CAPÍTULO 17 #2
Semanas después, la fiebre regresó a reclamar al prisionero.
Bella Inés ordenó que el médico lo atendiera día y noche, porque una presa muerta perdía toda su valía como moneda de cambio.
En la madrugada del segundo día, con una tormenta tropical sacudiendo la hacienda, ella entró en la estancia.
Lo encontró ardiendo; se sentó a su lado y le aplicó paños fríos con una mano que no tembló. Brent, delirando, balbuceó:
—Padre… el mascarón… la sirena…
Bella Inés se quedó allí, en la penumbra, observando a su enemigo mientras la fiebre bajaba. Sentía cómo la línea que los separaba, antes una muralla de hierro, se volvía peligrosamente delgada, como una membrana a punto de romperse.
Cuando Reiner se recuperó, el campo de batalla se trasladó a un tablero de ajedrez gastado. Las partidas eran sus interrogatorios. Movimientos de flanco, sacrificios, trampas silenciosas. Tras una derrota, Brent dejó caer el rey.
—Jugáis como lucháis —dijo—. Sin piedad, pero con una paciencia que no esperaba en una mujer.
—Y vos jugáis como vuestro padre —respondió ella—. Audaz en el inicio, pero predecible en el final.
Al menos ya no lo llamaba «filibustero» con desprecio, aunque tampoco le concedía el alivio de pronunciar su nombre.
Una noche de lluvias torrenciales, la tensión estalló de otra manera.
Bella Inés entró empapada, con la capa chorreando sobre las baldosas.
Brent observaba la tormenta a través de los barrotes.
—¿No dormís? —preguntó ella.
—No con truenos —respondió él sin mirarla—. Me recuerdan al abordaje del Merciless. Al día en que os vi entre el humo.
Bella Inés se acercó y se sentó, dejando que el frío de la lluvia impregnara la habitación.
—¿Qué visteis, capitán? —se decidió a preguntarle, aunque no le interesaba.
—A una mujer que no conocía el miedo —respondió él con voz ronca y sosteniéndole la mirada—. Que mataba sin dudar y que… después de hundir el acero en mi hombro… no sonrió. Solo pronunció el nombre de su padre. Como si eso bastara para purgar la sangre.
—¿Y bastó? —preguntó ella, clavándole unos ojos que exigían una verdad.
—Entonces sí, ahora no.
El respeto empezó a brotar entre ellos como una mala hierba en una grieta. Se confesaron trozos de sus vidas: ella, su desprecio por los piratas ingleses y el sabor a sal; él, los acantilados de caliza de su hogar. Una tarde, Brent lanzó la pregunta que llevaba meses guardando:
—Podríais haberme matado en la cubierta. ¿Por qué no lo hicisteis?
Bella Inés evitó sus ojos. Volvían a lo mismo siempre. Ella le había dejado claro que estaba vivo por la información que poseía, y porque ella era buena cristiana.
—Porque matar a un hombre es solo cerrar un libro. Hacer que viváis sabiendo que yo decido vuestro destino… eso es poder. Quiero que entendáis quién os ha vencido antes de que el tablero se vacíe.
Brent movió su pieza con lentitud.
—Mi destino solo lo decido yo, señora…
Bella Inés alzó el rostro. Por primera vez, el desafío en sus ojos se transformó en un reconocimiento que le heló la sangre a Brent.
—Todavía no sois consciente de que tengo vuestra vida y la de vuestra familia en mis manos —dijo ella—. Si me dais la información que solicito, vuestra familia no catará la sed de venganza que insufláis con vuestro silencio.
Brent entendió de inmediato que ella podría enviar espías y asesinos a sus dominios y cobrarse la vida de su madre. Se había creído el gato que persigue el ratón, pero ahora veía claro que era justo al revés.
Comenzó a soltar nombres, rutas y claves.
Bella Inés escuchaba, anotando mentalmente cada dato.
Sabía que gran parte de esos datos eran ponzoña, información manipulada para atraer a sus hombres a una trampa, pero ella la aceptó con la misma frialdad con la que él la entregaba.
Ambos estaban jugando a dos bandas: él creyendo que la engañaba, ella agradeciendo que él fuera lo suficientemente predecible para que ella pudiera preparar su propia contracarta.
Bella Inés se alejó bruscamente. La llave giró en la cerradura con un chasquido metálico. Esa noche, el silencio fue más pesado que nunca. El odio seguía allí, pero ya no era lo único que gobernaba sus almas. Algo oscuro, profundo y sin nombre, había empezado a echar raíces.
Cuando ella se marchó, Brent permanecía en la penumbra, con la espalda apoyada contra la pared.
Había esperado, tras su captura, la cadena, el calabozo húmedo o la humillación pública que él mismo habría infligido a un oficial enemigo de su rango.
Sin embargo, la Rosa Negra lo trataba con una severidad que no buscaba romperlo, sino neutralizarlo.
Ella no era una carcelera cruel; era una estratega que, incluso en su hostilidad, mantenía un código de honor que le resultaba incomprensible y, a la vez, irritante.
La información que ella buscaba no tenía como fin el lucro personal ni la tortura, sino la protección de un convoy que navegaba hacia el reino de España.
Pero el juego de ajedrez que compartían, bajo la luz mortecina de los quinqués, se había convertido en un campo de batalla mucho más íntimo.
Brent, en sus momentos de silencio, ya no calculaba solo los movimientos del tablero.
Sus ojos, antes llenos de rectitud naval, se perdían en los detalles de la mujer que tenía enfrente: la cascada de su cabello castaño cayendo sobre sus hombros con una textura que se preguntaba qué sentiría al tocarlo; el tic casi imperceptible de Bella Inés al morderse el labio inferior cuando evaluaba una apertura, una vulnerabilidad que lo desarmaba.
A veces, ella levantaba la vista y él se sentía atrapado, no por estar encerrado en ese habitáculo pequeño para un hombre de su tamaño, sino por la intensidad de su mirada.
Había una fisura en el acero de la Rosa Negra, y Brent empezaba a comprender, con un terror fascinado, que la cacería había mutado.
Ya no perseguía a una criminal; estaba cautivado por una mujer que desafiaba todas sus certezas.