El hambre del alfa (Alfas dominantes nº 1) 1 #2
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Él hizo un gesto impaciente con la mano, con su brusquedad habitual, indicándole que saliera del coche.

—Gracias, señor Stone.

—Buenas noches —dijo con brusquedad, arrancando antes de que ella terminara de cerrar la puerta.

Necesitaba marcharse antes de seguirla al interior, arrancarle la ropa, marcarla con los dientes y hacer suya a aquella pequeña humana…

Sacudió la cabeza. Eso no podía pasar. Porque, para empezar, ella no se lo perdonaría.

Y además, él no tenía relaciones. No, aquel giro tan extraño, aquel repentino interés por una hembra humana, no podía llevarse adelante. Punto.

Suspiró y se pasó la mano por la cara; el aroma de ella aún le impregnaba las fosas nasales.

A pesar del palpitar en la cabeza, los sentidos de Ashley vibraban tras el contacto con Ben Stone.

Vaya si tenía magnetismo. Algunos decían que tenía la personalidad de un témpano, pero lo único que ella había percibido era puro poder masculino.

Incluso bajo aquel traje de diseño impecable, había vislumbrado el contorno de unos músculos esculpidos en los brazos y el pecho.

Su aspecto latino, de tez morena, rezumaba sensualidad, y el silencio lo hacía misterioso.

Y aquellos ojos verde pálido habían parecido tornarse ámbar bajo los fluorescentes de la oficina…

Dejó caer sus cosas y abrió el grifo de la bañera mientras preparaba una toallita con hielo para la nuca.

Calor en el cuerpo, frío en la cabeza. No es que funcionara nunca.

Nada le aliviaba cuando tenía migraña. Le sonó el teléfono y miró quién llamaba.

Melissa, su hermana gemela. Descolgó. —Hola, ¿qué tal?

Melissa vivía a dos horas, en Colorado Springs, pero aun así hablaban casi a diario.

—¿Tienes dolor de cabeza?

—¿Cómo lo sabes?

—Se te pone la voz tensa. Lo siento. ¿Has probado lo del baño caliente con la toalla fría?

—Lo estoy probando ahora. Te llevo conmigo a la bañera.

—Pero no dejes caer el teléfono, que podrías electrocutarte o algo así —bromeó Melissa.

Resopló.

—Creo que eso solo pasa con los secadores.

Se quitó la ropa y se metió en la bañera.

—No te vas a creer quién acaba de traerme a casa.

—¿Quién?

—Ben Stone, el director general y dueño de Stone Tech.

Melissa silbó.

—Vaya. ¿Y cómo lo conseguiste?

Le contó a su hermana toda la historia, desde que él la encontró tirada en el suelo de su cubículo hasta que le dijo que tenía un puesto de asistente personal disponible.

—Y bueno, ¿cómo es?

—Supersexy, con ese rollo oscuro y misterioso tipo Batman.

—¿Dijo «Soy Hombre de Piedra»? —preguntó su hermana, intentando poner voz grave y ronca.

Se rio.

—Ojalá no hubiera tenido esta migraña, porque metí la pata y me cargué mis opciones para el puesto.

—No sé yo, Ash. Te va a recoger por la mañana. A mí me parece que lo tienes en el bote.

Intentó ignorar el escalofrío de emoción que le provocaron las palabras de su hermana.

—Yo no estaría tan segura. Es un tipo difícil de descifrar. Totalmente inescrutable.

—¿Y qué se sabe de él? Es sudamericano, ¿no? ¿Y se mudó aquí para dirigir la empresa cuando murió su hermano?

—Sí, leí en Business Weekly que es medio latino.

Su madre era estadounidense, de ahí el apellido Stone.

Se graduó en la Escuela de Negocios de Harvard y solo tiene treinta años.

Eso es todo lo que sé. La empresa ha ido de capa caída desde que Ben es director general, pero se niega a dimitir y contratar a alguien con más experiencia para dirigirla, aunque la junta lleva tiempo presionándolo.

Sigue teniendo la participación mayoritaria, así que no pueden echarlo.

—Entonces, ¿crees que conseguirá enderezar el rumbo?

—Bueno, listo es. Hay quien dice que la empresa le da igual, pero no estoy segura de que sea verdad. No lo sé, pero me encantaría tener la oportunidad de conocerlo mejor y formarme mi propia opinión.

—Pues díselo mañana cuando te recoja.

—¿Decirle qué?

—Que quieres el trabajo de verdad.

El pulso se le aceleró solo con pensar en volver a sentarse a su lado en el coche.

—Vale —dijo.

—No lo vas a hacer —la acusó su hermana, que probablemente había notado el temblor en su voz.

—Que sí, lo haré. Lo haré. Tienes razón. Merece la pena arrastrarse por esto.

—Oye, ¿a que no adivinas quién viene esta noche?

—Uy, ¿quién?

—Donny. El chico que conocí en el encuentro de roller derby. ¿Te acuerdas de que te hablé de él?

—Claro que me acuerdo.

Aunque no siempre conseguía seguirle el ritmo: su hermana iba de ligue en ligue.

—Qué bien. ¿Y qué vais a hacer?

—Solo vamos a ver una película de la que hablamos la noche que nos conocimos.

—Ya, claro. Seguro que solo vais a ver una película —bromeó.

—Bueno, si pasan cosas en la oscuridad, tampoco voy a llamar a emergencias ni nada —dijo Melissa riéndose.

