El Halcón y la Rosa CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Todavía no era verano, pero el calor caribeño era asfixiante: un aire denso, húmedo, cargado de aroma a caña madura y salitre.

Las noches traían un alivio relativo; la brisa del mar entraba por las ventanas enrejadas y hacía temblar las cortinas de muselina del Gran Salón.

Brent Reiner ya no estaba confinado en ese habitáculo que había llegado a odiar; tras haber suministrado información valiosa —o lo que él juzgaba como tal—, Bella Inés había ordenado que pudiera caminar por el patio interior durante el día, escoltado siempre por dos hombres armados a diez pasos, y que cenara en el salón principal cuando ella no estaba.

Aquel confinamiento parcial le permitió a Brent observar la vida de la Rosa Negra desde la distancia, y lo que vio desafió toda lógica aristocrática.

Cualquier dama de su rango se habría sumergido en un mundo de tejidos, pruebas de vestidos, catálogos de joyas o recepciones sociales para preservar su belleza.

Ella, en cambio, era una sombra inquieta que se desvanecía al alba.

A menudo, la veía partir a caballo antes de que el sol terminara de despuntar sobre el horizonte. Brent, confinado a sus horas de patio, aprendió a leer la rutina de Bella Inés no por lo que ella decía, sino por los lugares que ocupaba.

Desde la galería que daba a la parte posterior de la hacienda, Brent la observaba perderse en el mar de verde de las plantaciones.

Allí, bajo el sol implacable, ella no era la dama de etiqueta, sino una sombra dinámica que supervisaba el ritmo de los ingenios azucareros.

Podía verla discutiendo con los capataces el estado de las calderas o examinando la molienda de la caña con los brazos cruzados y el porte severo de un capitán de navío.

No era una inspección administrativa; era un escrutinio táctico, como si estuviera asegurándose de que cada pieza de su patrimonio estuviera lista para la guerra.

Cuando las mareas cambiaban y la jornada se desplazaba hacia el frente, Brent la divisaba desde los ventanales que daban al océano.

Allí, en los muelles de reparación que ella misma había mandado ampliar, Bella Inés se transformaba.

La veía descender a pie de obra, con las botas cubiertas de alquitrán, supervisando la carga de los barriles o corrigiendo la inclinación de los mástiles del Tornado.

A veces, la luz del atardecer la capturaba mientras ajustaba la precisión de un cañón con sus propias manos, el cabello castaño suelto y desordenado por el viento salino.

Para Brent, era un espectáculo desconcertante.

Cualquier otra dama de la alta sociedad se habría consumido en el tedio o se habría refugiado en la frivolidad de las joyas y los encajes.

Pero Bella Inés habitaba su propiedad como si fuera un navío de guerra fondeado en tierra firme.

No buscaba la belleza para ser admirada, sino la eficiencia para ser invencible.

Y mientras él la observaba moverse entre sus hombres con esa autoridad natural, Brent comprendía que, para la Rosa Negra, la hacienda no era un refugio, sino un arsenal.

Bella Inés no administraba su hacienda desde un escritorio de caoba; la gestionaba desde el terreno, con una mano en el sable y la otra en los libros de cuentas, analizando cada detalle de la producción con la misma frialdad técnica con la que trazaba una ruta de navegación.

A veces, la encontraba a la luz de las antorchas, practicando esgrima contra dos de sus hombres de confianza en el patio, sus movimientos eran tan fluidos y letales que Brent olvidaba por un momento que era su prisionero.

Ella no buscaba ser hermosa para los demás, sino temible para sus enemigos.

Al verla caminar por las estancias, no como una señora que habita un hogar, sino como una mujer que ocupa una fortín, Brent comprendió que el apodo de «Rosa Negra» no era en vano.

Era una mujer que había borrado la línea que separaba el estrado de la cubierta y, en su incansable actividad, había encontrado una nueva forma de admiración que le revolvía las entrañas: no gobernaba por derecho de sangre, sino por derecho de fuerza, y en aquel dominio absoluto era la única soberana de su propio destino.

La tormenta llegó sin aviso. Truenos que sacudían las tejas, relámpagos que iluminaban los cañaverales como si fueran fantasmas blancos, lluvia que golpeaba el tejado como metralla.

Bella Inés no podía dormir. El ruido le recordaba el abordaje, el crujir de la madera, los gritos.

Bajó al salón principal envuelta en una bata ligera de algodón sobre el camisón fino, descalza, con el pelo suelto cayéndole por la espalda hasta las caderas.

Encendió una lámpara de aceite y se sentó junto a la ventana abierta, mirando la lluvia.

Oyó pasos. Brent apareció en el umbral del pasillo, con la camisa blanca abierta en el pecho y el hombro derecho aún marcado por una cicatriz rosada que brillaba bajo la luz.

No llevaba grilletes; el capataz de guardia se había retirado por orden de ella.

La casa estaba bien vigilada. Él no podría escapar, aunque quisiera.

