CAPÍTULO 28
La derrota no doblegó el espíritu de Brent Reiner; por el contrario, la revelación de su paternidad actuó como un ácido que terminó de corroer los restos de piedad que aún albergaba su pecho.
Mientras el barco se alejaba de las marismas, la imagen de aquellos ojos grises —sus propios ojos— devolviéndole la mirada se convirtió en una obsesión febril.
Para Brent, aquel infante no podía ser el próximo heredero del marquesado de Valdeazores, un título que despreciaba por todo lo que había significado en su vidas; ese niño era el próximo conde de Lydd, la continuación de una estirpe de marinos británicos que no podía quedar sepultada bajo el peso del reino de España.
La decisión de Bella Inés de dejarlo marchar con vida fue, a ojos de Brent, su mayor error estratégico. Cuando la silueta del Palacio de la Rosa se hundió en la línea de la costa, Brent no miró hacia el oeste.
—No volveré a Inglaterra como un perro apaleado —susurró para sí mismo, mientras el salitre quemaba la herida abierta—. No, sin lo que me pertenece.
Brent no era un hombre de rendiciones. Durante las dos semanas siguientes, en lugar de regresar a Inglaterra.
Ella había sido tan estúpida que no le había requisado ni destruido su barco, por eso navegó de cabotaje hacia el oeste, ocultándose en las calas salvajes del Algarve portugués.
Allí, en una aldea de pescadores cerca de Lagos, usó el oro de Bella Inés para comprar silencios y curar su carne.
Un cirujano de dudosa reputación le cosió el costado con hilo de seda y aguardiente.
Cada vez que la aguja atravesaba su piel, Brent recordaba el rostro de la Rosa Negra y el peso de la traición.
Ella le había ocultado su sangre; lo había dejado consumirse en el odio mientras criaba a un Reiner como si fuera un Hidalgo.
Aquello no era solo una ofensa personal; era un robo dinástico.
Su plan era audaz y suicida. No podía atacar el palacio de frente otra vez; Bella Inés estaría alerta y sus hombres eran demasiados. Debía ser un asalto estratégico, una extracción que golpeara el corazón de la marquesa antes de que ella pudiera siquiera desenvainar.
En el puerto de Lagos, Brent comenzó a reclutar de nuevo.
No buscaba una tripulación de combate, sino un grupo de sombras.
Encontró a cuatro hombres: dos contrabandistas locales que conocían los pasos ocultos de la frontera, un antiguo zapador del ejército inglés que se había quedado varado en Portugal tras la guerra, y un marinero genovés experto en el manejo de botes silenciosos.
Con el oro restante, adquirió un falucho rápido, una embarcación de vela latina capaz de navegar en aguas poco profundas y desaparecer entre los bancos de arena de la ría.
Lo capitanearía un pescador que conocía muy bien las marismas.
Los recogería con el botín, y navegarían hasta
—Escuchadme bien —dijo Brent a sus mercenarios en una taberna lúgubre—. Vamos a rescatar a mi hijo, mi heredero. Una vez que esté en el bote, no nos detendremos por nada. Si alguien se interpone, fuego a discreción.
Mientras tanto, en el Palacio de la Rosa, Bella Inés intentaba recuperar la normalidad.
La marcha de Brent le había traído una paz precaria, una sensación de cierre que, sin ella saberlo, era solo el ojo de la tormenta.
Daniel de Mendaña, siempre más pragmático, no compartía la confianza de su capitana.
La herida sufrida defendiendo el palacio, curaba de forma notable, pero seguía pesando que ella se había equivocado.
—Dejasteis ir a un lobo herido, capitana —le advirtió Daniel una tarde mientras supervisaba la reparación de la puerta principal—. Un hombre como Reiner no se va a casa a lamerse las heridas. Se va a casa a afilar los colmillos.
Bella Inés estaba cansada. Ella le había ofrecido un pacto por el niño. Ya no eran la rosa y el halcón, eran un padre y una madre. El infante se merecía crecer en paz, y ella pensó ciegamente que Brent lo había entendido. Por ese motivo le perdonó la vida, y lo envió de vuelta a Inglaterra.
—Le he perdonado la vida, por segunda vez —respondió ella, mientras observaba a Pedro jugar con un caballito de madera en el patio—. Estoy segura que no querrá dejar al niño huérfano de madre. Entendió que esta lucha ya no tiene razón de ser.
Pero el instinto de Daniel no fallaba. Brent ya estaba de vuelta.
Había cruzado del reino de Portugal al de España por la frontera del Guadiana, moviéndose de noche a través de los pinares y marismas.
Conocía el terreno por su incursión anterior; sabía que el punto débil del palacio no eran las puertas reforzadas, sino la galería que daba al jardín trasero, donde los muros eran más bajos y donde la vigilancia se relajaba al anochecer.
La noche elegida fue una de luna nueva, envuelta en una niebla densa que subía desde las marismas del Odiel. Brent y sus cuatro hombres se aproximaron al palacio por el sector de los acantilados. Llevaban los rostros ennegrecidos con hollín y las armas envueltas en cuero para evitar el tintineo.
