CAPÍTULO 27
La luna aún colgaba pálida, un ojo frío que observaba el desembarco desde las alturas, cuando el Reckoning fondeó a media milla de la costa, en el recodo más oculto de la marisma.
No hubo señales, ni luces, ni el estrépito de la cadena al caer; solo el sigilo de una silueta negra devorada por el horizonte gris.
Brent Reiner había alterado su estrategia: los treinta y ocho hombres que ahora formaban su vanguardia no eran la tripulación estándar de un navío, sino un contingente de asesinos reclutados entre los desechos de Plymouth y Liverpool.
Exconvictos y desertores cuya única lealtad era el oro.
Brent descendió al bote principal, desprovisto de los galones de capitán que lo identificaban ante la Armada.
Vestía una levita de paño oscuro, sin brillos ni metales que pudieran delatarlo en la penumbra.
Su rostro, surcado por la dureza de meses de preparación, permanecía inexpresivo, con unos ojos grises que analizaban la costa con la frialdad de un depredador.
Los botes se deslizaron hacia la playa; los remos, envueltos en trapos, no golpearon el agua, sino que la acariciaron en un mutismo absoluto.
Al tocar la arena húmeda, la formación fue instantánea.
Con un gesto seco de su mano, Brent ordenó el despliegue.
Diez hombres se deslizaron hacia el flanco izquierdo, diez hacia el derecho, mientras él encabezaba el grupo central, avanzando entre la niebla matinal como una sombra compacta.
Se movían agachados, aprovechando la pantalla de las dunas bajas y los matorrales salinos, convencidos de que el silencio era su mejor aliado.
No sospechaban, sin embargo, que el terreno mismo estaba en su contra.
Desde el interior de una duna, mimetizados por mantas de arpillera impregnadas con arena y ramas secas, dos hombres de la Rosa Negra observaban cada uno de sus movimientos.
El grumete extremeño, con el aliento contenido, esperó hasta que el último grupo inglés superó la marca del viejo baluarte.
Entonces, soltó dos silbidos cortos, un sonido tan tenue que se confundió con el viento en el matorral: la señal de que el contingente duplicaba sus expectativas.
El mensaje recorrió la cadena de vigías como un rayo hasta la colina donde João aguardaba, oculto en la oscuridad de la retaguardia. Al recibir la confirmación, João no esperó. Un mensajero partió a lomos de un caballo con los cascos vendados, lanzándose al galope hacia el palacio.
Bella Inés estaba despierta, pues siempre lo estaba antes del alba cuando presentía que algo se aproximaba.
Vestía una falda negra práctica, botas altas, espada al cinto y una pistola en el fajín.
El niño dormía en la habitación segura del ala este, custodiado por dos nodrizas y cuatro hombres armados.
Ella bajó al patio interior con los cinco hombres elegidos para el núcleo: Daniel a su lado y cuatro artilleros con mosquetes cargados y bolas de fuego de mano a punto de encender.
El mensajero llegó jadeando y anunció:
—Son más de treinta, capitana. Han atracado en la marisma y avanzan en abanico. Vienen directos hacia aquí.
Bella Inés asintió sin mostrar sorpresa, solo una resolución gélida.
—Que los de las dunas los flanqueen en cuanto pasen. Que los de la colina corten su camino de retirada. Nosotros los aguardaremos aquí; si logran entrar, que no salgan con vida.
Daniel la miró con duda:
—¿Y si son demasiados para nosotros?
Bella Inés lo miró con firmeza.
—Entonces moriremos defendiendo lo nuestro, pero llevándonos a muchos por delante. Y si Brent entra, me encargaré de matarlo yo misma.
El amanecer se presentó con una niebla espesa. Los hombres de Brent avanzaron confiados, creyendo que la sorpresa les pertenecía. Cruzaron las dunas y penetraron en el olivar que bordeaba el camino al palacio. Fue entonces cuando sonó el silbato.