—¿Vuestros remordimientos os impiden dormir? —preguntó él sarcásticamente, pero con la voz baja para no despertar a la casa.

Bella Inés no se volvió. Esas pullas eran parte de la identidad del inglés.

—Presumo que a vos os sucede lo mismo.

Brent se acercó despacio y se detuvo a tres pasos. Miró la lluvia con la misma melancolía que ella.

—Esta tormenta me recuerda el día que os vi por primera vez. El humo. Los gritos. El peso de vuestro sable en mi hombro.

Se hizo un silencio, roto solo por el tamborileo de la lluvia. Brent se sentó en la silla frente a ella, y apoyó los codos en las rodillas. Bella Inés habló sin mirarlo, con la vista perdida en la oscuridad exterior.

—No vi morir a mi padre. Pero me dijeron que no gritó. Solo miró al cielo, como si buscara algo. Cerró los ojos un instante, apretando los párpados —le dijo él casi en un susurro.

—Miraba al cielo porque sabía que no volvería a veros. Tampoco a vuestra madre…. Pero no sufrió, mostré la clemencia que habría querido para mi padre.

Brent la miró fijamente. Jamás habría esperado esa confesión por parte de ella, y en cierto modo le provocó alivio.

—¿Y vos? ¿Qué veis cuando miráis al cielo?

Bella Inés abrió los ojos. Por primera vez, su voz, siempre firme como una orden de combate, tembló ligeramente. Quería levantarse, marcharse, pero algo la retuvo.

—Veo distancia. Ausencias. Cartas que tardan meses en llegar. Noches rezando por un barco que no vuelve. Veo a mi madre enloquecida, murmurando a la Virgen. Veo mi casa vacía. Veo… todo lo que me quitó vuestro padre.

Brent guardó un largo silencio antes de responder.

—Y yo veo a mi madre esperando cartas que nunca llegaron. Veo a mi hermana llorando. Veo el castillo de Lydd más frío cada invierno. Veo… exactamente lo mismo que vos.

Bella Inés lo miró entonces. Realmente lo miró. No como a un prisionero de guerra ni como al hijo de su enemigo, sino como a un hombre que habitaba el mismo desierto emocional que ella.

—¿Y por eso fuisteis en mi busca? —preguntó ella—. ¿Para intentar llenar ese vacío con mi sangre?

Brent negó con la cabeza lentamente.

—Fui porque creía que era lo correcto. Porque el honor lo exigía. Pero ahora… ahora ya no sé qué es lo correcto.

Un trueno retumbó con fuerza y la lámpara parpadeó. Bella Inés se levantó y caminó hasta la ventana; la lluvia le salpicaba el rostro, pero no se apartó.

—Cuando os clavé el sable —dijo sin volverse—, pensé que sentiría paz. Que el vacío se llenaría, pero no fue así. Solo sentí… cansancio. Y luego, cuando os vi vivo y encadenado, sentí algo peor: que la venganza no terminaría nunca, que solo cambiaría de forma.

Brent se levantó también y se acercó hasta quedar a un paso de ella.

—¿Y qué sentís ahora?

Bella Inés se volvió. Estaban tan cerca que podía oler el jabón de su camisa y el leve rastro de sal en su piel.

—Siento… que os mostráis demasiado osado con vuestra carcelera.

Brent alzó la mano despacio, sin llegar a tocarla, dejando que sus dedos rozaran apenas el aire cargado de tensión entre ambos.

—¿Qué pasará cuando se cumpla el año de mi cautiverio? ¿Me dejaréis marchar de verdad?

—Siempre cumplo mi palabra —respondió ella con voz seca—. Si me dais la información que os reclamo. Os liberaré.

La lámpara se apagó tras un relámpago cercano, dejándolos en una penumbra azulada. Brent habló en un susurro:

—Entonces… ¿qué hacemos con estos meses que restan?

Bella Inés dio un paso más. Sus rostros estaban a centímetros.

—Depende de vos. Si me dais lo que busco, os dejaré libre y podréis iros de aquí como si el mar no existiera. Como si no hubiera patentes ni deudas de sangre. Solo dos personas que perdieron lo mismo: dos padres.

Lentamente, Bella Inés alzó la mano y tocó la cicatriz de su hombro.

Con suavidad, casi como una caricia extraña.

Brent cerró los ojos, estremeciéndose ante el contacto.

Por primera vez, ninguno de los dos habló de odio.

La tormenta siguió rugiendo fuera, pero dentro de los muros de la Hacienda Guzmán, algo nuevo e imposible empezaba a crecer .

***

El calor caribeño había alcanzado su punto más cruel: un sol vertical que quemaba la piel y un aire tan denso que se respiraba con esfuerzo.

El zumbido constante de los insectos y el olor dulzón de la caña madura lo impregnaban todo.

Los sirvientes trabajaban de sol a sol, con los capataces gritando órdenes y las ruedas de los ingenios girando sin descanso.

Dentro de la casa principal, la vida seguía su ritmo lento, cargado de una tensión contenida que amenazaba con desbordarse.