El Halcón y la Rosa CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

La propiedad de Brent Reiner, aquel refugio de promesas susurradas, sucumbió ante el elemento que mejor definía la vida de Bella Inés: la destrucción. Daniel de Mendaña, la sombra de su pasado y el guardián de su juramento, había llegado para rescatar a su capitana.

En la propiedad no quedaban hombres de lucha, todos habían partido en el Swift junto al capitán, por eso Daniel y sus hombres pudieron penetrar en las tierras y hacerse con el control.

Bella Inés se había alegrado de verlos, pero discutió con Daniel cuando vio que pretendía reducir la casa a cenizas.

Él le recordó la ley del Talión: ojo por ojo y diente por diente.

La hacienda Guzman había sido destruida por completo, y él pensaba hacer lo mismo con Blackwood Manor.

Mientras cabalgaban hacia la cala del norte, el crepitar de las vigas colapsando llegaba hasta ellos como un eco de batalla.

Bella Inés no giró la cabeza. Sabía que, si lo hacía, el recuerdo de Brent en la veranda, con una taza de té y la mirada llena de un futuro imposible, podría fracturar su resolución.

Pero la Rosa Negra no se permitía grietas.

—El Tornado os aguarda, capitana —insistió Daniel, manteniendo el galope a su lado—. La patente de corso sigue vigente en los registros de la Habana y en el reino.

—¿La corona ignora que fui hecha prisionera?

Daniel asintió.

—Los hombres han mantenido el secreto de vuestra captura. El inglés no regresó a Inglaterra. Allí temen que su barco naufragara.

Bella Inés soltó un gemido ante el alcance de esa información. Ni Inglaterra Ni España tenían constancia de lo que había sucedido.

Bella Inés apretó las riendas. El viento, antes suave y balsámico, ahora cortaba su rostro con la familiaridad de un sable.

—¿Y el capitán inglés? —preguntó él, con una voz que recuperaba el metal de la confianza.

—De regreso a Inglaterra —respondió evasiva porque no quería darle ninguna otra explicación.

—Cuando regrese y vea su hogar en cenizas, buscará respuestas —respondió Daniel con desprecio.

—Para cuando encuentre un barco capaz de seguirnos, estaremos doblando el Cabo de Hornos —respondió ella.

Llegaron a la cala. El bote esperaba, una astilla de madera sobre el cristal turquesa. Al subir, Bella Inés sintió el tacto del salitre en sus manos y, por un instante, cerró los ojos.

—Remad —ordenó.

El bote se alejó de la costa. A medida que la distancia crecía, la columna de humo negro de Blackwood Manor se volvía una cicatriz en el cielo azul.

Bella Inés se llevó la mano al lugar donde meses atrás tenía el broche de plata —la rosa entrelazada con el ancla— pero había desaparecido.

Se giró para observar su navío, el Tornado se mecía con la marea.

—Habéis sobrevivido, capitana —murmuró Daniel, observando la costa que se desvanecía.

—He sobrevivido, Daniel —afirmó ella.

Cuando el sol se hundió definitivamente, Blackwood Manor ya no era más que un resplandor naranja en la lejanía. El bote llegó al barco, y con destreza Bella Inés subió por la escalera de cuerdas. Daniel lo hizo tras ella.

Bella Inés se puso en pie en la proa, dejando que el rocío marino empapara su vestido de algodón, el último regalo de Brent que aún vestía. Mañana vestiría cuero. Mañana volvería a empuñar el acero.

—Rumbo al norte —sentenció.

La Rosa Negra había vuelto. No quedaba rastro de la prisionera, ni de la mujer que dudó ante un horizonte de paz. Solo quedaba la capitana, navegando hacia un mundo que creía haberla derrotado, lista para demostrarle que algunas flores solo florecen en mitad del naufragio.

Detrás, el fuego se apagaba. Adelante, el mar infinito la reclamaba. Y esta vez, no habría cadenas, ni honor, ni amor que pudiera detenerla .

***

El Tornado hendía las aguas del Mediterráneo con la proa firme hacia Huelva.

Y Bella Inés recordó que hacía dos años que había dejado el reino para perseguir piratas.

