CAPÍTULO 17
Hacienda Guzmán, costa norte de Santo Domingo.
La Hacienda Guzmán olía a melaza, a tierra húmeda y hogar. Cuando el Tornado atracó, su casco era un mapa de astillas y cicatrices, pero el pabellón de la rosa seguía en lo más alto.
Bella Inés bajó a tierra con el paso firme.
Detrás, cuatro hombres arrastraban a Brent Reiner.
El inglés era un espectro: el hombro vendado que supuraba sangre oscura, el muslo rígido le obligaba a arrastrar la pierna, y la fiebre le encendía los ojos con un brillo de muerte.
Aun así, mantuvo la barbilla alta mientras cruzaba el camino de arena, ignorando las miradas de los trabajadores que se apartaban a su paso.
Bella Inés lo sentó en su despacho, un salón de techos altos y suelo de baldosa fría. Se quitó el broche de plata y lo dejó caer sobre la mesa de roble con un golpe seco.
—Inglés… —dijo, su voz era cortante como el filo de un sable—. Aquí se produce todo lo que vuestro padre nos robaba. El azúcar, el ron, el café. Todo es mío. Y ahora… vos también.
Brent, encadenado a la silla y custodiado por dos marineros rudos, la miró con el desprecio de un animal acorralado.
—No soy propiedad de nadie.
Bella Inés sonrió con una mueca gélida.
—Aquí, en Santo Domingo, los prisioneros se venden al mejor postor. Podría sacarle doscientos doblones a cualquier plantador francés si os vendo como esclavo. Os pudriréis cortando caña bajo este sol hasta que la fiebre os deshaga. Sería un final lento y miserable.
Brent apretó los dientes, sintiendo las cadenas clavándose en sus muñecas.
—Entonces hacedlo. Prefiero el sol que escucharos.
Bella Inés se levantó y se acercó a la ventana, observando los campos infinitos. Brent aprovechó para mirar a los hombres que la custodiaban. En sus ojos podía ver que ellos preferían verlo muerto.
—Tengo dos rutas para vos. La primera es el mercado de esclavos en las colonias; desapareceréis allí como un perro callejero.
La segunda… es un año de encierro bajo mi techo.
Tendréis comida decente, médico y libros.
A cambio, me detallaréis los planes del Almirantazgo en el Caribe: sus rutas, sus códigos y los nombres de los capitanes que buscan hacerse con navíos españoles.
Al cabo de ese año, os dejaré partir con un bote y víveres para que regreséis a casa y contéis que la Rosa Negra os retuvo, pero os perdonó la vida por honor.
El inglés soltó una carcajada amarga, un sonido que le desgarró los pulmones y le arrancó una mueca de dolor.
—¿Honor? ¿Tras lo que le hicisteis a mi padre?
Bella Inés lo taladró con la mirada, gélida y absoluta.
—A diferencia de vuestro padre, que no dejó rastro de humanidad en sus actos, yo os ofrezco una opción. Elegid bien, capitán; vuestra vida pende de un hilo que yo misma sostengo.
El silencio se estiró en el camarote, cargado de la humedad salina y el olor a sangre.
Brent cerró los ojos, con la fiebre nublándole los sentidos, pero su mente trabajaba con la precisión de un cronómetro.
Un año. En un año podría descubrir secretos, sembrar discordia o simplemente aguardar el momento exacto.
Le daría información, sí, pero sería ponzoña disfrazada de verdad; llevaría a los capitanes de Bella Inés directamente a una trampa mortal de la Marina Real.
—Acepto el trato —dijo con esfuerzo, la voz apenas un siseo—. No trataré de huir. A cambio, exijo vuestra promesa de que cumpliréis vuestra palabra.
Bella Inés asintió una sola vez, impasible.
—Dadme vuestra palabra, no un gesto que puede interpretarse de mil formas.
—Tenéis mi palabra —afirmó ella, aunque no era ingenua; sabía que detrás de esos ojos grises bullía una conspiración.
Lo encerraron en el ala este, un cubículo con mosquitero, una mesa austera y rejas de hierro que dividían su mundo del horizonte. Tras desplomarse sobre el catre, Brent observó el mar fundiéndose con el cielo. Un año. Solo tenía que sobrevivir un año. Y después, el halcón volvería a volar.
Mientras tanto, en el despacho, Bella Inés permanecía en silencio, con la mirada clavada en la plantación. Su lugarteniente, Daniel, rompió el mutismo:
—No tiene la menor intención de traicionar a su reino, señora. Os está engañando.
—Soy consciente —respondió ella, sin parpadear—. Pero tengo mis formas de hacerle hablar, y mi paciencia es mucho más larga que su lealtad.
—Es un maldito inglés —insistió Daniel—. Os cortará el cuello a la mínima oportunidad. Esta falsa piedad será vuestra tumba.
—No es piedad, Daniel —murmuró ella, girándose para enfrentarlo—.
El capitán Reiner es más útil vivo que muerto.
Con la información que guarda en esa cabeza, puedo proteger las rutas de nuestro comercio y salvar a los capitanes del reino.
Antes de mi patente, lo habría degollado en el Merciless sin dudar, pero ahora…
soy una súbdita y debo fidelidad a la Corona.
