CAPÍTULO 24
Al amanecer de un día después, el Tornado se adentró en la bahía de Huelva con el velamen arriado a discreción y el pabellón real ondeando soberbio en la popa.
No hubo estruendo de fanfarrias ni salvas de artillería; solo el murmullo de una ciudad que despertaba entre el tañido de las campanas, el fragor de los estibadores y ese aroma ancestral a salitre, brea y pan que flotaba sobre el muelle.
Bella Inés de Hidalgo y Guzmán, marquesa de Valdeazores, aguardaba en el alcázar vestida como una dama y no como una corsaria.
Escogió con cuidado el vestido amplio que simularía su viente.
Daniel de Mendaña impartió las órdenes definitivas para el fondeo y el navío se detuvo con una elegancia solemne mientras las anclas besaban el fondo. Bella Inés permaneció inmóvil, escrutando el puerto de un tono dorado por el sol naciente.
Una hora más tarde, Bella Inés pisaba el muelle con el auxilio de Daniel.
El carruaje oficial emprendió el rumbo hacia el Palacio de la Rosa. Bella Inés guardó un silencio absoluto durante el trayecto, contemplando el paisaje y el Atlántico que, a su izquierda, se extendía como un viejo confidente.
Tiempo después, el Palacio de la Rosa emergió en la colina.
La piedra de la fachada, curtida por el salitre, lucía el escudo de las rosas y las anclas bajo un lema casi borrado.
Sin embargo, algo era distinto: los faroles seguían ardiendo pese a que había amanecido, y entonces vio una figura menuda, envuelta en una mantilla de encaje negro que aguardaba su llegada.
Era Clara de Guzmán, su madre.
Bella Inés descendió del carruaje y sus piernas flaquearon por un instante. Su madre lucía más frágil, con el cabello níveo, pero sus ojos —los mismos que Bella Inés portaba— brillaban con una lucidez que los galenos habían dado por perdida.
—Bella Inés… —susurró Clara con una voz quebradiza pero firme—. Mi pequeña.
Bella Inés avanzó con lentitud hasta quedar frente a ella. Madre e hija se escrutaron mientras el tiempo parecía congelarse en el patio.
—Madre —logró articular Bella Inés, sintiendo cómo su coraza de capitana se resquebrajaba por vez primera—. Estáis lúcida…
Clara alzó una mano trémula para acariciar el rostro de su hija y, acto seguido, descendió la vista hacia la curvatura de su vientre que la capa abierta no disimulaba.
—¡Bella Inés! ¿Estáis… estáis…? —la madre no pudo continuar.
Ante la sorpresa de verla, Bella Inés no había tomado la precaución de esconder su embarazo como había hecho hasta horas antes de desembarcar, pero finalmente hizo un encogimiento de hombros aceptando porque la buena nueva se iba a saber pronto.
Bella Inés asintió en silencio.
—Vuestro nieto. O vuestra nieta.
Clara ahogó un sollozo y esbozó una sonrisa preñada de una luz antigua.
—Mi Pedro lo predijo… anoche me visitó, y me reveló que regresaríais para traer vida donde solo quedaba ceniza.
Por un momento, Bella Inés había creído que su madre había recuperado la razón, pero se había equivocado.
Entraron juntas al palacio, donde la fuente seguía entonando su murmullo eterno.
Los criados se inclinaban con un respeto que rayaba en la devoción mientras Daniel y sus hombres permanecían en la retaguardia, vigilantes.
Ya en el salón principal, frente al crepitar de la chimenea, Clara tomó asiento en su sillón de siempre.
—Navegué por las sombras mucho tiempo —confesó Clara—, pero al saber que la Rosa Negra había vuelto, que mi sangre regresaba a casa, algo despertó en mí. —Bella Inés acarició el rostro de su madre, sintiendo el calor del hogar—. Todavía veo lagunas, neblina espesa, pero ni niña ha regresado.
—Lo hice madre.
Los ojos de Clara se clavaron en el vientre de ella.
—Mi nieto nacerá aquí, bajo este techo. —Clara clavó la vista en su madre que tenía los ojos brillantes—. Y llevará el apellido de nuestra estirpe: Hidalgo. Como dicta la tradición y el honor.
Bella Inés asintió con determinación.
Fuera, el Atlántico bramaba con una cadencia sosegada. En el interior, una nueva vida se aprestaba a florecer entre los muros de piedra. La Rosa Negra había regresado, despojada de su sed de venganza y dispuesta, al fin, a abrazar la vida .
***
Brent se arrodilló entre los restos chamuscados de su escritorio, rescatando apenas un fragmento de la carta de su madre que el fuego no había logrado devorar.
Alrededor, sus hombres aguardaban con una mezcla de lástima y pavor.
Cuando alzó la vista, sus ojos grises, antaño nublados por el remordimiento, se habían transformado en dos esquirlas de hielo ártico.
—Que preparen el bote —ordenó con una monotonía aterradora—. Enviad jinetes a cada puerto. Compraré el barco más rápido que jamás se haya construido. No escatimaréis en oro.
En las semanas posteriores, Brent Reiner se movió con la precisión de un hombre poseído.
Liquidó sus posesiones, vendió la lana y el aceite de ballena, y reunió una soldadesca de hombres desesperados: desertores, convictos y antiguos marinos que solo entendían el lenguaje del metal.
Compró el Raven y contrató hombres. El oro de los Reiner, acumulado durante décadas, se convirtió en el combustible de su venganza.
La primera noche en alta mar, bajo una luna espectral que plateaba el Índico, Brent reunió a su tripulación en el alcázar.
—No nos dirigimos a Inglaterra por comercio ni por deber —sentenció, mientras el viento agitaba su casaca raída—.
Vamos por una deuda de sangre. La mujer que profanó mi hogar y asesinó a mi progenitor se oculta en los puertos del reino de España.
Se hace llamar la Rosa Negra. Jurad conmigo que no hallaréis descanso, ni puerto, ni paz, hasta que su estirpe sea borrada de la faz del océano.
Los hombres, seducidos por la promesa de botín y contagiados por su furia, alzaron las manos en un juramento profano que selló el destino del Raven.
Mientras tanto, Brent ignoraba que Bella Inés aguardaba en el Palacio de la Rosa.
Ignoraba el latido de una nueva vida que compartía su propia sangre.
Para él, ella ya no era la mujer que leía poesía bajo el sol; era una sombra que debía ser erradicada.
La convicción de que el honor solo podía restaurarse con la muerte de la marquesa se convirtió en su único norte.
Huelva aguardaba, bañada por el sol mediterráneo, ajena a la tormenta de acero que se aproximaba desde el sur. El halcón regresaba con las garras afiladas y el corazón blindado contra cualquier rastro de piedad .