Brent lideraba la marcha, ignorando el dolor punzante en su costado que amenazaba con hacerle perder el equilibrio.
Llegaron al muro del jardín. El zapador inglés colocó una escala de cuerda con garfios forrados en tela.
Uno a uno, saltaron al interior. El jardín de Bella Inés, lleno de rosas que ella misma cuidaba, olía a perfume, se respiraba serenidad.
—Vos y el genovés a la puerta de servicio. Si alguien sale, silenciadlo —ordenó Brent en un susurro—. Los otros conmigo a la galería superior.
Brent sabía dónde dormía el niño. Había memorizado la estructura del palacio durante su breve cautiverio y su asalto anterior.
Subieron por las enredaderas y las columnas de piedra hasta alcanzar la habitación del ala este.
El corazón de Brent martilleaba contra sus costillas, no de miedo, sino de una anticipación salvaje.
Entró por el ventanal entreabierto. El cuarto olía a lavanda y a inocencia.
En la cuna de caoba, el pequeño dormía, con un puño cerrado cerca de su boca.
Por un segundo, el conde de Lydd vaciló.
La pureza de la escena contrastaba violentamente con la oscuridad de su alma.
Pero entonces, recordó a la Rosa Negra asesinando a su padre.
Recordó el incendio en Blackwood Manor. Recordó la humillación de sus dos derrotas bajo su espada.
Se acercó a la cuna y, con una destreza nacida de la desesperación, envolvió al niño en una manta gruesa para amortiguar cualquier llanto. El pequeño se removió, emitiendo un quejido sordo, pero Brent lo apretó contra su pecho, sintiendo el calor de su propia sangre latiendo en ese cuerpo diminuto.
—Eres un Reiner —susurró al oído del niño—. Y hoy vuelves a tu reino.
Sin embargo, el destino no iba a permitir una salida tan limpia. Al salir a la galería, una sombra se interpuso en su camino. Era Daniel de Mendaña, que realizaba su ronda nocturna con un farol y un trabuco.
—¡Capitán Reiner! —rugió Daniel, soltando el farol que estalló en el suelo, prendiendo fuego a una alfombra.
El grito despertó al palacio. Bella Inés, en la habitación contigua, saltó de la cama agarrando su sable.
Brent no se detuvo a parlamentar. Le hizo una señal al zapador, quien disparó su pistola contra Daniel.
La bala impactó en el hombro del español, haciéndole caer, pero el estruendo ya había dado la alarma general.
—¡Corred! —gritó Brent, saltando desde la galería hacia los arbustos del jardín con el niño aferrado a él.
El descenso fue brusco y Brent sintió que los puntos de su herida se desgarraban.
Un calor húmedo comenzó a empapar su camisa: la herida volvía a sangrar.
Corrieron por el jardín mientras las campanas del palacio empezaban a doblar con furia.
Los hombres de Bella Inés salían con antorchas, disparando al azar en la oscuridad.
Bella Inés llegó a la habitación, cuando vio la cuna vacía. Un grito de angustia pura, el grito de una madre a la que le arrancan el alma, desgarró la noche.
—¡No! ¡Devolvedme a mi hijo! —bramó ella, saltando al jardín sin importarle la altura.
Brent alcanzó el muro. Sus hombres lo ayudaron a subir.
Al otro lado, el falucho esperaba en la cala oculta.
Bella Inés no supo de dónde sacó fuerzas, pero logró asir la piedra del muro aunque se desolló las manos al hacerlo, pero pudo saltar e ir tras ellos.
Brent podía oír los pasos de Bella Inés detrás de él, el roce de sus ropas contra la maleza.
—¡Disparad a las piernas! —ordenó Brent a sus mercenarios— ¡Pero no la matéis! ¡Quiero que viva para saber que lo ha perdido!
Se produjo un intercambio de disparos en la oscuridad de los pinos.
Uno de los contrabandistas de Brent cayó con un tiro en la cabeza, pero los demás lograron llegar a la orilla.
El falucho mecía sus velas latinas en el agua turbia.
Brent subió a bordo, protegiendo al niño con su cuerpo mientras los remos golpeaban el agua con urgencia.
Bella Inés tardó una eternidad en llegar a la orilla. El falucho se alejaba. El agua le llegaba a la cintura mientras intentaba alcanzar la embarcación, con el rostro desencajado por las lágrimas y la rabia.
—¡Devolvédmelo! ¡Lo matareis en el mar! —gritó ella, desesperada.
Brent se puso en pie en la popa, con el niño en brazos. Bajo la luz de la luna que empezaba a filtrarse entre las nubes, su rostro parecía el de un espectro vengador.
—No, Rosa Negra —respondió él con una calma aterradora—. Lo llevaré a Hastings. Le daré el nombre que le pertenece. Le daré el condado de Lydd. Si queréis volver a verlo, buscadme en Inglaterra. Si os atrevéis.
El falucho se internó en la niebla, perdiéndose en la vastedad de las marismas. Bella Inés se desplomó en el agua poco profunda, golpeando la superficie con los puños, rodeada por sus hombres que llegaban tarde al rescate.