Los diez hombres de las dunas abrieron fuego desde los flancos; mosquetes y pistolas escupieron plomo de repente. Cinco ingleses cayeron en la primera salva, mientras otros gritaban buscando cobertura. Brent alzó su sable con furia:
—¡Avanzad! ¡No retrocedáis!
Pero la emboscada ya era imparable. Los diez de la colina descendieron por el camino, cortando toda posibilidad de retirada.
Se desató un fuego cruzado entre gritos y humo blanco mezclado con la niebla.
Los ingleses intentaron reagruparse y dispararon andanadas, pero perdían terreno rápidamente.
Brent gritaba órdenes desesperadas, pero la sorpresa era absoluta y devastadora.
En el patio interior, Bella Inés percibió los disparos. El niño despertó y comenzó a llorar; ella les gritó a las nodrizas.
—Pase lo que pase, no abráis esta puerta.
Se posicionó junto a Daniel y los cuatro artilleros tras las columnas y las barandas con los mosquetes apuntando a la entrada principal.
Los ingleses llegaron finalmente; quince habían sobrevivido al fuego cruzado y avanzaban con saña.
Brent iba a la cabeza, sable en alto y los ojos fijos en el palacio.
—¡Por mi padre! —bramó.
Bella Inés alzó su pistola y sentenció:
—Fuego.
Los cuatro artilleros dispararon al unísono y dos ingleses cayeron al suelo. Brent se agachó tras una columna rota mientras sus hombres respondían, haciendo que las balas rebotaran en la piedra. Daniel cargó su mosquete de nuevo y advirtió:
—Capitana, son demasiados. Si logran entrar...
Bella Inés cargó su propia pistola sin dudar:
—Entonces entrarán sobre cadáveres.
La puerta principal crujió bajo la presión de los hombros y las culatas inglesas. Brent fue el primero en cruzar el umbral y vio a Bella Inés en el centro del patio: sable en la diestra, pistola en la siniestra y su cabello castaño ondeando con el viento.
—Bella Inés de Hidalgo y Guzmán —dijo con voz ronca por el humo—. Al fin nos encontramos.
Bella Inés alzó la pistola con calma:
—Brent Reiner. Habéis tardado más de lo previsto.
Disparó y la bala rozó el hombro de Brent, quien se lanzó hacia adelante con ferocidad.
Los hombres chocaron en el patio en una amalgama de sables, gritos y disparos a quemarropa.
Daniel abatió a dos ingleses antes de caer con una bayoneta clavada en el costado, mientras los artilleros luchaban hasta agotar su último cartucho.
Bella Inés y Brent se enfrentaron en el centro del patio.
Los sables chocaron desprendiendo chispas; él era fuerte, aunque estaba herido, y ella era rápida, aunque las dificultades del parto la habían vuelto más lenta de lo habitual.
Él la empujó contra una columna, pero ella logró cortarle el antebrazo; él, a cambio, le abrió un tajo profundo en el muslo.
Cayeron al suelo rodando entre sangre y polvo, hasta que Brent la inmovilizó con su peso.
—¡Por mi padre! —gritó él con rabia.
Bella Inés lo miró fijamente a los ojos y replicó:
—Y por el mío.
Con un esfuerzo supremo, ella le clavó una daga en el costado.
Brent jadeó, su sable escapó de su mano y se desplomó pesadamente a un lado.
Bella Inés se levantó tambaleante y ensangrentada, mientras los últimos ingleses huían o perecían.
El patio quedó sumido en un silencio roto solo por gemidos heridos y el rumor lejano del mar.
Se arrodilló junto a Brent, quien aún respiraba con los ojos grises nublados.
—Os advertí que me vengaría —susurró ella con frialdad.
Brent intentó articular palabra, pero solo brotó sangre de su boca. Bella Inés se puso en pie y contempló el palacio, a sus hombres heridos y al niño que lloraba en el interior.
—Llevadlo a la bodega —ordenó a los supervivientes—. Curadlo si sobrevive, pero no le quitéis la vida aún.
El niño dejó de llorar en cuanto ella entró en la habitación y lo tomó en sus brazos.
