CAPÍTULO 16
El Atlántico era un espejo gris bajo un cielo que amenazaba con estallar.
El Tornado avanzaba con toda la lona arriba, velas negras y el pabellón español retorciéndose como una lengua de fuego.
Bella Inés, en el alcázar, no quitaba el ojo al horizonte.
Tenía las botas clavadas en la madera y el catalejo tan apretado que le dolían los dedos.
Daniel no decía nada. El contramaestre, arriba, en la cofa, parecía una gárgola de piedra.
—¡Vela a estribor! ¡Tres palos! —el grito bajó como un latigazo.
Bella Inés levantó el catalejo. Ahí estaba. El Merciless II. Casco negro, ribetes dorados ya desconchados y el halcón de proa desafiando a las olas.
—No es casualidad —escupió Bella Inés—. Nos ha olido.
—Navega ligero —apuntó Daniel, con la voz seca—. No huye. Viene a por nosotros.
Los ojos de Bella Inés ardían.
—Izad la bandera. La de la rosa. Que vea las espinas.
En cuanto la tela negra subió al palo mayor, el bergantín inglés, a siete millas, cambió ligeramente de rumbo. Brent Reiner estaba allí, al mando, clavado en su alcázar. A esa distancia, no podías verle la cara, pero podías sentir su mirada.
—Que sepa que le veo —dijo Bella Inés—. Preparad estribor. Bala rasa primero, metralla después. Esperad mi señal. Nada de disparar antes de que le vea los dientes.
La tensión en cubierta se podía cortar con un sable. Nadie hablaba. Solo se escuchaba el crujir de la madera y el viento flojo. A tres millas, Brent ordenó izar la Union Jack. Un desafío en toda regla. Bella Inés sonrió; una sonrisa sin alegría, afilada como un cuchillo.
—Ahí está el hijo. A ver si tiene el acero del padre.
A una milla y media, Brent ordenó izar la bandera blanca. Parlamento. Bella Inés soltó una carcajada seca, un sonido destemplado que se perdió entre el crujir de las cuadernas.
—Quiere parlamentar antes de morir —murmuró Bella Inés con la mirada fija en la silueta del Merciless II—. ¡Bandera blanca! ¡A ver qué tiene que decir el inglés!
Daniel, a su lado, apretó los dientes, dando un paso adelante. Su rostro era una máscara de preocupación y frustración.
—Capitana, no podemos detenernos —protestó con la voz tensa y la miradas cauta—. Estamos en una posición de ventaja; si bajamos la guardia para parlamentar, les estaremos regalando el tiempo que necesitan para reparar jarcia o posicionar los cañones. Al enemigo no se le da ni una sola ventaja.
Bella Inés lo miró con la calma gélida de quien ya ha tomado una decisión irrevocable.
—Las reglas del mar no son sugerencias, Daniel, son los hilos que mantienen este mundo fuera del caos absoluto —respondió, cortante—.
Y mientras yo ostente esta patente real, no puedo ignorar la bandera blanca sin manchar el honor que tanto me ha costado asegurar.
No será el inglés quien decida cuándo se rompe la ley, seré yo quien decida cuándo se aplica.
Daniel quiso replicar, pero el brillo en la mirada de su capitana le cerró los labios. Bella Inés se giró hacia el timonel, señalando la orden con un gesto firme.
—Reducid vela. Vamos a escuchar qué tiene que decir ese inglés antes de enviarlo al fondo.
Ambos barcos derivaron, perdiendo velocidad hasta quedar a una distancia peligrosa.
El viento soplaba con fuerza, un murmullo constante que amenazaba con devorar cualquier palabra.
Brent apareció en la borda, alzando una bocina de metal a sus labios; el instrumento amplificó su voz, dándole un tono metálico y espectral que cortó el aire:
—¡Soy Brent Reiner! ¡Y vengo a cobrar una deuda de sangre!