Daniel soltó un suspiro de resignación, aunque su escepticismo seguía intacto.
—No os dará nada real.
—Admito que es posible —susurró Bella Inés, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—.
Pero entonces conocerá la lentitud de una vida encadenada.
Es justicia, Daniel. Que viva sabiendo que lo tuve a mis pies, que lo vencí en su propio terreno y que, para la Rosa Negra, su muerte no era necesaria para demostrar mi victoria.
***
Los primeros días en la hacienda fueron una tortura de quietud.
Brent habitaba una celda de lujo, pero cada bocado sabía a cadena.
Bella Inés lo ignoró durante una semana, dejándole cocer en su propio orgullo y en el zumbido incesante de los insectos caribeños.
Cuando finalmente entró, el naranja violento del ocaso bañaba la estancia.
Brent estaba junto a la reja, con un manual de navegación entre las manos. No se levantó.
—Señora —dijo él, con una cortesía hiriente—. ¿Vuestro guardia se aburre? He notado que el clic de su mosquete es lo único que marca el paso de mis días.
Bella Inés se apoyó en la mesa, invadiendo su espacio personal con la seguridad de quien es dueña de la propiedad.
—Para vos soy capitana. ¿Cómo está vuestra herida?
—Duele. Pero no lo suficiente para callarme —Brent flexionó el brazo con una mueca—. ¿Venís a medir el precio de mi carne antes de subastarme?
Bella Inés caminó hasta la ventana, su silueta bloqueaba la luz del sol.
—No os equivoquéis, inglés —respondió, con una voz afilada como un látigo—.
Os mantengo bajo mi techo no por caridad, sino por estrategia.
Me prometisteis información sobre las patrullas del Almirantazgo en el Caribe y el despliegue de vuestra flota.
Cada día que pasáis aquí sin abrir la boca, vuestro valor como rehén cae en picado.
Y cuando ya no tengáis valor político, pasaréis a ser una herramienta de carga.
Brent apretó el libro hasta que le blanquearon los nudillos.
—Qué farsa tan elaborada. Me curáis el hombro solo para que os entregue los secretos de mi Corona.
—Exacto —respondió ella, dándose la vuelta para clavarle los ojos—.
La información que tenéis vale más que todas las toneladas de azúcar que saldrán de esta plantación este año.
Los plantadores pagan por mano de obra, pero yo pago por rutas seguras y nombres de capitanes saqueadores.
Si me dais un nombre de un convoy británico, hoy mismo os envío vino y sábanas limpias.
Si me dais una ruta de patrulla, os permitiré caminar por el patio.
El precio de vuestra libertad está tasado en secretos militares.
Brent soltó una carcajada cargada de veneno.
—No obtendréis una sola coordenada. Podéis enviarme al cadalso caribeño, podéis dejar que me rompa la espalda cortando caña, pero cada gramo de azúcar será un recordatorio de que no pudisteis doblegarme.
Bella Inés se inclinó sobre él, el aroma a salitre y pólvora inundaba la habitación.
—El tiempo es un enemigo más cruel que cualquier abordaje, filibustero.
Pensáis que sois un héroe porque aun oléis al puente de mando de vuestro barco pero esperad.
Esperad a ver cómo el Tornado zarpa una y otra vez mientras vuestra persona se pudre aquí, escuchando el crujir interminable de la caña.
Todos habláis al final. Todos vendéis vuestra lealtad por la vana esperanza de ver Inglaterra otra vez.
—Vuestro padre se avergonzaría —escupió él, con los ojos inyectados en odio—. Una negrera disfrazada de dama. Eso es lo que sois.
El golpe fue tan rápido que Brent apenas lo vio venir: una bofetada seca, un sonido húmedo que resonó en el cuarto. La mejilla de Brent se tiñó de un rojo vivo, pero Bella Inés no parpadeó. Su rostro era una máscara de piedra.
—Mi padre murió defendiendo su honor —dijo ella, con una calma aterradora—.
El vuestro murió intentando arrebatarme el mío.
Si para limpiar el nombre de los Hidalgo debo ser vuestra carcelera, así será.
Pero recordad esto: prefiero tener vuestra información que vuestra cabeza.
Por ahora. Disfrutad de vuestro libro, inglés.
Y rezad para que cuando el hambre y el silencio os venzan, me quede algo de paciencia.
Salió sin mirar atrás. El sonido de la llave girando en la cerradura fue definitivo, dejando a Brent en la penumbra, con el ardor en la cara y una rabia que le quemaba más que la herida del hombro .
***
La vida en la Hacienda Guzmán se convirtió en un juego de sombras y silencios. El odio, una vez puro y cristalino, empezó a enturbiarse con la convivencia forzada y el peso de las largas horas.
Las cuatro primeras semanas fueron un ejercicio de resistencia.
Brent se parapetaba en un mutismo castrense que a Bella Inés le costaba horrores romper.
Ella lo visitaba, interrogándolo con la precisión de un cirujano sobre las rutas del Almirantazgo.
Él respondía con evasivas o con un silencio que ella solo cortaba con frases como: «El mar no tiene rey.
Solo tiene a quien lo domina. Y yo domino cada milla que vuestra flota cree poseer».