3 #2
—Dejando al descubierto mi objetivo.
Ella gimió mientras se retorcía y giraba, alzando la vista hacia las cuerdas que le ataban las manos.
Él ignoró sus aspavientos y le bajó las bragas justo por debajo de las nalgas. Se apartó para admirar la vista. No le sorprendió que su trasero fuera tan perfecto como lo había imaginado. Cogió el cinturón y se enrolló el extremo de la hebilla en el puño.
A ella se le desorbitaron los ojos. Él la agarró de las caderas y la giró para que le diera la espalda. —Te sugiero que te quedes quieta —advirtió, justo antes de dejar caer el cinturón sobre sus nalgas con un golpe suave para ajustar la puntería.
Ella chilló y se apartó dando saltitos, con los pies levantándose del suelo y pateando en el aire.
Su intención había sido intimidarla, y parecía estar funcionando, porque sabía que aquello no le había dolido de verdad.
Le agarró las muñecas y las inmovilizó contra la puerta para mantenerla quieta.
Golpeó de nuevo, solo un poco más fuerte.
Ella saltó como si le hubiera dado una descarga eléctrica, con los pies moviéndose hacia un lado.
—¿Quién te contrató para matarme? —exigió.
De su boca salieron ruidos, pero eran balbuceos incoherentes.
La azotó de nuevo. —Te he hecho una pregunta —gruñó—. ¿Quién te contrató para matarme?
Una retahíla de sílabas sin sentido brotó de ella, una tras otra.
Lo consideró. La había querido asustada, pero tenerla demasiado aterrorizada para hablar no funcionaría. Rodeándola, sacó la navaja. Los ojos de ella se pusieron en blanco cuando levantó la hoja. Le cortó las ataduras justo cuando los párpados le aleteaban y se desmayaba.
Maldición.
La atrapó al vuelo mientras caía y la llevó a la cama, donde se sentó con ella acunada en los brazos.
En unos segundos abrió los ojos y parpadeó, mirándolo a la cara.
Él le apartó el cabello de los grandes ojos azules y se miraron. La apoyó sobre la rodilla y dijo: —Muy bien, vamos a intentarlo de nuevo. Necesito respuestas y vas a dármelas.
Ella comenzó a forcejear de inmediato, retorciéndose en sus brazos como si fuera a tirarse de su regazo.
Él lo aprovechó y la tumbó boca abajo sobre las rodillas.
Las bragas todavía le colgaban enredadas en los muslos.
La mano le cayó sobre el trasero desnudo con una palmada satisfactoria.
Tenía un trasero perfecto para los azotes: nalgas redondas y carnosas que daban paso a unos muslos torneados.
Golpeó un lado, luego el otro, una y otra vez.
Solo había querido hacerla hablar sin hacerle daño de verdad, pero mientras la azotaba, la ira por su traición se fue desvaneciendo y dio paso a la compasión mientras ella pateaba y se retorcía y su hermoso trasero pasaba del rosa a un tono más intenso.
La sujetó con firmeza contra su cuerpo y tuvo cuidado de no golpear demasiado fuerte.
Los cambiantes tenían fuerza sobrehumana, y la idea de magullar o hacer daño de verdad a su pequeña asistente no le sentaba bien. Aunque hubiera intentado matarlo.
—¿Cuánto te pagaron por matarme?
—Yo no…
Le dio un azote en la parte de atrás del muslo, haciéndola gritar y patalear.
—¿Cuánto?
—Ay… ah… No intentaba matarte. Solo tenía que quitarte el portátil —soltó atropelladamente.
—Y dejar el que tenía los explosivos.
Ella se quedó inmóvil un momento y alzó la cabeza.
A él le dio un vuelco el corazón. No sabía nada de la bomba. La satisfacción le calentó la sangre. Apoyó la mano sobre las nalgas ardientes de ella.
—¿Quién te dio el portátil?
—No lo sé.
Reanudó los azotes.
—¿Quién te contrató?
—Nadie me contrató.
Azotó con más fuerza.
—¡Espera! —gritó ella—. Es verdad, nadie me contrató. ¡Han secuestrado a mi hermana!
Se quedó paralizado, con la mano en el aire.
—Dijeron que la traerían esta noche, pero no estaba —la voz de Ashley sonó estrangulada.
De pronto, Ashley se vio levantada y sentada sobre la rodilla de Ben, cuyos ojos verdes la taladraban.
—Es verdad —susurró, al ver que él buscaba algo en su rostro.
—Deberías haber acudido a mí —dijo él con voz dura como el acero.
El trasero le palpitaba; la tela áspera de los vaqueros de él le rozaba la piel desnuda. Tragó saliva.
—Dijeron que la matarían —graznó.
Él apretó los labios. La intensidad con que la miraba tenía algo animal, como si fuera un cazador y ella su presa.
El recuerdo del enorme lobo que saltaba por encima de su coche le cruzó la mente como un destello.
—¿Qué eres? —susurró.
De golpe, él se puso de pie y la empujó para que se levantara.
—Ve a ponerte de cara a la esquina con las bragas bajadas —dijo con expresión peligrosa, señalando la unión de dos paredes.
Ni se le pasó por la cabeza desobedecer; la tenía tan amedrentada que se habría arrodillado a lamerle el zapato si se lo hubiera ordenado.
