir a pie.

Salió del coche y rodeó hasta el lado de ella.

Le cortó las ataduras de las manos y la ayudó a ponerse de pie.

—No eres mi prisionera. Si quieres hacer esto sola, me mantendré al margen.

Abrió mucho los ojos y luego los entornó. Cruzó los brazos sobre el pecho.

—Que te jodan, Stone. No pienso ir a ninguna parte sin ti.

El lobo en él escuchó el desafío como una especie de llamada de apareamiento.

Una fuerza salvaje se apoderó de él, la empujó contra el coche y aplastó sus labios contra los de ella.

Sabía a bálsamo labial de frutos rojos, con unos labios imposiblemente suaves.

Enterró los dedos en su sedoso cabello castaño, cerró el puño y tiró.

No estaba pensando, ni siquiera había sabido que pretendía besarla, pero cuando la lengua de ella respondió, adentrándose en su boca y enredándose con la suya, la urgencia de marcarla lo arrolló como una locomotora.

Restregó su polla, dolorosamente dura, contra el vientre plano de ella. La besó como si quisiera devorarla; los dulces labios de Ashley se abrieron para aceptar su lengua invasora, y los dedos de ella se aferraron a sus hombros.

La piel se le erizó de calor, la visión se le agudizó y los caninos empezaron a alargársele.

Jesucristo. Estaba a punto de marcarla allí mismo, en el aparcamiento.

Pero, maldición, si perdía el control, podría ser peligroso para ella.

Joder, incluso podría matarla. Cuando un lobo tenía sexo con una hembra, sus caninos se alargaban y le hundía los dientes en el cuello o el hombro.

El mordisco provocaba una sumisión instantánea que hacía que la hembra se relajara y permitiera la dominación.

En el caso del apareamiento, dejaba su marca permanente en ella: le rompía la piel para incrustar de forma permanente su olor en la epidermis.

Con una humana, se estremecía de pensar en lo que podría pasar: podría alcanzarle la yugular, y el dolor que le causaría sería imperdonable. Sobre todo porque los humanos no sanaban de la noche a la mañana como los lobos.

Aléjate de ella.

Su cuerpo no obedecía a su mente. Le echó la cabeza hacia atrás y le recorrió la garganta con la lengua, mordisqueándole el cuello. El acto desencadenó el verdadero instinto, y de repente los dientes le asomaron, completamente extendidos.

Se echó hacia atrás y giró a un lado para apartar el cuello de ella de la trayectoria de sus mandíbulas, que se cerraron de golpe.

Le dio la espalda y empezó a alejarse a paso rápido; necesitaba poner distancia entre sus cuerpos.

Respiró hondo el aire fresco de septiembre y alzó la vista hacia la luna, como si de algún modo pudiera ayudarlo a recuperar la cordura.

—¿Ben? —lo llamó ella. A pesar de su fachada de dura, captó una nota de vulnerabilidad en su voz.

—Ya voy —dijo con la voz más grave de lo normal.

Caminó describiendo un amplio arco alrededor del coche mientras la visión le volvía a la normalidad humana y los dientes se le retraían.

Esperaba que el bulto en los pantalones también se le bajara pronto.

Después de dar un par de vueltas alrededor de su desconcertada empleada y el coche, volvió al asiento del conductor, subió y cerró la puerta de un portazo sin mirar a Ashley.

Ella subió y se abrochó el cinturón.

—Lo siento —dijo con voz ronca—. No volverá a pasar.

Ella giró la cabeza y lo miró fijamente, con la expresión convertida en una máscara impenetrable. ¿Qué demonios pensaría de todo aquello?

El teléfono de ella sonó. Se lanzó hacia el bolso y, al rebuscar, el teléfono salió volando hacia su cara. Lo atrapó con manos temblorosas, le dio la vuelta y miró la pantalla.

—Son ellos —susurró, como si pudieran oírla.

—Contesta.

—¿H-hola?

—¿Qué ha pasado? —preguntó la voz masculina, alterada electrónicamente.

—¿Dónde está mi hermana?

—Tu hermana va a morir si no nos traes ese portátil. ¿Qué era ese animal en el punto de encuentro?

—No lo sé, también vino a por mí. Me persiguió hasta el coche y arranqué sin ver adónde fue.

Se hizo un silencio. Luego:

—¿Con quién has hablado?

—¡Con nadie! Ni un alma. Aún tengo el portátil y quiero que me devuelvan a mi hermana.

—Prepárate para reunirte. Te llamaremos con el lugar.

—Espera, ¿cuándo? ¿A qué hora?

—Mañana por la noche.

La línea se cortó.

Ella lo miró y exhaló.

—Bueno, parece que todavía está viva.

Quizás. Él no estaba tan seguro. Que no hubieran sacado a su hermana del coche le hacía pensar que no tenían intención de dejar que ninguna de las dos saliera con vida.

Ella conectó el teléfono al cargador del coche. Menos mal que tenía uno compatible con los dos móviles.

—¿Crees que debería llamar a mis padres? Quiero decir... deberían saber que quizás nunca vuelvan a ver a su hija.

—No —dijo con voz autoritaria—. Eso solo pondría en peligro a tu hermana.

Él esperaba resistencia, pero ella se limitó a asentir.

—¿Ben?

Le gustaba que lo llamara por su nombre de pila, aunque fuera una impertinencia.

—¿Sí?

Se preparó para otra pregunta difícil.

—Tengo hambre.

El alivio inicial ante un problema tan fácil de resolver quedó ensombrecido por la culpa. Debería haberse dado cuenta de que estaba hambrienta. ¿Qué clase de proveedor era, dejando que su compañera pasara hambre?

Pero no, ella no era su compañera, ni podía serlo. Tenía que dejar de pensar en ella de esa manera.

—¿Te parece bien comida rápida?

—Me parecería bien hasta comida para perros a estas alturas —murmuró ella.