CAPÍTULO 21
Las semanas que siguieron a la capitulación fueron un aislamiento compartido, un limbo de humedad y penumbra donde el tiempo dejó de medirse en nudos para medirse en respiraciones.
Brent ya no giraba la llave al salir; la puerta permanecía cerrada por una voluntad mutua, un pacto tácito de no romper el hechizo antes de tiempo.
Comían en la misma mesa. Leían juntos bajo la luz oscilante de la lámpara, y a veces, las discusiones sobre un verso o una ruta náutica terminaban en un silencio cargado que solo el cuerpo sabía resolver.
El sexo entre ambos mutó. Ya no era la colisión de dos odios, sino una exploración minuciosa de sus ruinas.
A veces era una urgencia desesperada, un intento de sofocar los fantasmas con el sudor y el roce violento de la piel.
Otras veces, sin embargo, emergía una ternura inesperada y punzante; Brent recorría con sus labios la cicatriz que él mismo había provocado, como si quisiera borrar la herida con el aliento, y Bella Inés enredaba sus dedos en el cabello de él, aceptando el calor de su pecho contra el suyo.
No pronunciaban la palabra amor. Era un término demasiado limpio, demasiado ajeno a dos seres forjados en la guerra y la venganza.
Hablaban del presente: del crujido de las cuadernas, del sabor del ron que compartían al alba, del frío que se filtraba por las junturas cuando el viento del sur arreciaba.
Esa tarde, el aire en la habitación era espeso, saturado por el aroma a salitre y a cera de vela.
Brent permanecía sentado en un taburete a los pies de la cama, una posición de acecho que había adoptado como si fuera su nuevo hogar.
Sus ojos, fríos y analíticos, seguían cada movimiento de Bella Inés.
Ella cosía con una parsimonia que a él le resultaba una tortura.
Sus dedos, ágiles y precisos, tensaban el hilo contra la tela de la falda, y Brent no pudo evitar fijar la vista en los reflejos cobrizos que el sol de poniente arrancaba de su cabello castaño.
Eran destellos que danzaban sobre los mechones rebeldes, brillando como rescoldos bajo una brasa.
Cuando Bella Inés levantó la vista, irritada por el peso de su mirada, Brent se quedó sin aliento.
Sus ojos —ese dorado inusual, profundo, del color de las monedas de bronce antiguo— lo escrutaron con una fiereza que no se había apagado en todo ese tiempo.
Esa era la mujer que había intentado doblegar, pero que, en su lugar, lo había desmantelado pieza a pieza.
Brent observó la tersura de su piel dorada, esa marca indeleble del sol del Caribe que ni siquiera la sombra de Blackwood Manor había logrado palidecer.
Era una belleza depredadora, inteligente, envuelta en un valor que le provocaba una mezcla de terror y devoción.
Ella no era una víctima; era un incendio contenido en una estancia de piedra.
—¿Por qué me miráis así? —preguntó ella, deteniendo la aguja en el aire y analizándolo con la mirada.
Brent se tensó, sintiendo un nudo de obsesión en la garganta.
No podía explicarle que lo que él sentía ya no era odio, sino una posesión absoluta.
Se había convertido en un prisionero de su propia prisionera.
Había sido testigo de su ingenio para descifrar sus trampas, de la forma en que su mente operaba incluso en la oscuridad, y la conclusión era ineludible: no podía dejarla ir.
El mundo exterior —la Corona, el Almirantazgo, los deberes de su linaje— se había vuelto una niebla borrosa.
La única realidad que le importaba era aquella estancia, donde ella respiraba, donde sus ojos dorados lo desafiaban, donde su mera existencia le recordaba que él era capaz de cualquier atrocidad solo para evitar que ella volviera a ser libre.
—No busco una rendición —murmuró él, con una voz que sonó más rota de lo que pretendía—.
Busco que entendáis que este es vuestro único lugar.
Fuera de aquí, el mundo es demasiado pequeño para los dos.
