2 #3
—Gracias. Eh, ahora vuelvo. Solo tengo que coger mis notas.
Regresó con un montón de cosas que se colocó en el regazo, en lugar de dejarlas sobre el escritorio.
—Vale, llevas todo el día comportándote de forma rara. ¿Qué pasa?
—Nada —dijo, frotándose la nuca—. Es solo dolor de cabeza, te lo juro.
No le sostuvo la mirada; parecía estar mirando su maletín.
—Vale —dijo, respirando hondo—. Solo quería saber tu opinión sobre algunas ideas de publicidad que tengo para la campaña.
Entrecerró los ojos.
—¿No podía esperar a mañana?
—Lo siento —exclamó, levantándose de la silla y dejando el montón de cosas sobre el escritorio—. ¿Tienes prisa? Deja que te enseñe solo una cosa...
Le puso un cuaderno delante de las narices y, al mismo tiempo, se abalanzó sobre el escritorio y volcó una taza de café frío encima de él.
La ira lo invadió. Sin duda, lo había hecho a propósito. ¿Por qué intentaría engañarlo? Se le heló la sangre. Saltó hacia atrás, chorreando, mientras ella rodeaba el escritorio hacia su lado.
—Oh, Dios mío, lo siento muchísimo. Yo limpio esto si quieres ir al baño a secarte.
Olió su sudor y su miedo incluso bajo el hedor del café que lo cubría. La razón se impuso al instinto de agarrarla por el cuello y exigirle que le contara qué estaba pasando. Aprendería más observándola seguir adelante con su juego, fuera cual fuese. Salió sin decir palabra.
Pero no fue al baño. Karen ya se había levantado de su escritorio y le tendía una toalla de la zona del bar donde servía café o agua a las visitas.
Se quedó de espaldas a su despacho, observando por el rabillo del ojo cómo Ashley se movía con rapidez y abría su maletín. No podía ver qué hacía, pero le dio tiempo suficiente para terminar antes de darse la vuelta. Ella estaba limpiando frenéticamente las superficies cuando volvió a entrar.
—Lo siento mucho —dijo—. Sé que tienes que irte. No debería haberte entretenido.
—No, no deberías —dijo él.
Ella ni siquiera se dio cuenta de la reprimenda, señal de lo distraída que estaba. Recogió sus cosas y volvió a toda prisa a su despacho. Él vio su portátil asomando por debajo de un papel en el montón de cosas que llevaba.
Apretó los dientes. ¿Qué demonios acababa de hacer la muy bribona?
¿Y por qué? Cerró la puerta de su despacho y bajó las persianas.
Dejó el maletín sobre el escritorio y acercó la nariz para olfatearlo.
Lo único que olía era el maldito café. Abrió con cuidado la parte superior del maletín y miró dentro.
Su portátil estaba donde lo había dejado.
Al menos parecía su portátil. Pero ¿no estaba un poco más brillante?
Olfateó. Detectó un leve olor a alquitrán o brea. ¿Era una bomba? Pasaron varios segundos mientras lo miraba fijamente, asimilando la idea.
¿Por qué Ashley quería verlo muerto? O mejor aún, ¿quién la había convencido para hacerlo? ¿Era una profesional? No, lo había hecho todo fatal. Desde luego que no era una profesional. Se preguntó cuánto le habrían ofrecido por cometer un asesinato.
La amargura le creció en el pecho. La traición le cubría la lengua, se le pegaba a la ropa y a la piel. Había confiado en ella, la había dejado entrar en su mundo, un mundo que solo le pertenecía a él. Tendría que haberlo sabido. No se podía confiar en nadie.
Se sentó y se quedó mirando el portátil durante un buen rato, sin saber qué hacer con él.
Llamar a la policía ni siquiera era una opción.
Los cambiantes no recurrían a las fuerzas del orden.
Si acaso, solían moverse al margen, fuera de los límites normales de la ley.
Se preguntó si alguien de la manada de su hermano podría ayudarle.
Stanley, el nuevo alfa, quizá supiera qué hacer cuando alguien te deja una bomba en el escritorio.
Pero él había mantenido las distancias con la manada desde la muerte de Leon, a propósito.
Solo necesitaba llevar la bomba a algún lugar abierto, donde no matara a nadie al explotar.
¿Y si detonaba antes de que pudiera deshacerse de ella?
Los dedos se le tensaron sobre el escritorio.
¿Cuál era el plan de Ashley? Debería estar siguiéndola. Maldita sea, necesitaba ayuda. Soltó un suspiro, cogió el móvil y llamó a Stanley.
—Ben —respondió Stanley, con tono de sorpresa.
Siempre se había mostrado bastante amistoso, tratando de que Ben se integrara en el grupo, aunque no habían faltado amenazas veladas sobre lo poco que le gustaban a la manada los lobos solitarios.
Como Ben era el lobo más grande y feroz, Stanley le había dicho abiertamente que se apartaría si Ben quería ser alfa, sin necesidad de desafío.
Cuando Ben rechazó la oferta, Stanley le dijo que esperaba verlo en las reuniones, pero él había hecho caso omiso.
—¿Tienes a alguien que pueda guiarme para desactivar una bomba?
Stanley guardó silencio un momento.
—Mark Ruhl. Es nuestro contacto infiltrado en las fuerzas del orden. Trabaja para la DEA. ¿Necesitas ayuda ahora mismo?
—Sí.
—Dame un minuto.
—Gracias.
Colgó. Cuando sonó el teléfono, contestó, aunque no reconoció el número.
—Soy Mark Ruhl. Me han dicho que necesitas ayuda.
Exhaló.
—Sí. Creo que hay un explosivo en mi portátil.