El Halcón y la Rosa CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

El infante Pedro celebró su primer aniversario de vida, consolidándose como un niño vigoroso, de cabellos castaños similares a los de su progenitora y unos ojos grises que parecían contener la inmensidad del océano.

Con frecuencia, corría descalzo por el patio interior mientras reía al compás de la fuente que murmuraba sin descanso; asimismo, trepaba a las rodillas de Daniel de Mendaña y llamaba «tío» a João con la confianza absoluta de quien jamás ha vislumbrado el peligro.

Bella Inés, por su parte, lo observaba con detenimiento desde la galería superior, con la mano apoyada en la balaustrada.

Cada carcajada del infante funcionaba como un recordatorio persistente: ella había prevalecido en la batalla contra la pesadumbre, la soledad y aquel vacío abismal que dejó el deceso de su madre Clara.

No obstante, era plenamente consciente de que las contiendas nunca concluían definitivamente, sino que mudaban de forma.

El inquietante rumor se materializó en julio, transportado por un oficial portugués que había fondeado en Cádiz con un bergantín cargado de caldos de Oporto.

Daniel lo recibió en el muelle y, acto seguido, lo condujo con premura al despacho del palacio, donde el hombre relató los hechos en voz baja, temeroso de que los muros poseyeran oídos.

—Un bergantín británico, mi señora—. El Reckoning, recaló en Lisboa hace tres semanas bajo el mando del capitán Brent Reiner —informó el piloto con gravedad—.

Cuenta con treinta piezas de artillería y cuarenta hombres de armas; además, puso rumbo al sur mientras inquiría con insistencia por la Rosa Negra y por las costas de Huelva.

Bella Inés, lejos de inmutarse, asintió con una gélida serenidad y preguntó:

—¿Cómo habéis obtenido tal certeza?

—El capitán de dicho navío bebió con exceso en las tabernas del puerto y, por consiguiente, habló de más —reveló el informante—.

Proclamó que buscaba un cobro de sangre y que no hallaría reposo hasta contemplar el cadáver de la Rosa Negra, advirtiendo que, en esta ocasión, no habría espacio para el parlamento.

Tras despedir al hombre con un doblón de oro y una severa advertencia de silencio, Bella Inés se volvió hacia Daniel para dar órdenes inmediatas.

—Redoblad la vigilancia de inmediato y contratad a cuantos hombres adicionales necesitéis; buscad exmarineros o antiguos soldados que dominen el arte del disparo y la discreción.

Reforzad las verjas del palacio, emplazad cañones ligeros en la elevación que domina el camino y prohibid el acceso a cualquier desconocido, ya sea mercader o clérigo.

Daniel inclinó la cabeza con respeto.

Los días siguientes transcurrieron en una atmósfera de preparación implacable.

Bella Inés reclutó a quince combatientes más, incluidos exartilleros de la Armada y mercenarios que cobraban en metal noble, y convirtió el palacio en una fortaleza inexpugnable.

Se instalaron troneras en las ventanas altas, se acopiaron barriles de pólvora en los sótanos y se distribuyeron sables en armarios ocultos.

Entretanto, el niño continuaba creciendo, ajeno al acero que lo rodeaba.

Cada noche, Bella Inés ascendía a la galería superior para escrutar el Atlántico mientras pensaba en el pasado.

—Juro por la memoria de mi padre y por el descanso de mi madre que nadie arrebatará lo que es mío —susurraba con determinación—. Brent Reiner no pisará esta tierra; si se atreve a comparecer, hallará a la Rosa Negra aguardándolo con el rugido de los cañones.

El mar respondía con su cadencia eterna mientras, en algún punto de la inmensidad, el Reckoning navegaba hacia el encuentro.

Bella Inés ya no huía ni se limitaba a esperar; por el contrario, orquestaba la guerra con la ferocidad de quien defiende lo que es suyo por derecho propio.

El niño dormía plácidamente en su cuna bajo la vigilancia de su madre, mientras el Atlántico rugía suave, presagiando que la verdadera tempestad estaba a punto de desatarse .

***

El ambiente en el Palacio de la Rosa era tan espeso que casi se podía cortar con un cuchillo.

El infante, ajeno a la tempestad que se cernía sobre los adultos, correteaba por los pasillos con la vitalidad de sus diecisiete meses, mientras Bella Inés lo custodiaba desde la galería con una dualidad feroz: la mirada prendida en la inocencia del niño y el resto de sentidos en la línea donde el Atlántico que se fundía con el plomo del cielo.

Sin embargo, las noticias no daban tregua; los informantes y espías confirmaban lo que ya sabía, que la venganza venía a su encuentro.

Bella Inés había previsto todos los posibles desenlaces, pero uno de esos desenlaces, era el que le quitaba el sueño.

Intuía que Brent desembarcaría de madrugada en la bahía de Huelva con hombres bien escogidos para asaltar el palacio.

Pero Bella Inés no podía limitarse a esperar el golpe; tras tomar una decisión junto a la chimenea, desplegó los mapas sobre su escritorio frente a Daniel y João, dictando una estrategia de emboscada implacable.

—El capitán Reiner esperará un asedio, pero se encontrará una trampa de arena y olivos —sentenció Bella Inés con voz cortante—.

Dispondremos a diez hombres camuflados en las dunas para flanquear su retaguardia tras el desembarco, mientras otros diez aguardarán entre la arboleda de la colina para cercar su huida.

Cinco de nuestros hombres servirán de cebo en la entrada principal, atrayendo al halcón hacia el palacio, donde yo misma lo recibiré con el acero desenvainado.

Durante las semanas subsiguientes, los preparativos se ejecutaron con una precisión notable.

Bella Inés reforzó los portones con travesaños de hierro y dispuso barriles de pólvora en puntos estratégicos como último recurso de destrucción absoluta.

No obstante, en medio de ese caos con los preparativos, Bella Inés encontraba momentos para subir a la alcoba de su pequeño.

Le juró que nadie le tocaría un solo cabello para hacerle dado, nadie, mientras mientras ella conservara un hálito de vida.