Habían transcurrido dos años de navegación implacable hasta que fue capturada.

La Rosa Negra había recuperado su estatus de leyenda, sin embargo, Bella Inés ya no era la misma capitana de antaño.

Mientras Daniel de Mendaña ejercía el mando en cubierta, ella permanecía largas horas en el camarote principal, junto a una ventana a la que había ordenado retirar los barrotes.

Su vientre crecía bajo los pantalones de cuero, que tenía que llevar desabrochados, pero el abrigo largo ocultaba ese detalle.

El embarazo sería evidente en breve: las náuseas iniciales habían dado paso a un cansancio que la obligaba al reposo, y a movimientos sutiles que percibía en la vigilia como recordatorios vivos de que su destino se había transformado irrevocablemente.

Le había mentido a su lugarteniente. Le había confiado a Daniel que había contraído unas fiebres en Blackwood Manor, de esa forma había sorteado que sus hombres la vieran vomitar y casi desfallecer por los mareos.

El médico del barco no hizo preguntas, y la trató como si hubiera contraído el cólera, así mantuvo a los hombres apartados de ella.

El Tornado alcanzó las costas de Portugal, Daniel entró en la estancia portando un mapa y el catalejo.

—Capitana —anunció con gravedad—. Estamos a dos jornadas de Huelva.

Bella Inés no respondió.

—Voy a tomarme un tiempo de descanso —susurró ella.

Daniel veía a su capitana muy cambiada.

—¿No os habéis recuperado de vuestro mal? —inquirió él.

Daniel tomó asiento frente a su señora con ademán solemne.

—Debo comprobar que el marquesado no tiene litigios nuevos. Que Floridablanca respeta el acuerdo que alcancé con la corona…

Daniel la escuchaba, pero a él todo eso le parecieron escusas.

—¿Y después?

Bella Inés miró al hombre que siempre había estado dispuesto a dar la vida por ella. Era su hombre de confianza, y supo que no podía seguir mintiendo.

—Estoy encinta Daniel.

El lugarteniente la miró con espanto, y en sus ojos se reflejó el odio al creer que ella había sido sometida al calvario de la violación. Bella Inés pudo leer en sus ojos la promesa de matar al inglés.

—Fue un intercambio —Daniel no podía entenderla, ¿un intercambio de qué?—. Intimidad a cambio de información.

Daniel no podía decir nada. Y durante un momento largo se mantuvo en silencio.

—¡Pero sois una dama!

—En este barco, soy la capitana, allí donde me apresaron, era mercancía intercambiable…

—¿Y qué habéis pensado? —le preguntó Daniel.

Estaba claro que el lugarteniente digería todavía la asombrosa noticia.

—Controlar mi feudo. Residir en Huelva y criar al infante o infanta en el Palacio de la Rosa.

—O bien, continuar surcando los mares. Sois la capitana, y la tripulación os seguiría hasta el confín del orbe.

Bella Inés contempló el ocaso, que teñía el mar de oro y púrpura.

—Pero no podré volver a navegar durante un tiempo.

Bella Inés esbozó una sonrisa mínima, preñada de melancolía.

—Lo haréis, capitana. El mar lo lleváis en la sangre.

—Es cierto, la Rosa Negra no conoce el descanso. Y si vuelvo a navegar, quizás lo haga con un tripulante adicional.

Se incorporó con cautela y caminó hacia el ventanal. Ya veía la costa.

—Me prepararé cuando entremos en la bahía —sentenció—. Veré a mi madre y me pondré al día con el marquesado. Cuando llegue el alumbramiento, decidiré como obrar para que se reconozca al heredero o heredera.

Daniel se puso en pie, firme.

—¿Y qué hay del padre?

Bella Inés clavó la vista en la inmensidad del mar.

—Lo ignoro. Lo que aconteció entre nosotros se hundió en el océano. Aquí comienza una crónica distinta.

Daniel inclinó la cabeza con deferencia.

—Os avisaré cuando alcancemos la bahía, mi capitana.

—Gracias —aceptó ella.

El Tornado aceleró, con el velamen desplegado al máximo y la proa hendiendo el camino hacia Huelva .