El hambre del alfa (Alfas dominantes nº 1) 4
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Ashley había dejado de bajar la mirada para fulminar al hombre llamado Stanley.

—Mi problema, no el tuyo —dijo Ben.

¿Qué habría querido decir con que se encargaría de ella?

—¿Sí? Entonces, ¿por qué estamos aquí? —preguntó el lobo agresivo.

Ben apretó la mandíbula.

—Alguien está intentando matarme. Solo necesito un poco de apoyo mientras averiguo quién está detrás de esto.

Stanley lo miró.

—Estás pidiendo muchos favores para alguien que ni siquiera es miembro de la manada.

Se encogió de hombros.

—Si no quieres ayudar, me las apañaré solo.

Stanley frunció el ceño.

—Ya nos has involucrado. Trajiste a una humana a nuestra guarida, y ahora ha visto nuestras caras.

Un gruñido bajo y sobrenatural brotó de la garganta de Ben, provocándole un escalofrío que le recorrió la espalda.

Stanley hizo un gesto con ambas manos.

—¿Quieres desafiarme por el puesto de alfa? Hazlo. Ambos sabemos que ganarías. Pero si solo quieres aparecer aquí como si nada y pedir favores sin dar nada a cambio, nadie te seguirá.

Nada cambió en el rostro de Ben, pero ella podía sentir su frustración.

Un coche se detuvo afuera. Nadie se movió; los dos hombres —o lobos— se miraban fijamente mientras la tensión crepitaba entre ellos.

La puerta se abrió de golpe.

—Hola, Ben —dijo un hombre de mediana edad con el cráneo afeitado y una camiseta blanca ajustada mientras entraba.

Como los otros lobos, estaba cachas. De hecho, todos parecían sacados de un calendario de bomberos. Aunque quizás algo menos decentes que los bomberos. Había una tosquedad en aquellos hombres que la ponía nerviosa.

—Hola, Mark.

Ben continuó observando a los otros lobos mientras estrechaba la mano de Mark.

—Gracias por tu ayuda de antes.

—No hay problema —dijo Mark, alternando la mirada entre Ben y el líder de la manada, probablemente percibiendo la tensión—. ¿Tienes los explosivos?

Un escalofrío le recorrió el cuerpo al oír la palabra explosivos. Podría haber matado a Ben. No podía culparlo por no confiar en ella, ¿verdad?

Negó con la cabeza.

—Todavía no. Tuve un pequeño problema al salir. Esperaba que me llevaras hasta allí.

—No hay problema.

—Y quieres que vigilemos a la chica —dijo Stanley con tono inexpresivo.

—Sí.

—¿Quién es?

Ben cruzó los brazos sobre el pecho.

—Es mi asistente. Ella puso la bomba.

Cinco pares de ojos fríos se volvieron hacia ella.

Se encogió en su asiento.

—La chantajearon.

Ben le entregó a Stanley el teléfono de Ashley.

—Este es su teléfono. Si los hombres que la chantajearon llaman, tiene que contestar. Fuera de eso, no se lo dejes.

Luego se volvió hacia ella:

—Les dices que tienes el portátil y que quieres hacer el intercambio. No sabes nada del lobo. ¿Entendido?

Asintió.

—Sí, señor.

Ben miró a Stanley.

—Entonces, ¿estás dispuesto?

El hombre asintió de mala gana.

—Sí. La vigilaremos.

Ben le tocó el hombro, y una descarga de energía eléctrica la atravesó.

—Pórtate bien. Volveré en una hora.

Se marchó con Mark.

Notó de inmediato la ausencia de su poderosa presencia. No solo cambió la energía en la habitación, sino que sintió una punzada de desasosiego, como si la separación la perturbara. Sin duda tenía el síndrome de Estocolmo.

Los hombres sacaron sillas plegables, las abrieron y se sentaron en círculo a su alrededor.

—Entonces... ¿todos sois lobos?

El líder le dirigió una mirada fría y luego se volvió hacia los otros hombres, ignorándola a propósito.

—¿Qué pensáis?

—¿Sobre Stone? —preguntó el hombre a su lado, el del piercing en la ceja—.

Creo que tenías razón al cuestionar su lealtad.

O sea, vine porque tú me lo pediste, pero si él hubiera llamado.

.. bueno, la única razón por la que habría venido sería por respeto a la memoria de Leon.

Pero ese aval se va a agotar pronto si lo único que hace su hermano pequeño es recibir.

—Bueno, técnicamente este es el primer favor que pide en los tres años que lleva aquí —intervino un joven asiático.

No sabía por qué se sintió tan aliviada al oír a alguien defender a Ben. Desde luego no entendía las dinámicas internas, pero estaba captando lo suficiente para hacerse una idea. Eran una especie de banda, y Leon, el hermano muerto de Ben, había formado parte de ella, pero Ben no.

—Sí, pero ¿dónde ha estado? Los lobos solitarios son problemáticos, eso digo —murmuró el del piercing en la ceja—. Ya sabéis cómo tratan los lobos árticos a los lobos solitarios.

—No, ¿cómo? —preguntó el asiático.

—La manada los caza y los mata. Me refiero a canis lupus, no a cambiantes. Pero digo que podríamos seguir su ejemplo.

Los demás gruñeron en señal de aprobación.

Intentó conversar de nuevo.

—¿Sois una manada? ¿Y este es vuestro local? —preguntó, mirando alrededor.

El almacén era de estructura metálica, como un granero gigante.

El suelo era de contrachapado, pintado de gris pero cubierto de manchas oscuras.

