CAPÍTULO 19
La alarma rasgó el silencio justo antes del amanecer.
Tres toques de campana desde la colina oeste anunciaban un avistamiento.
Bella Inés se levantó de la cama, se puso el ligero camisón y la bata, se la ató y salió al balcón esperando lo peor.
Sujetó el balcón con la mano que no sostenía el catalejo, estaba descalza, mientras Brent la seguía sin solicitar venia alguna.
Iba desnudo y no le importó la ausencia de ropa; se posicionó hombro con hombro con ella en la penumbra.
El horizonte, que ya clareaba, se vio interrumpido por dos siluetas: la fragata Hawk, ya conocida, y un segundo navío de mayor envergadura, el Valiant, un navío de línea con treinta cañones, cuyos pabellones británicos ondeaban con nitidez bajo la luz del alba.
Sin vacilar, las naves enfilaron la bahía con las piezas de artillería asomando por las troneras, mientras los infantes de marina aguardaban en cubierta con las bayonetas centelleando.
—Refuerzos —sentenció Bella Inés con voz gélida—. El Hawk no regresó solo; trae consigo una fuerza de tareas. Y esta vez, por lo visto, no vienen a parlamentar.
Brent tomó el catalejo y, al instante, reconoció el segundo buque.
—Es el Valiant —murmuró—. El capitán Hargrove es antiguo camarada de mi padre.
—Así que la llegada del Hawk solo confirmaba que estabais aquí —susurró ella—. Ahora tiene sentido que se marchara tan rápido.
Bella Inés se volvió hacia él y sus pupilas se encontraron en la oscuridad. En ese momento lamentaba haberse entregado a él. Había regresado la cordura y el remordimiento.
—La hacienda no resistirá el disparo de esos cañones —le dijo ella.
Brent no rehuyó la mirada.
—Lo sé, sin embargo, si deciden pasar al ataque, no empuñaré las armas contra vos, pero no aseguro lo mismo para vuestros hombres.
Bella Inés sintió que el pulso se le aceleraba de forma descontrolada.
—Si levantáis una sola arma contra mis hombres, sois hombre muerto.
Acto seguido, ella impartió órdenes perentorias: los peones se armaron con machetes y mosquetes vetustos tras las empalizadas, mientras los cañones de la colina eran cebados con metralla.
Daniel y João organizaban la defensa en la línea de costa, conscientes de que la hacienda era una plantación y no una plaza fuerte.
Podía resistir el embate de filibusteros, pero no un desembarco organizado de la Armada Real.
Lo que Bella Inés no sabía era que la defensa ya estaba herida de muerte.
Durante semanas, bajo la apariencia de un prisionero derrotado, Brent había estado tejiendo una red invisible.
Había logrado sobornar con falsas promesas a uno de los capataces de la entrada norte, dejando sin pólvora los mosquetes de la guardia avanzada y debilitando los pernos de la poterna lateral con limas de acero que había ocultado entre las páginas de sus libros.
La ofensiva estalló minutos después. Ambos navíos castigaron la colina con una precisión milimétrica que desbarataba la artillería de Bella Inés antes de que lograra disparar; los cañones, cuyos mecanismos habían sido alterados por el sabotaje interno, reventaron en sus propias cureñas.
Seguidamente, los botes se desprendieron de los costados de las naves, cargados de infantes de marina que sabían exactamente por qué punto flaquearía la defensa.
A Bella Inés no le dio tiempo de vestirse porque Brent la retuvo.
Ella, presurosa por ayudar a sus hombres y adelantarse a primera línea, ignoraba que el verdadero enemigo ya conocía cada debilidad de su bastión.
El fragor del combate cuerpo a cuerpo estalló pronto: acero contra bayoneta y detonaciones a quemarropa que teñían la arena de un carmín espeso.
—¡Soltadme, maldito seáis!
Brent finalmente la soltó. Ella cogió el sable, que siempre guardaba cerca de su lecho, y bajó con rapidez a la planta baja para ayudar a sus hombres.
La defensa cayó con una rapidez antinatural.
A pesar de que Bella Inés luchaba con la ferocidad de un demonio, abatiendo a cuanto inglés se cruzaba en su camino, la disparidad numérica era insalvable.
Daniel se desplomó tras recibir una estocada en el muslo y João apenas pudo organizar una retirada desesperada hacia los cañaverales.
Mientras tanto, Brent observaba la carnicería desde el balcón de la alcoba de Bella Inés.
Había hecho su trabajo: el camino estaba allanado, la hacienda desarticulada y la victoria de los suyos era un hecho consumado.
Sin embargo, al ver a Bella Inés en el epicentro de la vorágine —con la bata rasgada, el rostro cubierto de hollín y el brazo ensangrentado por un sablazo—, aquel triunfo frío se le volvió ceniza en la boca.
La vio acorralada, luchando contra un soldado mientras tres infantes de marina que cargaban sus bayonetas.
En ese instante, el estratega británico murió y algo primitivo y desesperado ocupó su lugar.
