El Halcón y la Rosa CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

Bella Inés permanecía recluida en un cubículo infecto, encadenada a un perno de hierro, aunque se le dispensaba un trato de honor mínimo: raciones de combate, agua limpia y la asistencia del cirujano para sus heridas.

Durante la primera noche de singladura, Brent descendió a las entrañas del barco, portando apenas una lámpara de aceite cuyo fulgor proyectaba sombras grotescas sobre las cuadernas.

Se sentó en un fardo de cabuyería, frente a ella.

—Bella Inés, escuchadme—comenzó él, con la voz quebrada por la humedad del ambiente—. Os juro por mi honor que no orquesté este asalto. No solicité este rescate ensangrentado.

Ella alzó la cabeza con lentitud. El vendaje, manchado de un carmín seco, le confería un aspecto espectral, pero sus ojos oscuros conservaban el fuego indómito de la marquesa de Marim.

—No me tengáis por estúpida, porque no lo soy —replicó ella con una amargura que calaba más que el frío de la sentina—. La defensa de la hacienda cayó demasiado rápido, los ingleses pudieron llegar hasta mí, porque alguien saboteó mis defensas desde dentro.

Brent bajó la mirada con un poco de vergüenza. Bella Inés era la mujer más inteligente y valiente de cuantas había conocido. ¿Cuánto tiempo le habría llevado descubrir que él había saboteado las defensas?

—Vos habríais hecho lo mismo —se defendió él.

Nada atormentaba más a Bella Inés que haberse confiado a un inglés sin palabra y sin honor. Esperaba que se cobrara su vida rápido, porque no podía soportar estar cerca de él ni un segundo más.

—Estoy lista, pero sed rápido —aceptó y ordenó al mismo tiempo.

Brent contuvo una exclamación. ¿Creía ella que había venido a matarla?

—Sois demasiado valiosa para cobrarme vuestra vida ahora.

Los ojos de Bella Inés se entrecerraron al comprender.

—Entiendo… Los papeles se han invertido con una ironía magistral. Ahora soy vuestro trofeo. Decidme, ¿qué pensáis hacer? ¿Venderéis mi libertad al mejor postor?

Brent negó con vehemencia, acortando la distancia entre ambos.

—Os escoltaré hasta Inglaterra, es cierto, pues no tengo otra opción ante mis superiores. Sin embargo, una vez allí, depondré en vuestro favor. Declararé ante el tribunal que no sois una vulgar pirata, sino una corsaria que actuaba bajo el amparo de una patente real legítima.

Bella Inés soltó una risa seca, un sonido carente de alegría que resonó en la madera del casco.

—¿Y abrigáis la esperanza de que el Almirantazgo preste oídos a tales argumentos?

Soy una mujer. La mujer que envió al fondo del mar un bergantín de la Armada Real.

Me colgarán del cuello hasta que mis pulmones estallen, y vos…

vos seréis encumbrado como el héroe que capturó a la Rosa Negra.

La gloria de vuestro ascenso se cimentará sobre mi cadalso.

Brent se arrodilló sobre el suelo húmedo y, con manos temblorosas, rozó los eslabones que aprisionaban las muñecas de ella.

—No permitiré que tal infamia suceda. Hallaré una fisura en la ley, una salida en este laberinto de hierro.

Bella Inés lo escrutó con una intensidad dolorosa. Por un breve instante, la ferocidad de su mirada se suavizó, dejando paso a una vulnerabilidad que lo desarmó por completo.

—¡Mentiras y más mentiras! —exclamó ella en un susurro desesperado y con una mirada herida que se le clavó directamente en el pecho—. Os odio con toda mi alma Brent Reiner. Y juro que me cobraré vuestra sangre en esta vida o en la otra.

***

El destino no fue el estuario del Támesis, sino el inabarcable abismo del Caribe.

Brent Reiner, investido de una autoridad que emanaba tanto de su rango como de su reciente martirio, alteró las órdenes de navegación: el Hawk no pondría rumbo a los puertos del norte.

Viraron hacia las aguas cálidas y traicioneras de las Antillas.

Su destino era Blackwood Manor, un punto ciego en las cartas oficiales de la Marina Real.

Se trataba de una concesión privada en una lengua de tierra aislada al norte de Barbados, un enclave que su padre había adquirido décadas atrás y que se mantenía fuera de cualquier registro administrativo.

Era un paraje de caletas ocultas, plantaciones abandonadas y vientos huracanados donde el apellido Reiner era la única ley vigente.

Allí, lejos de la jurisdicción de los tribunales de Londres y del alcance de la Corona, Brent no pretendía juzgarla: pretendía hacerla desaparecer entre la roca, el salitre y el silencio absoluto de su propio dominio.

Bella Inés fue confinada en el camarote del capitán, un espacio de caoba y bronce que se convirtió en su jaula de oro.

Un grillete en su tobillo, sujeto a un anillo de hierro en el suelo, le permitía deambular por la estancia, pero no le permitía alcanzar la puerta.