Charlaron un poco más y colgó, recostando la cabeza contra la porcelana fría de la bañera, con el hielo colocado detrás del cuello. Más le valía a esta migraña desaparecer para mañana por la mañana, porque no pensaba perderse otro viaje con Ben Stone.

A la mañana siguiente, se cambió cinco veces antes de decidirse finalmente por una falda corta y ajustada y una blusa de seda.

El dolor de cabeza casi había desaparecido, aunque el aura todavía le dejaba la cara tensa y los ojos como empequeñecidos.

Se plantó junto a la ventana de su dúplex, lista a las 6:45.

Aun así, cuando el Mustang negro se detuvo, agarró sus cosas y salió disparada como si llegara tarde. Ben acababa de salir del coche cuando ella bajó volando los escalones del porche hacia la acera. Él se detuvo, se apoyó contra el coche y la observó con expresión especulativa.

—Buenos días, Ashley.

—Buenos días, señor Stone —dijo sin aliento.

Abrió la puerta del coche y se sentó, sujetando el bolso con recato delante de ella. De pronto deseó tener un maletín más elegante, y no aquella vieja cartera de cuero que la hacía parecer joven e inmadura.

—¿Cómo tienes la cabeza?

—Mejor —dijo, forzando una sonrisa radiante.

Él le escrutó el rostro.

—No del todo —dijo.

La sonrisa se le apagó.

—Casi —dijo, extrañamente a la defensiva.

La comisura de la boca le tembló.

El corazón se le aceleró. ¿El hombre que nunca sonreía la encontraba graciosa? Esperaba, casi con desesperación, que así fuera.

—Bueno... quería disculparme por lo que dije ayer sobre lo de secretaria. No pretendía sonar como una niñata malcriada.

De nuevo, aquel temblor en la comisura de la boca mientras sus ojos giraban hacia los de ella.

Contuvo la respiración cuando sus miradas se encontraron y se sostuvieron; aquellos ojos verdes de pestañas oscuras la derretían con cada instante que pasaba. Él devolvió la mirada a la carretera y el hechizo se rompió.

Exhaló e intentó de nuevo.

—Espero que aún me considere para el puesto. Quiero decir, me gustaría hacer la entrevista, o presentar mi solicitud, o lo que haga falta…

Se interrumpió. No solía quedarse sin palabras así, pero aquel brusco director ejecutivo la intimidaba bastante. Y eso era parte del atractivo. La otra parte era su aire misterioso y el poder de su cargo.

—A las tres, en mi oficina.

—¿En serio? ¿Para una entrevista?

Él no respondió, como si tuviera un cupo limitado de palabras al día y no quisiera agotarlo contestando preguntas estúpidas. Ella se recostó en el asiento y observó la destreza con que él sorteaba el tráfico.

—Gracias por recogerme hoy.

«Patético, Ashley. Muy patético».

Él ni siquiera la miró esta vez.

Vale. «Cierra la boca, Ash».

Cuando llegaron al edificio, él aparcó en su plaza reservada, justo al lado de los ascensores.

—Gracias de nuevo —dijo ella mientras entraban juntos al ascensor.

Él no respondió, pero volvió a clavarle la mirada, estudiándola. A ella le ardieron las mejillas. La comisura de sus labios se curvó levemente.

—¿De dónde eres?

—Oh —dijo, tomando aire para reponerse de aquel escrutinio—. De aquí. Lakewood —añadió, nombrando el suburbio de Denver donde había crecido.

Él asintió.

—¿Deportes? ¿Actividades?

—Gané el campeonato estatal de natación en el instituto —respondió esperanzada.

Eso le arrancó casi una sonrisa.

El ascensor llegó a su piso.

—Bueno, eh, gracias de nuevo. Nos vemos a las tres. Quiero decir, estoy deseando que llegue la reunión —dijo mientras salía del ascensor de espaldas.

Solo una ceja se alzó a modo de respuesta.

Las puertas se cerraron y ella exhaló, sonriendo mientras caminaba hacia su cubículo.

Había conseguido la entrevista. Ahora solo tenía que descubrir cómo impresionarlo.

¿Qué valoraba el señor Stone en un empleado?

Temía que nadie en Stone Technologies supiera la respuesta.

Ben no tenía ni idea de qué haría con un asistente personal.

No le gustaba que nadie se metiera en sus asuntos ni invadiera su espacio.

No quería oír sus cuchicheos ni percibir su olor.

No quería tener que hablar con ellos. ¿Qué mosca le había picado para inventarse un puesto de asistente personal?

Ashley Bell, obviamente. Por alguna razón, quería tenerla cerca.

Su aroma aún persistía y le llenaba la mente de imágenes de ella desnuda.

Quería hincarle los dientes en el hombro mientras la embestía por detrás, fuerte y rápido.

Pero ella era humana. Demonios, aunque fuera una cambiante, con Carlos Sandoval queriendo matarlo, él no estaba para emparejarse con nadie.

Suspiró, cogió el teléfono y le pidió a Karen, su secretaria, que se encargara de instalar un puesto de trabajo en el despacho contiguo al suyo.

—Sí, señor —respondió ella, sabiendo que era mejor no preguntarle para quién o para qué era.

Se recostó en la silla, puso los pies sobre el escritorio y abrió el expediente de personal de Ashley. Contenía muy poco: su currículum, la solicitud, las referencias. ¿Qué esperaba, una biografía completa?