El hambre del alfa (Alfas dominantes nº 1) 2
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—Buenos días —dijo Ashley jadeante—. He preparado pan de plátano.

Lo dejó en la encimera del mueble bar.

—No como trigo —dijo Karen sin levantar la vista.

—Oh —dijo, algo desanimada—. La próxima vez lo haré con harina de arroz. Sabe igual de bien, incluso mejor.

—No pasa nada. No como por la mañana.

«Pues cómetelo para almorzar».

Irguió los hombros y se dirigió a su despacho.

La planta superior estaba distribuida con el gran despacho acristalado de Ben en la esquina y oficinas más pequeñas alrededor, todas vacías excepto la suya.

Karen ocupaba el mostrador de recepción.

Por lo que Ashley entendía, cuando Leon Stone trabajaba allí, aquellas oficinas albergaban a los altos directivos —el director financiero y los vicepresidentes—, pero Ben los había trasladado un piso más abajo al asumir el cargo porque le gustaba la tranquilidad.

Obviamente no había sido una decisión popular, y había marcado el tono de su liderazgo.

La noche anterior había metido en una caja las cosas de su oficina de la quinta planta, así que ahora empezó a desembalar: clavó fotos y tarjetas en el tablón de anuncios y colocó los marcos con fotografías.

El ascensor sonó y el Señor Stone salió de él. Ashley alzó la barbilla y se apresuró a salir a su encuentro.

—Buenos días, Señor Stone. He preparado pan de plátano por si le apetece. Lleva pepitas de chocolate.

Sus ojos verdes la recorrieron con un brillo curioso, pero su «No» fue tan cortante como podía serlo.

—¿No, gracias? —lo corrigió ella. No sabía qué la había empujado a atreverse: supuso que la decepción y la frustración por el rechazo.

Él se detuvo en seco y un músculo se le tensó en la mandíbula.

—¿Acaso le corresponde a usted enseñarme modales, señorita Bell?

Sintió que la sangre le huía del rostro y un escalofrío le recorrió el cuerpo.

—No, señor.

Entonces lo vio: el leve alzamiento de una comisura de su boca.

—No, gracias —rectificó, y continuó hacia su despacho.

Un escalofrío de emoción la recorrió. ¿Qué había sido eso? ¿Estaban coqueteando? ¿Por qué le resultaba tan condenadamente atractiva su brusquedad?

Exhaló.

Karen la observaba con expresión divertida.

Sin saber si se reía de ella o con ella, se atrevió a devolverle la sonrisa, intentando parecer compungida.

—A este paso, tendré suerte si llego al final del día —dijo.

Karen parecía tan callada como su jefe; se limitó a sonreír con suficiencia.

—No puedo creer que haya conseguido el trabajo. ¿Cuánta gente se presentó?

—Creo que lo ha creado para ti —dijo la mujer mayor, mirándola con aire especulativo—. Si quieres durar, no te quedes aquí fuera de cháchara. Odia el ruido. Por eso trasladó todas las demás oficinas abajo.

—Vaaale —dijo ella—. Entendido. Gracias.

Caminó hacia su despacho. ¿Cómo iba a sobrevivir allí arriba sin nadie con quien hablar? Al fin y al cabo, era una persona muy sociable.

Terminó de organizar el escritorio, lo que no le llevó mucho tiempo, ya que su cubículo de abajo había sido diminuto. Aquel despacho grande, con las ventanas que daban al centro de Denver, parecía austero y vacío. Tendría que comprar cuadros para las paredes o algo así.

Sonó el teléfono y dio un respingo, tirando el auricular antes de cogerlo.

—Soy Ashley.

—Venga a mi despacho.

—Oh, ah, sí, señor —dijo. Fue a colgar, pero se lo volvió a llevar al oído para escuchar. ¿Se dice «adiós» en esta situación? La línea estaba muerta. Vale, claramente no. Cogió un cuaderno y un bolígrafo y se dirigió al despacho de él.

—Siéntese —dijo él.

No volvió a intentar la broma del perrito mientras se acomodaba en la silla frente al escritorio.

—Gracias por el informe y las ideas adicionales que envió a las —comprobó la pantalla de su ordenador— cinco de la mañana.

¿Percibía un leve deje de diversión? Se sonrojó.

—Este trabajo me hace mucha ilusión.

Él unió las yemas de los dedos.

—Me alegro.

Su rostro no parecía nada alegre; las líneas firmes de su mandíbula seguían tan pétreas como siempre.

—Me gustaría empezar a implementar algunas de sus sugerencias. Organice una reunión con la agencia de publicidad para hablar de nuestra nueva campaña y tráigame una lista con los recortes que recomienda en los mandos intermedios.

Ella se quedó boquiabierta.

—Um... vale. Entonces, ¿invito a ventas y marketing a la reunión de publicidad?

Él ladeó la cabeza.

—¿Qué piensa usted?

Se humedeció los labios y descubrió que él le miraba la boca.

El corazón se le aceleró. ¿La encontraba atractiva?

La idea le resultaba en parte emocionante y en parte decepcionante.

Si había conseguido aquel trabajo solo porque él quería meterse en sus bragas.

.. Se removió en la silla. No es que estuviera del todo en contra de dejarlo entrar en sus bragas. O en su falda, según se mirase.

Con esfuerzo, volvió a centrar la mente en los asuntos bastante abrumadores que tenía entre manos.

—Bueno...

—Piense en voz alta —dijo él, haciendo círculos con el dedo en el aire—. Quiero oír cómo piensa.

Vale, quizá había conseguido aquel puesto por méritos propios.

