El hambre del alfa (Alfas dominantes nº 1) 3 #4
28%

3 #4

Ella se retorció sobre su regazo mientras él continuaba azotándola.

—¡Ay, para!

Le hundió los dientes en el muslo izquierdo.

En lugar de enfadarlo, tuvo el extraño efecto de hacerle querer tirarla al suelo y follarla hasta dejarla sin sentido.

Las lobas muerden y gruñen durante el sexo, y ella acababa de pulsar un resorte en él.

La visión se le nubló y los dientes se le afilaron con la necesidad de marcarla.

Echó la cabeza hacia atrás contra el asiento, cerró los ojos y respiró profundamente para recuperar el control.

Ella no se tomó la pausa en los azotes como una victoria; permaneció acurrucada, tensa e inmóvil, sobre su regazo.

—Lo siento —dijo en un hilo de voz.

Él no abrió los ojos.

—¿A quién ibas a llamar? —preguntó con voz cansada.

—A nadie. Solo necesito mi teléfono... por si llaman.

La irritación cortó de raíz su excitación, devolviéndolo a la cordura.

—¿Pensaste que no te dejaría contestar? Organizar una nueva reunión es clave para averiguar quién demonios está detrás de esto.

Las manitas de ella le manosearon los vaqueros, pellizcando la tela.

—Lo siento —dijo en un hilo de voz—. No lo sabía.

Tras un momento de silencio, añadió:

—Estaba pensando que podría enviarles un mensaje.

—¿Con los ojos vendados?

—Bueno, quitarme la venda era mi siguiente problema.

Él gruñó.

—¿Qué ibas a escribir?

—Algo como: Todavía tengo el portátil y quiero a mi hermana.

Él le entregó el teléfono y levantó la venda un centímetro.

—Adelante.

Ella escribió las palabras y se las mostró primero antes de pulsar enviar. Él le quitó el teléfono y se lo metió en el bolsillo, luego volvió a colocar la venda en su lugar.

—No te mueves sin mi permiso, ¿entendido?

—Sí, señor.

Él suspiró y volvió a arrancar el coche.

—¿Qué pasa con mi hermana?

—La encontraremos —dijo él.

Ella se incorporó, clavándole el codo en la erección.

—Ay.

Él se estremeció y la volvió a bajar a la posición original.

—Quieta.

—Guau.

Casi sonrió. Maldita sea, realmente lo provocaba.

Se permitió tocarle el pelo de nuevo, diciéndose que solo era para apartárselo de la cara.

Pero eso no tenía sentido, ya que ella no podía ver de todos modos.

Las hebras sedosas se deslizaron entre sus dedos mientras volvía a la carretera e intentaba ignorar la visión de su trasero, todavía al descubierto y con las bragas metidas entre las nalgas.

El olor de su excitación llenaba el coche como aromaterapia para su libido ya desenfrenada.

Se detuvo en el viejo almacén que la manada de su hermano usaba como lugar de reunión.

No había otros coches allí, pero eso no significaba nada.

Mark Ruhl le había explicado por teléfono cómo desarmar los explosivos, pero había quedado en reunirse con él aquí para darle el portátil y que pudiera analizarlo, además de monitorizar cuándo se enviaba la señal de detonación.

Mientras estaba en el motel, había llamado a Stanley y le había pedido que viniera a la reunión también.

Necesitaría que alguien lo llevara de vuelta a Stone Tech para recoger su coche y el portátil, y necesitaba a alguien que vigilara a Ashley mientras tanto.

No sería seguro llevarla de vuelta a la escena.

Entró con cautela, olfateando el aire. Vacío. Le quitó la venda improvisada con la funda de almohada una vez que estuvieron dentro. Señalando un viejo sofá contra una pared, dijo:

—Siéntate.

Ella lo fulminó con la mirada, pero obedeció.

—Niña —dijo—, deja de mirarme así o te volveré a poner sobre mis rodillas para recordarte quién manda aquí.

A ella le flaquearon las piernas, y él habría jurado que la mirada que le lanzó era de puro deseo, pero apartó la vista rápidamente.

—Así está mejor —dijo, con la voz más ronca de lo habitual.

Levantó la cabeza, captando un sonido en la puerta trasera.

Se abrió de golpe y entraron Stanley y otros tres machos, desnudos.

Los cambiantes no se avergonzaban de la desnudez, pero por primera vez se sintió molesto; no le gustaba cómo Ashley los miraba.

Cogieron ropa de sus taquillas mientras se acercaban, observándola.

De pronto fue muy consciente de lo fuera de lugar que ella parecía, todavía vestida con su estrecha falda de trabajo y tacones, la blusa manchada de sangre abierta porque él le había arrancado todos los botones al rasgársela para comprobar si estaba herida.

¿Por qué demonios no le había puesto su camisa antes?

—Hola, Stanley —dijo—. Hola, chicos.

—¿Quién es ella?

—No necesitas saberlo —dijo.

A Ashley le dijo:

—Baja la mirada.

Ella obedeció, aunque él podía ver que estaba alerta y atenta.

—Has traído a una humana a nuestro lugar secreto —dijo Stanley, señalando lo evidente, con los ojos entrecerrados.

—Iba con los ojos vendados.

—Sabe lo que somos —se cruzó de brazos.

—Yo me encargo de ella.

—¿Cómo?

El código general era matar a los forasteros que se enteraban. Se tensó.

—Es mi problema y yo me encargo.

Stanley arqueó las cejas, mirando a Ashley con recelo.

—Tiene pinta de dar problemas.