—Todo ha terminado —susurró con dulzura.
Sin embargo, en su fuero interno sabía que no era del todo cierto. Brent vivía, y mientras él respirara, la guerra no conocería su final. La Rosa Negra había triunfado en otra batalla, pero el halcón, herido y cautivo, todavía palpitaba .
***
Pasaron tres días antes de que Brent Reiner recuperara el conocimiento.
Estaba encadenado a una anilla de hierro en el muro de piedra de la bodega, con el costado vendado con lino basto y la fiebre remitiendo.
El olor a humedad y vino se mezclaba con el de su propia sangre.
Cuando la puerta de roble chirrió, no fue un verdugo quien entró, sino ella.
Caminaba con una cojera leve, vestida de seda negra, portando un candil en una mano y algo envuelto en una manta en la otra. Se detuvo a dos pasos de él. Brent alzó la vista, sus ojos grises estaban inyectados en sangre y cargados con el mismo odio que lo había traído desde Inglaterra.
—Matadme de una vez, Rosa Negra —gruñó con la voz rota—. No habrá parlamento. No habrá perdón.
Bella Inés no respondió de inmediato. Dejó el candil en una repisa y se arrodilló frente a él, manteniendo una distancia prudente. Con un movimiento lento y deliberado, apartó el embozo de la manta. El niño dormía profundamente, ajeno a las cadenas y al rencor.
Brent se quedó helado. El aire se detuvo en sus pulmones.
En el rostro del pequeño, iluminado por la luz vacilante de la vela, vio su propio reflejo: la misma línea de la mandíbula, el mismo cabello rebelde y, cuando el niño entreabrió los párpados por el movimiento, los mismos ojos grises que habían caracterizado a los Reiner durante generaciones.
—Tiene dieciocho meses —dijo Bella Inés, su voz era un susurro de acero y terciopelo—. Se llama Pedro, como mi padre. Lo legitimé ante el Rey y el Consejo de Castilla. Es el heredero del marquesado de Valdeazores. Mi heredero, y vuestro hijo.
Brent intentó hablar, pero solo emitió un jadeo ahogado. La mano que antes empuñaba el sable ahora temblaba contra el suelo de piedra. La venganza, ese motor que lo había mantenido vivo durante años, se desmoronó como un castillo de naipes frente a la evidencia de esa vida nueva.
—Vinisteis a matar a la mujer que destruyó a vuestro padre —continuó ella, acercando al niño lo suficiente para que Brent pudiera oler el aroma a limpio que desprendía—.
Pero si me matáis, dejareis huérfano al último de vuestra estirpe.
Si nos matáis, destruiréis lo único que os queda de vos en este mundo.
Brent cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el muro frío. El peso de las cadenas parecía haberse multiplicado por mil.
—¿Por qué me dejáis vivir? —preguntó al fin.
Bella Inés soltó un suspiro largo.
—Porque el mar ya ha cobrado suficientes deudas —respondió Bella Inés, poniéndose en pie con el niño en brazos —.
Mañana, una balandra os llevará a vuestro barco para que partáis rumbo a Inglaterra.
Actúo de buena fe, y deseo terminar la lucha con vos de una forma definitiva, pero si volvéis a pisar mis dominios, si intentáis reclamar lo que no es vuestro o si os acercáis a este niño, no habrá bodega que os guarde porque os colgaré de la verga mayor del Tornado.
Bella Inés se dirigió a la puerta, pero antes de salir, se detuvo.
—Recordad mis palabras, capitán Reiner. La lucha entre nuestras voluntades, ha concluido.
La puerta se cerró, dejando a Brent en la oscuridad.
Al día siguiente, tal como prometió, el halcón fue devuelto al mar.
No regresó como vencedor, ni como mártir, sino como un hombre que había descubierto que la rosa más peligrosa no era la que hería, sino la que obligaba a vivir con el peso de la verdad.
El Reckoning se perdió en el horizonte. Bella Inés creyó que la guerra entre los dos había terminado. La Rosa Negra había ganado la última batalla: la de la supervivencia .