—Bueno, creo que tienen cierta mentalidad cerrada. O sea, están muy aferrados a su manera de hacer las cosas, a lo que creen que deberíamos estar haciendo, y nosotros intentamos hacer algo nuevo. Por otro lado, dejarlos al margen levantaría ampollas y haría más difícil conseguir que se sumen.

El señor Stone la observó con frialdad evaluadora. Como era de esperar, no dijo nada.

—Supongo que, siendo egoísta, preferiría dejarlos fuera, al menos al principio, porque me temo que echarían por tierra todas mis ideas.

—Aprecio su honestidad, señorita Bell.

Se frotó los labios.

—Entonces, ¿qué piensa?

—La decisión es suya.

Se quedó boquiabierta.

—¿La decisión es mía?

Él asintió.

—Que sea una buena.

Dios mío.

Miró el cuaderno donde había anotado sus instrucciones.

—Y en cuanto a la segunda... no estoy segura de estar cualificada para hacer ese tipo de evaluación.

—Pues haga lo que tenga que hacer para cualificarse. Le estoy pidiendo que la haga.

—Es una responsabilidad enorme; quiero decir, quiere que haga una recomendación que afecta al sustento de la gente.

—Y al futuro de esta empresa. Bienvenida a mi mundo, señorita Bell. ¿Quiere ser mi asistente o no?

Se sonrojó y bajó la mirada al papel para recomponerse.

—Quiero —dijo en voz baja—. Le agradezco la confianza.

Como él no dijo nada, añadió:

—O quizá esto sea una prueba, en cuyo caso pienso aprobarla.

Levantó la barbilla.

Una sonrisa asomó en las comisuras de su boca, pero desapareció tan rápido como había aparecido.

—Vaya —dijo con su característica brusquedad.

Se puso de pie y caminó hacia la puerta. Agarró el pomo, reunió valor y se dio la vuelta.

—¿Señor Stone?

Él apartó la vista de la pantalla del ordenador y levantó una ceja.

—¿Me contrató para este trabajo porque de verdad cree que tengo potencial o es porque...?

Se detuvo.

Él no le facilitó las cosas; ahora tenía ambas cejas levantadas.

Tragó saliva.

—¿Porque le gusta cómo me queda la falda?

La sonrisa le cruzó el rostro y sus ojos bajaron hasta su falda y recorrieron sus piernas.

Se sonrojó, deseando no haberlo dicho.

—Fuera, Ashley.

En realidad se rio. Bueno, fue más bien un jadeo, o un sollozo.

Pero sonó como una burbuja de risa. Él la había llamado por su nombre de pila, lo cual le pareció un triunfo.

Y le encantó cómo sonaba en su voz grave y cálida, evocando intimidad y.

.. calor. Empujó la puerta y salió tambaleándose, aliviada de escapar de su intensa presencia.

Pero en cuanto cerró la puerta, lo echó de menos.

¿Cómo iba a sobrevivir trabajando para ese hombre? Le robaba el aliento con cada mirada.

Jack entró en su despacho sin que nadie lo invitara y se dejó caer en la silla frente a él.

—¿Qué pasa con la chica nueva?

Por alguna razón le molestó que Jack la llamara chica.

—Ashley Bell. Es mi nueva asistente. Estaba en marketing.

—Mmm.

Jack lo miró.

Sabía lo que estaba pensando. Era lo que pensaba Karen. Incluso lo que pensaba Ashley. Que había encontrado a una tía buena y quería que entrara y saliera de su despacho con faldas cortas para alegrarle el día.

Joder, puede que fuera cierto. Cada vez que captaba su aroma, su cuerpo se calentaba como si quisiera marcarla.

Pero no era solo una cara bonita. La chica tenía un montón de ideas brillantes, y su valentía lo intrigaba.

No sabía por qué él, un alfa natural, había sido tan cobarde dirigiendo esta empresa.

No en lo de gestionar a la gente, sino en hacer cambios y revolucionar las cosas.

Las ideas de Ashley confirmaban todos sus instintos naturales, que había estado ignorando.

Se encogió de hombros.

—Es brillante. No sé por qué no aprovechaban mejor su talento, pero ahora sí.

—Ya veo —dijo Jack con sequedad.

Se le erizaron los pelos de la nuca, pero respiró hondo para recuperar la compostura.

—¿Qué necesitas, Jack?

—Escucha, he estado pensando. Todo el mundo sabe que dirigir esta empresa no es lo tuyo.

Estoy dispuesto a comprarte tu parte. Quiero decir, ahora mismo no tengo el dinero, pero creo que podríamos llegar a un acuerdo, algún tipo de plan de pagos por la participación mayoritaria.

Tú y la familia de Leon quedaríais cubiertos de por vida, y yo me encargaría del día a día.

Jack ya había sugerido esto antes. Ben no sabía por qué lo intentaba de nuevo.

—No.

El rostro de Jack se enrojeció y sus ojos se entornaron.

—No tienes ni idea de cómo dirigir una empresa de videojuegos. Nos estás llevando a la ruina. Suma Games está a punto de pasarnos por encima y todos en la junta directiva lo saben.

Se tragó un gruñido y se puso de pie. El alfa que llevaba dentro quería amenazar el puesto de Jack, pero la verdad era que perderlo sería un golpe enorme para la empresa. Controló la respiración.

—Estoy a punto de empezar a hacer cambios —dijo con tono de advertencia—. No tengo intención de dejar esta empresa ni de llevarla a la ruina, así que ve acostumbrándote a mi liderazgo.