Bella Inés se mantuvo impasible, el viento azotaba su abrigo de piel negra. No necesitó bocina; su voz, educada en el mando de hombres rudos, poseía una proyección natural que cortaba el viento como un latigazo. Su respuesta llegó clara, cargada de un veneno que no requería artificios:
—¡Vuestro padre mató al mío! ¡Yo saldé esa deuda de sangre! ¡Preparaos para el infierno!
Como Bella Inés no utilizaba bocina de metal, a él le resultaba mucho más difícil entender cada una de sus palabras lanzadas al aire.
—¡Rendíos, maldita! —rugió él, con la voz quebrándose por la intensidad—. ¡Cara a cara! ¡Sable contra sable! ¡Uno de nosotros no volverá a ver el sol de mañana!
Bella Inés bajó las manos y lo miró fijamente, con la calma de quien ha dictado una sentencia de muerte.
—¡Venid a buscarme si tenéis valor! ¡Pero sabed que el nombre de mi padre será lo último que escuchéis antes de ir a pique!
La bandera blanca cayó en ambos navíos casi al unísono. El silencio que siguió fue absoluto. La capitana desenvainó su espada, el metal brilló bajo el gris mortecino, y su orden fue apenas un susurro que su tripulación captó al vuelo:
—¡Fuego!
El Tornado escupió una hilera de llamas. El retroceso sacudió el barco como un terremoto. El humo blanco ocultó todo por un segundo. Cuando se disipó, se vieron los destrozos en el Merciless: el casco astillado, un costado destrozado, la verga del juanete colgando.
Pero el inglés no se quedó quieto. El Merciless respondió con un trueno que hizo vibrar el agua. Una bala de veinticuatro libras se llevó medio palo mayor del Tornado, haciendo caer la jarcia como una maraña de serpientes muertas. Dos artilleros de Bella Inés cayeron, convertidos en pulpa roja.
—¡Virad! ¡Ganad el barlovento! —gritó Bella Inés, sin parpadear ante los restos de sus hombres—. ¡Metralla! ¡Llenadles la cubierta de hierro!
El Tornado viró, cerrando el ángulo con una maniobra suicida.
La distancia se redujo a nada. Los cascos chocaron con un estruendo que hizo astillas los trancaniles y el aire se llenó del olor a pólvora quemada y carne chamuscada.
La segunda andanada de Bella Inés fue una carnicería; la metralla barrió la cubierta de Brent, convirtiendo el barco enemigo en un matadero.
—¡Garfios! ¡Abordaje! —aulló Brent, con el rostro desencajado por la furia.
El impacto fue brutal. El Tornado se fijó al costado enemigo como una garrapata de guerra.
Bella Inés fue la primera en saltar. Aterrizó en la cubierta inglesa con un salto felino, pero un mosquetazo rozó su hombro, haciendo que su brazo izquierdo se adormeciera al instante.
No le importó. Se abrió paso entre los gritos de los moribundos, convertida en un torbellino de acero.
No era esgrima de salón; era una danza brutal de supervivencia donde cada estocada buscaba un corazón.
El estrépito de los cañones se diluyó hasta convertirse en un zumbido sordo, una neblina de pólvora que lo envolvía todo, arrastrándolos a ambos hacia un destino que ninguna patente real pudo evitar.
Allí, rodeado por el humo y los despojos de una batalla que ambos habían marcado en la piel del otro, estaba él.
—¡Rosa Negra! —rugió Brent, lanzándose al encuentro con la furia de un hombre que ha perdido su norte.
—¡Filibustero! —respondió ella, con una voz que era puro veneno, el sable listo para una estocada definitiva.
El impacto fue volcánico, un choque de voluntades que detuvo el mundo a su alrededor. Pero en aquel instante, cuando las hojas de acero quedaron trabadas en un bloqueo perfecto, el tiempo se quebró.
Sus rostros quedaron a escasos centímetros.
Y entonces, el reconocimiento los golpeó con la violencia de una marea alta.
Los ojos de Brent, antes ciegos por la ira, se clavaron en los de ella: oro líquido, brillante, una mirada que él recordaba haber visto en la penumbra de una taberna, en aquel silencio cargado de humo donde dos desconocidos se habían sentido, sin saber que eran el principio del fin del otro.