Brent descendió al patio central justo cuando los marines franqueaban la entrada principal y, antes de que alguien pudiera disparar, se interpuso en la trayectoria.
Alzó las manos, no en señal de rendición ante sus captores, sino como un escudo humano entre Bella Inés y el plomo que venía a cobrar su vida.
—Soy Brent Reiner —declaró con autoridad—. Estoy con vida. No opongo resistencia.
El capitán Ellis del Hawk se precipitó hacia él con júbilo.
—¡Capitán Reiner! ¡Alabado sea Dios! Hemos venido a rescataros.
Brent dirigió la mirada hacia el exterior, donde dos soldados arrastraban a una Bella Inés desmayada. Alguien la había golpeado para dejarla inconsciente, pero Brent sintió alivio porque estaba viva.
—No precisaba rescate porque ya había sido liberado —dijo con amargura.
Un teniente lo asió del brazo, ignorando sus palabras.
—Órdenes del Almirantazgo: debemos evacuaros de inmediato. En cuanto a la mujer, debemos llevarla a Inglaterra.
Sin más opción, Brent embarcó en el bote. Bella Inés fue arrojada al mismo esquife, con las muñecas atadas y una brecha sangrante en la sien. Él agradeció en silencio que ella estuviera inconsciente.
El desembarco concluyó en menos de una hora. Tras incendiar los ingenios y sembrar el caos, los británicos se retiraron siguiendo instrucciones precisas: recuperar a Reiner y capturar a la «Rosa Negra». Ya a bordo del Hawk, escoltaron a Brent hasta el camarote del capitán.
La batalla por la hacienda había dejado un saldo de sangre excesivo.
El capitán Ellis, gravemente herido durante el asalto, había sido trasladado de urgencia al Valiant, que contaba con cirujanos de la flota y el espacio necesario para tratar su recuperación.
En la cubierta, el capitán Hargrove, un veterano de la Royal Navy que ostentaba el mando supremo de la operación, observó a Brent con una mezcla de respeto y severidad.
—Reiner —anunció Hargrove, limpiando su espada—, vuestra ayuda ha sido crucial, pero vuestro estado físico es deplorable. El Valiant regresará a Inglaterra para informar del éxito de esta misión y custodiar al capitán Ellis. Vos lo capitanearéis.
Brent, sin embargo, permaneció inmóvil. Sus ojos estaban clavados en el Hawk, el bergantín más pequeño, rápido y letal, que seguía fondeado a la espera de órdenes.
—El Valiant es pesado y lento, capitán —respondió Brent, con una voz que no toleraba réplicas—.
El Hawk es el único navío capaz de mantener la guardia en estas aguas mientras verificamos que no quedan restos de la red de la Rosa Negra.
Mi lugar está en ese navío, asegurando que el trabajo se complete hasta la última pieza.
Hargrove frunció el ceño, apretando la empuñadura de su sable.
—Es una orden, capitán. Vuestro mando es el Valiant. No permitiré una insubordinación.
Brent dio un paso adelante, su sombra se proyectaba sobre el oficial de mayor rango. No se trataba de una disputa por galones, sino de una verdad que ambos compartían: el Hawk era el instrumento que él necesitaba para su sentencia privada.
—El capitán Ellis está fuera de combate y el Hawk necesita un comandante que conozca cada recoveco de esta costa —insistió Brent, ocultando su verdadera intención tras una máscara de abnegación—.
Dejadme al mando del bergantín. Os alcanzaré en alta mar en cuanto haya terminado de asegurar la zona.
Es el servicio más eficaz que puedo prestar a la Corona.
Hargrove observó el fuego que ardía en los ojos de Brent. Entendió que, aunque era una orden directa, el hombre frente a él ya no servía a la Marina por deber, sino por algo mucho más oscuro. Con un suspiro de frustración, el veterano asintió.
—Imagino que querréis custodiar a la presa —dijo Hargrove con sarcasmo.
Brent ya sabía que habían subido a Bella Inés al bergantín.
—Esa mujer se cobró la vida de mi padre —le informó Brent—. No pienso perderla de vista. La Corona tendrá a su presa, pero seré yo quien la custodie hasta la Torre de Londres.
El capitán Hargrove no tenía motivos para desconfiar de uno de los mejores capitanes de la armada británica y pensó que, si la situación fuera al revés, a él le gustaría llevar al verdugo frente a la horca.
—Os concedo la diferencia de una semana. Si no me encontráis en la ruta de las Azores, la cabeza de esa asesina no será la única que cuelgue en el patíbulo.
—Entendido —sentenció Brent.
Hargrove se retiró hacia el Valiant, y en cuestión de minutos, Brent se encontró solo en la toldilla del Hawk.
Al ver a Bella Inés encadenada bajo la guardia de sus hombres, Brent sintió una sacudida de triunfo frío.
Hargrove se llevaba la gloria de la victoria, pero él se quedaba con la pieza más valiosa de la partida.
Brent, plantado en la cubierta del bergantín, guardó un silencio sepulcral, limitándose a observar cómo las llamas consumían hasta la última madera de la plantación.