El Halcón y la Rosa CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

El otoño traía vientos frescos del sur y un cielo de una claridad casi cruel.

En la propiedad de los Reiner, la vida había encontrado un pulso sosegado; Bella Inés ya no era una extraña, sino una presencia que habitaba la casa y la tierra con una seguridad creciente.

Ya no hablaban de amor, pues la palabra se sentía pequeña frente a la magnitud de lo que habían sobrevivido, pero el silencio entre ellos era ahora un refugio compartido.

Sin embargo, la llegada del mercante Swift y la carta con el sello del halcón lo cambiaron todo. Brent permanecía en la veranda, con el papel temblando imperceptiblemente entre sus dedos, mientras las palabras de su hermana herían el aire.

—Mi madre se muere —sentenció él, con una voz que parecía venir de un pasado remoto.

Bella Inés lo observó con esa lucidez que la caracterizaba. Sabía que aquel mensaje era el ancla que intentaba arrastrar a Brent de vuelta al abismo de las convenciones y los deberes.

—¿Os marcháis? —preguntó ella, midiendo cada sílaba.

Brent no respondió de inmediato. Miró el Swift fondeado en la bahía, un vínculo de madera y lona con una Inglaterra que ahora sentía como un sueño borroso.

—Si parto ahora, quizá llegue a tiempo para un último adiós. Pero si me quedo… ese silencio me perseguirá siempre.

Bella Inés se acercó, posando una mano firme en su brazo. Sabía que su propia existencia era el mayor obstáculo para ese regreso. Ella era la mujer que el Almirantazgo quería colgar; él, el héroe que debía redimir el apellido.

—¿Qué pensáis hacer conmigo si regresáis? —preguntó ella.

—Iréis conmigo, por supuesto —afirmó Brent sorprendido por la pregunta de ella.

Él no tenía intención de dejarla sola en la isla.

—¿Iré como prisionera, como el trofeo que limpie vuestro nombre ante la corona?

Brent le tomó las manos con una urgencia febril.

—Iréis a mi lado. Si venís, es porque así lo decidís. Y si no…

Brent no continuó porque no contemplaba que ella no lo acompañara.

Bella Inés cerró los ojos, sopesando las opciones.

España era un avispero de traiciones, poseía un marquesado que Floridablanca devoraría en cuanto ella se descuidara, y lo había hecho todos esos meses.

Por el contrario, si marchaba a Inglaterra, se contraría directamente con la soga que esperaba su cuello.

—Me gustaría acompañaros —admitió al fin—. Pero es imposible. Vuestro reino ha puesto precio a mi cabeza, como mi reino ha puesto precio a la vuestra.

—No lo permitiré que nadie os haga daño—juró Brent, apretando sus manos, pero era consciente de las palabras de ella. Ambos tenían la soga al cuello—. Os pido que me esperéis aquí.

Bella Inés abrió los ojos y lo miró con una mezcla de incertidumbre.

—No puedo prometeros eso —sentenció ella.

Brent estaba en una encrucijada. Ella no podía acompañarlo, pero él no quería perderla.

—Prometedme entonces que me esperaréis aquí hasta que regrese para devolveros vuestra libertad. Porque juro que os la entregaré si me esperáis.

Bella Inés pensó en las opciones durante un rato. Él se mantenía en silencio-

—Prometédmelo y yo os lo juro. Vuestra espera por vuestra libertad.

—Esperaré vuestro regreso aquí.

Brent la atrajo hacia sí en un abrazo desesperado, como si temiera que el viento del sur se la llevara antes de tiempo.

—Os prometo que regresaré.

—Hacedlo… —susurró ella, hundiendo el rostro en su pecho.

Al día siguiente, el Swift zarpó hacia los acantilados de Lydd.

Desde la barandilla de estribor, Brent permaneció observando cómo la casa desaparecía en el horizonte. Y por primera vez, Brent sintió que el verdadero naufragio no era el mar, sino la ausencia de ella.