CAPÍTULO 18 #2
Bella Inés y Brent ya no se evitaban. Las cenas en el salón grande se habían convertido en costumbre: una mesa puesta para dos, con platos de pescado asado, plátanos maduros y ron añejo.
El silencio solo se rompía por conversaciones que empezaban en los mapas del mar y terminaban en confesiones a media voz, pero no las confesiones que esperaba ella.
No habían cruzado la línea física —ni un roce más allá de lo accidental—, pero la tensión era palpable en las miradas que se sostenían demasiado tiempo y en la certeza de que el tiempo se agotaba como la arena en un reloj de cristal.
Y a las miradas siguió los roces, los contactos que ya no eran fortuitos.
Él le sonreía con un ardor en la mirada que le provocaba escalofríos a ella.
Se le erizaba la piel, se le secaba la garganta.
Una tarde, mientras el sol caía hacia el horizonte tiñendo el mar de cobre fundido, el vigía de la colina oeste tocó la campana tres veces: señal de barco a la vista.
Bella Inés subió a su alcoba con el catalejo pues era la única estancia que tenía balcón hacia el mar. Brent, que había oído el aviso desde su habitación salió también y la siguió, no tenía por orden de ella. Se colocó a su lado, hombro con hombro, sin llegar a tocarse.
Varios hombres de la hacienda se pusieron alerta esperando ordenes de Bella Inés que desde el balcón les hizo un gesto negativo con la cabeza, y les conminó a que esperaran.
—¿Qué veis? —preguntó él en voz baja.
Bella Inés enfocó la lente. Un bergantín de tres palos, velas cuadras y casco gris con ribetes blancos. El pabellón británico ondeaba con claridad en la popa. La silueta era inconfundible: un buque de guerra ligero con los cañones asomando por las troneras.
—Refuerzos ingleses —dijo ella con voz helada—. Viene del norte y no parecen estar de patrulla; viene directo hacia nuestra costa.
Brent tomó el catalejo que ella le tendió. Miró durante un largo rato y la tensión en su mandíbula se hizo evidente.
—Es el Hawk —dijo al fin—. Una fragata de dieciocho cañones. El capitán Ellis sirvió con mi padre. Si está aquí… es por mí.
Bella Inés bajó el instrumento.
—¿Estáis seguro?
—Sí —afirmó Brent—. Si alguno de mis hombres sobrevivió al hundimiento de mi nave, habrá llegado a Inglaterra. O quizás el Almirantazgo pues tiene espías en Nassau. Habrán descubierto que sigo vivo. Y sabrán exactamente dónde encontrarme.
La fragata se acercaba, decidida, sin disparar ni izar bandera de parlamento.
—¿Qué harán? —preguntó Brent con ojos extrañados—. ¿Desembarcar? ¿Cañonear la hacienda?
Bella Inés se volvió hacia él y sus ojos se encontraron con una chispa de desafío.
—No cañonearán. Querrán negociar o rescataros por la fuerza si no cedo. Pero yo… no cedo prisioneros.
Brent dio un paso más hacia ella.
—Entonces dadme un bote. Dejadme ir al encuentro. Hablaré con el capitán Ellis y le diré que estoy bien tratado, que no hay necesidad de derramar sangre.
Bella Inés lo miró fijamente, escudriñando su lealtad.
—¿Pensáis que soy tan estúpida?
Brent no apartó la mirada. Claro que no era estúpida.
Él podía andar por la casa porque tenía una sombra pegada que, al menor intento por su parte de huir, le dispararía en el corazón.
Él no podía verlos, pero sabía que ella tenía hombres apostados fuera de la casa, en los caminos. Huir sería como aceptar su muerte.
—Soy vuestro prisionero, no lo olvido, pero… —hizo una pausa y su voz se volvió un susurro—, tampoco quiero ser vuestro enemigo.
Tras un silencio cargado, Bella Inés dio sus órdenes: bandera blanca en el mástil de la casa y antorchas encendidas para que se les viera con claridad.
El Hawk fondeó a media milla y un bote se separó de su costado.
Tiempo después, un teniente joven se acercó a pie hasta una distancia segura y gritó:
—¡Venimos en nombre de Su Majestad! ¡Queremos ver al capitán Reiner!
Bella Inés tomó la trompa de hablar de latón desde el balcón. Su voz, amplificada por el metal, tronó sobre el rugido de la resaca:
—¡Está vivo! ¡No hay negociación! ¡Marchaos en paz o abriremos fuego!
Brent se asomó para que le vieran y alzó la mano en saludo. Confirmó su estado ante los gritos del teniente, quien ofreció oro o un intercambio de prisioneros de alto rango. Bella Inés, firme, negó con la cabeza.
—No hay intercambio —tronó ella.
—Estoy bien, regresad y avisad al capitán que estoy aquí por propia voluntad.
Bella Inés giró el rostro hacia él sorprendida por su declaración.
—¿Qué hacéis?
—Evitar un desenlace cruento.
El marino, confundido por la orden directa de su superior, dudó, pero finalmente se impuso el rigor militar. El oficial regresó al barco y, dos horas después, el Hawk levó anclas y se perdió en la oscuridad del norte como un fantasma silencioso.
Durante ese tiempo, ninguno de los dos se movió.
Bella Inés, desde su posición elevada, comenzó a dar órdenes rápidas y precisas a sus hombres.
Brent la observaba, impresionado por la autoridad con la que los dirigía: era una coreografía de mando que dejaba claro quién dominaba.
Daniel de Mendaña, apostado abajo, observaba la escena con la mano en la empuñadura de su sable, inquieto por ver al «Halcón» tan cerca de su capitana.
—¿Todo está bien ahí arriba, mi señora? —preguntó Daniel, su tono revelando una desconfianza que rozaba la orden de intervención.
Bella Inés no flaqueó.
—Todo está bien, Daniel. El prisionero ha subido para que el oficial inglés comprobara que sigue con vida. Retirad a los hombres.
Cuando el sonido de las botas de Daniel se perdió, el silencio regresó, pero esta vez estaba cargado de una tensión nueva. Ella se giró hacia Brent, con la trompa de latón aún en la mano como si fuera un arma.
—Esto no es normal —susurró ella—. ¿Desistirán solo por vuestras palabras?
Ella no podía creérselo todavía.
—Podríais haber aceptado —le dijo él.