CAPÍTULO 18 #3
—Me dais solo migajas de información —respondió ella—.
Aceptasteis darme nombres, rutas, no información falsa.
Si lo hicierais, os dejaría marchar esta misma noche.
—Bella Inés extendió la mano y tocó la cicatriz en el hombro de Brent con una suavidad que contradecía sus palabras—.
Regresaríais en ese barco a vuestro hogar.
—No deseo marcharme —le confesó él de pronto.
Ella parpadeó incrédula.
—¿Os ha atacado otra fiebre caribeña?
Él le sujetó el rostro con ambas manos.
—Os deseo. —Fue escucharlo y algo se agitó violentamente en el interior de ella—. Concededme una noche de pasión, y juro que os daré toda la información que deseáis.
Bella Inés estuvo a punto de soltarle una bofetadas, pero él intuyó sus intenciones, porque la sujetó más fuerte, pegó su boca al oído de ella, y le susurró con palabra almibaradas:
—Todas estas semanas habéis provocado un deseo ardiente y devastador en mí. No puedo dormir por las noches pensando en vos. Y sé que vos sentís lo mismo.
—¡Mentís! —protestó ella con energía.
Pero Bella Inés sentía las manos de él en su cuerpo, y, aunque no quería admitirlo, ella también había comenzado a sentir algo por el capitán inglés.
Quizás fuese la cercanía, las conversaciones, la forma de mirarla, pero algo se agitaba en su interior que le impedía conciliar el sueño por las noches, y le restaba paz durante el día.
—Una noche entre mis brazos, una sola, y juro por mi sangre que os daré toda la información que anheláis.
Brent vio perfectamente que ella valoraba su oferta. Habían pasado meses jugando al gato y al ratón.
—Podréis salvar tantas vidas… —La escuchó gemir e intensificó el ataque con palabras dulces y caricias osadas—. Ardéis por mí como yo ardo por vos, una sola noche, Bella Inés, y os daré todo lo que me pidáis.
El odio se había convertido en una brasa que quemaba de una forma distinta, y esa noche fue testigo de una rendición que ningún Almirantazgo podría haber negociado. Brent la alzó en brazos y la llevó al lecho mientras la besaba en la boca con una pasión ardiente que le arrancó un gemido de placer .
—No os mostraré más misericordia, y en dos días será vuestra venta —susurró ella, intentando convencerse a sí misma.
Brent cubrió la mano de Bella Inés con la suya, atrapándola contra su piel.
—Y yo os digo que no seré un esclavo salvo el vuestro… —vaticinó él, con los ojos fijos en los de ella.
Por primera vez, ninguno de los dos apartó la mano. Había mucho en juego. Las semanas de conversación habían derribado los muros de Bella Inés. Cuando sintió el colchón bajo su espalda, quiso protestar, pero Brent seguía besándola para no permitirle pensar.
Ella desvió el rostro intentando detenerlo, porque estaba a punto de rendirse, pero Brent era un experto en seducción y había tejido una enorme telaraña a su alrededor para dejarla atrapada en sus redes.
La volvió a besar profundamente; ella se resistía y entonces él le susurró un nombre y un lugar.
El gemido fue inesperado; esa información era valiosa.
Brent le lamió la oreja al mismo tiempo que le susurraba.
Con manos diestras, la despojó de la ropa y la acarició a placer.
Ella deseaba negarse, pero entre beso y beso él dejaba caer un nombre, un barco, un lugar.
Era la seducción más implacable. Besos y caricias con información adicional.
Bella Inés sintió la mano de él entre sus piernas, acariciando ese lugar prohibido.
Se arqueó porque el placer era nuevo, intenso y demoledor.
Brent ya no hablaba, la devoraba a besos.
Ella no se dio cuenta de que estaba preparada para recibirlo.
Bella Inés suspiró y entonces sintió una invasión en su interior que le provocó un gemido ronco.
Era dolor y placer al mismo tiempo, pero no podía pensar en nada más porque la boca de él obraba magia en la suya.
Sus manos expertas sabían dónde tocar, pellizcar y provocarla.
Lo sintió moverse encima de ella. Acariciarla al mismo tiempo.
No podía pensar ni hablar; simplemente quería sentir y dejarse llevar a ese lugar que él le mostraba.
El deseo se intensificaba a medida que él la embestía suavemente.
Se enroscó en su vientre, se tensó y las oleadas de placer la recorrieron entera.
Él siguió moviéndose hasta que se puso rígido, se arqueó y, con un gemido ronco y varonil, se derramó en su interior.
Bella Inés no se movió. Cuando pasaron unos minutos, se percató de que estaba desnuda debajo de él, pero él seguía con la ropa puesta.
Solo se había bajado los pantalones, aunque no sabía cuándo lo había hecho.
—Ha sido maravilloso —ronroneó él con voz satisfecha.
Ahora que Bella Inés tenía lucidez, se preguntó si habría merecido la pena. Brent le había dado un nombre, un barco, un puerto. Además de dos fechas, era lo único que recordaba de esos momentos, y ella sabía que le había entregado a él mucho más. Quiso levantarse, pero él no se lo permitió.
—La información que os he dado bien vale una noche completa. —Bella Inés quiso taparse, pero él no se lo permitió—. Todavía quedan muchas horas para que esta noche termine…