Se le dispensaban cuidados que fingían ser honores: viandas calientes, baños de agua dulce, pero se le impuso un aislamiento absoluto.

Daniel y João se habían quedado atrás, en Santo Domingo, liberados con el oro necesario para regresar al reino de España.

Brent hizo su entrada al atardecer del tercer día de singladura. Vestía el uniforme de gala: la casaca azul con vueltas doradas rutilaba bajo la luz de los quinqués. Se sentó frente a ella, que permanecía en la cama con la columna rígida y la mirada convertida en acero.

—Bella Inés —pronunció él con una suavidad que erizaba la piel—. No os trato como a una cautiva vulgar. Podríais estar pudriéndoos en la sentina, entre ratas y agua salobre.

Ella no pestañeó; su desprecio era un escudo.

—¿Debo agradecer vuestra distinción, capitán? ¿O acaso este escenario es solo el preludio de vuestra próxima exigencia antes de entregarme al verdugo?

Brent se inclinó, buscando sus ojos con una intensidad febril.

—Deseo que comprendáis la naturaleza de este cambio. Aquellos meses en vuestra hacienda no fueron un simulacro. El respeto, las vigilias, esa corriente que nos unía... todo fue real. Pero ahora las tornas han girado. Ahora sois mía.

Bella Inés soltó una risa que restalló como un látigo en el camarote.

—Me habéis capturado mediante la fuerza de vuestra armada. Habéis reducido mi hogar a escombros y pasado a degüello a mis hombres. ¿Consideráis que eso me vincula a vos por afecto?

Brent se puso en pie y se sentó en el borde del lecho, invadiendo su espacio vital.

—No fui yo quien dictó el asalto, pero soy yo quien gobierna vuestro porvenir. No habrá mercados de esclavos ni patíbulos en Londres. Os deseo... a mi manera.

—Vuestra manera —escupió ella, retrocediendo hasta donde la cadena se lo permitía—. ¿Acaso creéis que tras esta ignominia voy a rendirme a vuestros deseos? He sido una estúpida una vez, pero no lo seré una segunda.

Él alzó la mano y rozó su mejilla con el dorso de los dedos. El contacto fue una profanación de la tregua que una vez tuvieron.

—Podríais ver que ya no soy el enemigo que odiabais. Que en la hacienda el odio se había disipado. Dejadme que os lo demuestre.

—Escuchadme bien inglés, Jamás —sentenció ella, apartando el rostro en un gesto de furia desmedida—. Vuestro padre segó la vida del mío. Yo cobré la deuda con el vuestro. No existe seducción capaz de sepultar tal carnicería.

Brent acortó la distancia, y su aliento cálido golpeó el cuello de Bella Inés. La voz se le volvió turbia, cargada de un resentimiento que había madurado en la sombra.

—Os habéis entregado a mí por propia voluntad. Me deseáis de la misma forma que yo os deseo.

Bella Inés intentó repelerlo, pero la cadena del tobillo la ancló al suelo. Él le atenazó las muñecas con una sola mano, una presa de hierro que anuló su resistencia.

—No —jadeó ella, manteniendo la entereza de su voz—. No obtendréis mi consentimiento de nuevo.

Los ojos grises de Brent se tornaron en una tempestad de furia y deseo reprimido.

—Entonces lo tomo por derecho de conquista. No olvido que causasteis la ruina de mi linaje y el hundimiento de mi nave. Tomo esto como pago. Como vuestra penitencia.

La empujó sobre el brocado de la cama. Ella luchó con cada fibra de su ser —uñas, dientes y rodillas—, pero el forcejeo se libró en una desigualdad atroz.

El camarote se inundó de una lucha sorda, del rasgar de las telas y de respiraciones entrecortadas.

Brent quiso ser brusco, pero no pudo. A cada intento de besarla, ella intentaba morderlo, así que le sujetó las manos, se colocó encima de ella que se resistía.

—Me estáis despojando de toda pasión caballeresca —le recriminó él.

—Desgraciado, malnacido, cabrón…

Él la había despojado de la camisola que ella llevaba puesta.

—Os habéis metido en mi sangre…

Ella resistió hasta que sus fuerzas desfallecieron, pero su voluntad permaneció incólume, incluso cuando su cuerpo se rebeló a las caricias de él.

Ella trató de controlarlo, pero cada vez le resultaba más difícil.

Afortunadamente, Brent concluyó rápido. Se incorporó y ajustó su uniforme con una frialdad nueva para ella. No se dignó a mirarla.

—Esto es solo el comienzo —sentenció en un susurro—. Blackwood Manor nos aguarda. Allí veré qué otros tributos extraigo de vuestro orgullo.

Salió del camarote y el sonido de la llave en la cerradura fue el epitafio de la noche.

Bella Inés se quedó ovillada sobre las mantas desordenadas.

Por sus mejillas rodaron lágrimas ardientes, las primeras en muchos años; no por el quebranto físico, sino por el abismo de soledad que se abría ante ella, más insondable que el océano que el Hawk hendía en su avance.

La venganza no había muerto. Solo había mudado de piel, volviéndose más oscura y amarga .