Sillas y mesas plegables se apilaban contra una pared, y una fila de taquillas ocupaba el fondo.

En un extremo tenía todo lo típico de un refugio masculino: mesa de billar, futbolín y diana de dardos.

Por lo demás, era un gran espacio vacío.

¿Qué hacían aquí?

Stanley la miró de reojo.

—Nadie te ha preguntado.

Le rugió el estómago. Se había saltado la cena porque estaba demasiado nerviosa por la reunión. Ya debían de ser casi las nueve.

—¿Quieres jugar al billar? —preguntó el de la ceja perforada.

—Sí, claro.

Stanley se levantó y lo siguió.

Se quedó con el joven asiático y un mastodonte al que el asiático llamaba Brian. No pararon de hablar de estadísticas de béisbol.

Después de lo que debieron de ser cuarenta y cinco minutos, se levantó decidida a buscar el baño para conseguir al menos un vaso de agua.

—¿Adónde crees que vas? —preguntó Brian, empujándola de vuelta al asiento.

—¿Puedo tomar un poco de agua?

Él frunció el ceño.

—Sí, supongo. No te muevas.

Brian cruzó la habitación hacia la puerta que ella había tomado por el baño. Cuando volvió, traía un vaso de plástico lleno de agua y un rollo de cinta adhesiva.

—Gracias —dijo, tomando el vaso torpemente entre las manos atadas y mirando la cinta con recelo. Sus temores se confirmaron cuando él se agachó a sus pies y le envolvió los tobillos con cinta.

—No hace falta —dijo—. No pensaba ir a ninguna parte; solo no quería pedirte que me sirvieras.

—Termina —ordenó, extendiendo la mano para que le devolviera el vaso.

Echó la cabeza hacia atrás y se bebió el resto, luego se lo entregó.

Él arrancó un trozo pequeño de cinta adhesiva.

—Eh, espera —exclamó, intentando deslizarse por el sofá para alejarse de él—. No hace falta. Me quedaré calla...

La cinta se estampó sobre su boca. Gritó con los labios sellados y le asestó una patada con los pies atados justo entre las piernas.

Brian gruñó de dolor y le cruzó la cara de un bofetón.

Jadeó, pero con la boca tapada no conseguía aspirar suficiente aire; las fosas nasales se le cerraban al intentar inhalar, lo que solo empeoraba las cosas, y siguió intentándolo hasta que los bordes de su campo visual empezaron a oscurecerse y unas luces bailaron ante sus ojos.

Cálmate. Exhala.

Las lágrimas le brotaron de los ojos, no por el dolor de la bofetada, sino por la reacción de su cuerpo a la falta de aire.

Logró expulsar algo de aire y volver a inspirar, pero no parecía suficiente.

Los imbéciles ya se habían alejado, lo cual fue un alivio, porque no habría querido que la vieran llorar.

Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el sofá, obligándose a calmar el pulso.

Puedes respirar por la nariz. Puedes respirar por la nariz...

No sabía cuánto tiempo llevaba así sentada cuando la puerta se abrió. Despegó los párpados y vio a Ben, que avanzaba hacia ella con expresión sombría y furiosa. Se encogió, sin querer ser el blanco de su ira.

Él le arrancó la cinta de la boca, lo que dolió horrores. Parpadeó para contener las patéticas lágrimas que le habían brotado del alivio. Con el ceño fruncido, él le puso un dedo en la barbilla y se la giró para examinarle la mejilla, que todavía le ardía.

Se puso de pie.

—¿Quién le ha pegado? —exigió saber.

El mastodonte se acercó y dijo sin inmutarse:

—Me ha dado una patada en los huevos.

Ben soltó un gruñido y se abalanzó sobre él en un instante. Rodaron por el suelo en una maraña de extremidades y gruñidos inhumanos.

Se oyó gritar y se llevó las manos atadas a la boca para callarse. Los demás hombres se congregaron alrededor, aparentemente sin preocuparse demasiado. De hecho, parecían emocionados, como si aquello fuera una pelea de gallos y tuvieran dinero apostado al ganador.

—¿No van a detenerlos? —exigió, mirando a Stanley, su líder.

Él se encogió de hombros.

—Todavía no.

El puño de Ben salió disparado y se estrelló contra la nariz de Brian, haciendo saltar la sangre en todas direcciones. Mientras esta se derramaba en el suelo, ella cayó en la cuenta, con un escalofrío de asco, de que todas las manchas oscuras de la madera contrachapada debían de ser sangre.

Los hombres siguieron rodando y revolcándose, golpeándose y... sí, mordiéndose, estrellándose la cabeza contra el suelo o dándose cabezazos. Los ojos de Ben brillaban amarillos y sus dientes parecían más largos que los de un humano.

—Ya basta —intervino Stanley, todavía sin asomo de urgencia.

Brian obedeció a su líder y se levantó pesadamente.

Ben no se había rendido y lanzó otro ataque, pero los tres lobos lo agarraron y le inmovilizaron los brazos a la espalda.

—Stanley ha dicho que basta —gruñó el de la ceja perforada.

Ben se quedó quieto, pero con los músculos en tensión y el rostro crispado de furia.

Stanley levantó la mano indicándole a Ben que se calmara.

—No estaba marcada —dijo con suavidad.

Ella se preguntó qué demonios significaba eso.

Ben se sacudió de encima a los hombres que lo sujetaban y fue hacia ella. En un movimiento fluido, la cogió del sofá, se la echó al hombro y se dirigió a la puerta.

—Sí, de nada, imbécil —murmuró Brian.