Cruzó la habitación arrastrando los pies y se colocó con la nariz en la esquina, intensamente consciente de que tenía el trasero desnudo a la vista. Se preguntó cuánto de rojo lo tendría. Notaba las nalgas calientes y escocidas, y por alguna extraña razón, el sexo le palpitaba al mismo ritmo.
—Voy a salir. No te muevas ni un centímetro de esa esquina. Si lo haces, te azotaré otra vez, y esta vez será con el cinturón.
Se estremeció, pero la necesidad la empujó a atreverse:
—¿Y si tengo que hacer pis? —Miró por encima del hombro.
Él entrecerró los ojos.
—¿Tienes ganas?
—Sí.
—Pues ve ahora —dijo.
Caminó hacia el baño mientras agarraba un lado de las bragas con las manos atadas e intentaba subírselas.
—Déjalas —ladró él.
Miró hacia atrás y lo vio siguiéndola al baño.
—¿Qué haces?
—Vigilarte. —Se apoyó en el marco de la puerta y cruzó los brazos sobre el pecho.
Se obligó a dejar de sonrojarse mientras se sentaba en el váter y clavaba la vista en un punto del suelo. Cuando terminó, forcejeó con el papel higiénico; la cinta adhesiva le dificultaba limpiarse.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó él.
¿Era eso un atisbo de sonrisa burlona en sus labios? Lo fulminó con la mirada.
—No.
Empezó a subirse las bragas, pero se detuvo, figurándose que él volvería a ladrarle.
—Así es —dijo, indicándole con un gesto que avanzara—. Las bragas se quedan abajo hasta que yo las suba.
Ella bufó e intentó caminar sin arrastrar los pies de vuelta a la esquina.
—Quieta.
Guau. No lo dijo en voz alta.
Su jefe era un hombre lobo. Una enorme bestia negra y aterradora, y alguien había intentado usarla a ella para matarlo. ¿Por qué? ¿Y qué haría con ella ahora?
Se quedó conteniendo el aliento mientras él se marchaba.
Le ardía el trasero y la posición humillante la enfurecía, pero era muy consciente de que no le había hecho daño.
Bueno, salvo en las nalgas. Teniendo en cuenta que acababa de verlo intentar arrancar gargantas con enormes colmillos afilados, eso decía mucho.
Le vino a la mente el recuerdo de él de pie sin camisa sobre ella, rasgándole la blusa y examinándola con preocupación. Aunque pensaba que ella había intentado matarlo, le había estado comprobando si tenía heridas. La había rescatado de aquellos hombres que habían intentado llevársela.
La puerta del motel se abrió y se cerró, y ella sintió su presencia a su espalda.
Los pulgares de él se engancharon bajo el elástico de las bragas, y una descarga eléctrica le recorrió la piel donde la tocaron.
A pesar de todo —a pesar del terror a que fuera a matarla, a pesar de la buena tunda de azotes que le había dado, a pesar de la humillación a la que acababa de someterla—, el cuerpo le vibraba solo con estar cerca de él.
Le subió las bragas lentamente, un acto que parecía más íntimo incluso que si acabaran de hacer el amor. El sexo se le contrajo.
—Buena chica —murmuró con el aliento caliente en su oído. Se le endurecieron los pezones. Escalofríos de excitación eléctrica le recorrieron el cuerpo, pero demasiado pronto, él retrocedió—. Ponte la falda, nos vamos.
—¿Adónde vamos? —preguntó con las rodillas flojas mientras intentaba meterse en la falda sin caerse.
—No estás en posición de hacer preguntas —dijo, y le dio otra palmada en el trasero, aún cubierto solo por las bragas.
—¿Soy tu prisionera?
Sacó la funda de una de las almohadas y la usó para cubrir las muñecas atadas mientras la conducía hacia la puerta. —Sí. Eres mi prisionera. —Su voz era grave y ronca, y parecía penetrarla, enviando escalofríos desde lo más profundo de su vientre hasta las piernas.
La llevó hasta su coche y abrió la puerta trasera. —Sube.
Se deslizó en el asiento trasero. Él la empujó de inmediato para que se tumbara y le fijó las muñecas con cinta a la base del asiento delantero, impidiéndole incorporarse. Se inclinó sobre ella con la funda abierta y Ashley comprendió su intención.
—Espera, no —chilló mientras la funda le cubría la cabeza.
La puerta del coche se cerró de golpe.
—Señor Stone —gritó—. ¡Ben! Por favor. Por favor, quítamela. —Forcejeó para quitársela, frotando la cabeza contra el asiento.
El coche arrancó.
—Por favor. Por favor —suplicó.
—Cálmate, Ashley. No puedo dejar que veas adónde te llevo.
El coche se puso en marcha.
—Quítame esto. Quítame esta maldita... —Se retorció, tirando de las muñecas para liberarse—. Oh, Dios —gimió al darse cuenta de que él no iba a quitársela y de que ella no podía hacerlo sola—. Oh, Dios.
El pánico se apoderó de ella. No podía respirar. Gritó una y otra vez, tomando breves bocanadas de aire entre chillidos. Pateaba la puerta con los pies, las muñecas atadas se agitaban tanto que acabó golpeándose en la cara.
El coche viró bruscamente y frenó en seco.
Oh, mierda, lo había enfadado. Iba a meterla en el maletero. Intentó dejar de gritar, pero no lograba controlarse.