Aquí... aquí estáis a salvo de ser destruida, porque nadie más que yo podría soportar la intensidad de vuestro fuego.
Brent se levantó lentamente. Se acercó a ella, invadiendo su espacio, atrapado por la convicción de que, si ella se marchaba, él también dejaría de existir.
Ella era su trofeo, su castigo y su única razón.
La observó una vez más, con la resolución grabada en su rostro: no había mar lo suficientemente ancho ni ley lo suficientemente poderosa para arrebatársela. Ella no se marcharía. Nunca.
***
La luz del amanecer se filtró por el mosquitero, bañando la habitación con un tono cobrizo.
Bella Inés despertó antes que él. Durante unos minutos, se limitó a observar el techo de madera, escuchando la respiración acompasada de Brent a su lado.
No había cadenas, ni nada que le recordaba su condición de presa.
Sin embargo, el peso en su pecho seguía allí: una mezcla de alivio y una culpa persistente que la unía a los muertos de la Hacienda Guzmán.
Se levantó con sigilo, se puso la bata azul y salió a la veranda. El olor a lana cruda y salitre impregnaba el aire. Desde la casa, vio el Hawk fondeando.
Brent apareció poco después, apoyándose en la barandilla junto a ella. Ya no vestía el uniforme que lo definía como oficial del Almirantazgo; ahora parecía un colono más, un hombre que había cambiado el sable por la tierra.
—Para Inglaterra, Brent Reiner no ha cumplido su misión —susurró Bella Inés.
Era consciente de que Brent tenía que haberla llevado custodiada a Londres, y se preguntaba cada día por qué había cambiado de opinión.
—Para Inglaterra, vos sois una pirata que pereció en un intento de fuga durante la travesía.
—Será vuestra palabra contra la de esos marinos —Bella Inés señaló con la cabeza el barco que fondeaba en las aguas tranquilas de la bahía.
—He logrado que el lugarteniente firme el cuaderno de bitácora.
—¿Lo habéis sobornado? —preguntó ella.
—Le he ofrecido mi silencio sobre ciertos asuntos del mando.
Bella Inés lo miró con el viento agitando su cabello.
—Habéis sacrificado vuestro honor por una mentira, Reiner. ¿Por qué?
Brent se volvió hacia ella, sus ojos grises buscaron los suyos con una honestidad desarmante.
—Porque el honor que me enseñaron en la academia no servía para explicar lo que siento cuando os miro. Porque prefiero vivir en esta mentira con vos, que en la verdad de una medalla sin vos.
Bella Inés guardó silencio, mirando las olas romper contra los acantilados.
—Y si os pidiera que me dejéis libre.
Brent no respondió. Ese era el único escollo entre ambos, que él no podía permitir que se marchara porque la necesitaba incluso para respirar.
Bella Inés bajó la vista a sus manos. Eran manos que habían mandado barcos, que habían matado y que habían sido encadenadas. Pero también eran las manos que, la noche anterior, habían buscado consuelo en la piel del hombre que se suponía debía odiar.
El silencio se estiró entre ellos, roto solo por el grito de las gaviotas cuando el amanecer hizo su presencia.
Bella Inés de Hidalgo y Guzmán, la Rosa Negra, miró hacia el norte, donde el mundo viejo seguía girando con sus guerras y sus reyes.
Luego miró hacia el interior de la casa, donde el fuego de la cocina empezaba a humear y Mara cantaba una melodía antigua.
Ella tenía que regresar. Brent había bajado la guardia. Tenía que hacerlo.
—Vuelvo a la cama —dijo ella con voz firme pero suave.
Brent soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Una sonrisa pequeña, la primera que Bella Inés le veía en años que no fuera de triunfo o sarcasmo, iluminó su rostro.
—Esa es una invitación que no puedo rechazar.
La venganza se había agotado. El odio se había transformado en una tregua frágil que, con el tiempo y el aislamiento de aquella tierra salvaje, podría llegar a llamarse vida.