CAPÍTULO 28 #2
Brent, dentro de la pequeña cabina del falucho, dejó al niño en una litera improvisada.
Pedro había empezado a llorar, un llanto agudo que llenaba el espacio reducido.
Brent, con las manos temblorosas y la herida sangrando profusamente, intentó consolarlo.
No sabía nada de niños, solo sabía de tormentas y abordajes.
—Calla, pequeño heredero —murmuró, mientras el dolor le nublaba la vista—. El mar es nuestro hogar ahora.
Tenía un plan de legitimación trazado. En Inglaterra, usaría sus influencias en la Cámara de los Lores.
Presentaría al niño como el hijo de una noble española fallecida en la guerra.
Con el favor del Almirantazgo y la fortuna que aún le quedaba, nadie cuestionaría el linaje de un Reiner con esos ojos grises.
Haría que el rey firmara un decreto de sucesión.
Pedro Brent no sería un Hidalgo; sería el heredero de la gloria naval británica.
Pero mientras el falucho ponía rumbo al encuentro de su navío, Brent miró hacia atrás. Sabía que la Rosa Negra no se quedaría llorando en la orilla. Sabía que ella armaría el Tornado, que reclutaría a cada diablo del Mediterráneo y que lo perseguiría hasta los confines del mundo.
La guerra de venganza había terminado, pero una guerra mucho más terrible acababa de comenzar: la guerra por el futuro de un niño que era, al mismo tiempo, el ancla de sus almas y el arma de su destrucción mutua.
Brent Reiner, conde de Lydd, cerró los ojos mientras el barco cabeceaba. Había recuperado a su heredero, pero había despertado a un demonio que no descansaría hasta ver el Támesis arder.
***
El Reckoning alcanzó las costas de Cornualles tras una travesía agónica, donde el salitre y la fiebre estuvieron a punto de cobrarse la vida del conde de Lydd.
Brent Reiner desembarcó en Plymouth con el costado vendado bajo la casaca y el niño dormido en sus brazos, envuelto en pesadas mantas de lana inglesa para ocultar sus ropajes de seda española.
No se detuvo en las tabernas ni en el puerto; alquiló una posta privada y partió hacia Londres, dejando atrás el mar que tanto le había quitado y que, ahora, le devolvía un heredero.
Londres era un hervidero de intrigas y reclutamientos ante la inminente guerra contra la Francia revolucionaria.
Brent se instaló en su residencia de Cavendish Square, un edificio de piedra gris que exhalaba la sobriedad austera de los Reiner.
Allí, bajo la atenta mirada de una ama de llaves que entendía el valor del silencio, el niño fue confinado a los aposentos superiores mientras Brent iniciaba la maquinaria política.
Su plan era una filigrana de verdades a medias y sobornos estratégicos.
Para la sociedad inglesa, Brent Reiner era el héroe que había sobrevivido a un cautiverio infernal en las colonias y que regresaba con un hijo natural.
Sin embargo, para que el infante heredara el condado de Lydd y los privilegios de la Cámara de los Lores, necesitaba un Acta Privada del Parlamento o una Patente Real de Legitimación, procesos extremadamente complejos y raramente concedidos a hijos nacidos de mujeres extranjeras y católicas.
El primer paso fue asegurar el apoyo de sus antiguos superiores. Brent se presentó ante el Primer Lord del Almirantazgo, Lord Chatham. Vestía su uniforme de gala, impecable a pesar de la palidez de su rostro.
—Milord —comenzó Brent, manteniendo la espalda rígida—. He regresado del reino de España con algo más que inteligencia naval. Traigo conmigo al futuro de mi casa. Un hijo de mi sangre, nacido de una noble española que pereció durante unos disturbios en Huelva.
Chatham lo observó con escepticismo sobre sus anteojos.
—Un hijo natural, Reiner. Sabéis que el Common Law es inflexible con la sucesión nobiliaria. No es un heredero, es un bastardo, y el Parlamento no verá con buenos ojos que la sangre de un conde de Lydd se mezcle con la de un súbdito de los Borbones.
—No es un bastardo si la Corona dicta lo contrario —replicó Brent con una calma gélida—. He servido a esta nación con mi sangre. He perdido barcos y hombres tanto en el Atlántico como en el Pacífico. Pido que mi hijo sea reconocido por decreto real como pago a mis servicios.
Chatham sopesó el riesgo. En un momento en que Inglaterra necesitaba capitanes de hierro, la lealtad de un hombre como Reiner era un motivo estratégico.
—Presentad vuestra petición ante la Cámara de los Lores. Yo hablaré con el Canciller.
Brent pasó las semanas siguientes en los pasillos de Westminster, un territorio tan traicionero como el océano.
Gastó miles de libras en donaciones a los pares más influyentes.
Redactó una genealogía en la que borraba el nombre de «Bella Inés» y lo sustituía por el de una supuesta aristócrata de la casa de los Guzmán, leal a la causa británica y fallecida trágicamente.
Era una mentira erigida sobre el linaje de la madre de Bella Inés, la única forma de dar al niño una legitimidad aceptable para los oídos puritanos ingleses.
El clímax ocurrió en una sesión privada en Windsor. El rey Jorge, en un intervalo de lucidez, recibió a Brent. El niño, vestido con terciopelo azul, miraba los tapices reales con la misma curiosidad altiva con la que Bella Inés observaba el horizonte.
—Tiene vuestra mirada, Reiner —murmuró el monarca—. Un lobo de mar en potencia.
—Es un Reiner, Majestad. Su destino es servir a vuestra flota. Pero necesita un nombre que el Almirantazgo no pueda cuestionar.
Tras un acalorado debate en la Cámara de los Lores sobre la «moralidad» del conde, se emitió la Patente Real.
El documento, sellado con cera roja y el escudo de los Hannover, declaraba a «Peter Brent Reiner» como hijo legítimo y sucesor legal de todos los títulos, tierras y derechos del condado de Lydd, como si hubiera nacido de matrimonio legítimo dentro del reino.
Esa noche, Brent se sentó en su estudio de Londres con el documento sobre la mesa.
Había ganado. En los registros británicos, el pequeño ya no era el marqués de Valdeazores, sino el vizconde de Hastings, futuro conde de Lydd.
Había borrado el rastro de la Rosa Negra de los papeles oficiales y había reemplazado el apellido español por el de Reiner.
Sin embargo, mientras observaba al niño dormir en una cuna de roble inglés, Brent sintió un escalofrío.
En la mesita de noche descansaba un pequeño objeto que él le había robado a la Rosa Negra mucho tiempo atrás.
Era el broche de plata con la rosa y el ancla.
Brent sabía que el papel sellado por el Rey no detendría a la madre. Sabía que cada día que pasaba, el Tornado estaba más cerca de las costas inglesas. Había legitimado al niño ante la ley de los hombres, pero no ante la ley del mar.
—Ahora eres un lord, pequeño Peter —susurró Brent, tocando la frente del niño—. Eres mi hijo, sangre de mi sangre, y mataré a cualquiera que intente arrancarte de mi lado.