Bella Inés, con el pecho agitado por el esfuerzo, sintió cómo el odio se volvía algo más complejo, más peligroso. Aquellos ojos grises, tormentosos, helados como un invierno en alta mar, eran los mismos que le habían provocado un escalofrío en la nuca semanas atrás.
Habían estado tan cerca… tan cerca de reconocer que no eran solo enemigos, sino dos espejos de la misma tragedia.
El primer choque de sables hizo vibrar sus muñecas.
Brent era pura potencia; cada estocada era un mazo que buscaba romperle los huesos.
Bella Inés, recordándose a sí misma las largas noches de práctica bajo la lluvia, se movía como un espectro, esquivando por milímetros.
Pero la fuerza bruta del inglés pasó factura: un tajo le abrió el muslo, haciéndola caer de rodillas.
El dolor le nubló la vista, pero el odio —ese fuego que le quemaba el pecho— la obligó a ponerse en pie.
Brent estaba asombrado, jamás habría esperado tal destreza en una mujer.
Pero se movía ágil, y sabía controlar el sable.
Pero él contaba con la fuerza bruta, y cuando ella hizo un quiebre, él la embistió con su cuerpo desestabilizándola.
Rodaron por la cubierta, mezclando su sudor con la sangre que ya empapaba las tablas.
Brent intentó ahorcarla con sus manos, presionando su garganta hasta que los puntos negros danzaron ante sus ojos.
Con un resto de lucidez agónica, Bella Inés le propinó un rodillazo en los testículos y, mientras él se retorcía, le hundió la daga en el muslo, forzándolo a soltarla.
Se levantaron jadeando, ella al límite de sus fuerzas.
Brent, ciego por la rabia, lanzó un estacazo desesperado que buscaba decapitarla.
Bella Inés, intuyendo el movimiento antes de que ocurriera, no retrocedió; se dejó caer bajo el arco del sable y le hundió su acero en el hombro derecho.
Brent soltó el sable con un rugido ahogado y colapsó.
Bella Inés se puso sobre él, pesada, inestable, con la sangre manando de sus propias heridas.
Le puso el sable en el cuello. No había gloria en su rostro, solo el peso de la muerte y el eco de un pasado que, finalmente, se desvanecía.
Sus manos, aunque temblorosas por el esfuerzo y el daño recibido, no vacilaron al imponer el final.
—Pedro Hidalgo de la Rosa —le escupió golpeándole la cabeza con la empuñadura del sable.
La cabeza de Brent rebotó en la madera al recibir el golpeó y quedó inconsciente. El resto de la tripulación inglesa tiró las armas al ver a su capitán caído. El Merciless ardía por todas partes, un esqueleto de fuego en medio del mar.
—Encadenadlo —ordenó Bella Inés, limpiándose la cara manchada—. Lo quiero vivo. Que sufra al ver que lo pierde todo. Hundid el barco.
El Merciless se fue al fondo con un crujido agónico. Bella Inés miró el remolino de espuma negra.
—El mar ha decidido —dijo, dando media vuelta.
El camarote del Tornado estaba impregnado de un olor acre a alcohol, sangre seca y pólvora.
Mientras el médico de a bordo, un hombre de manos callosas y expresión sombría, limpiaba las heridas de Bella Inés, ella apenas permitió que un leve siseo escapara de sus labios.
El corte en el muslo, profundo y limpio, requirió varios puntos de sutura, y la quemadura de la bala que le había rozado la parte exterior del hombro le dejaba la piel en carne viva, ardiendo como si aún tuviera el metal incrustado.
Bajo la luz oscilante del quinqué, su rostro contaba la historia del enfrentamiento: un hematoma violáceo se extendía ya alrededor de su ojo, cerrándolo parcialmente, y el dolor en sus costillas era una punzada aguda cada vez que intentaba respirar con profundidad.
Daniel de Mendaña, que había permanecido en la sombra del umbral observando la escena, se acercó cuando el médico terminó de vendarla. No había alivio en su mirada, solo un reconocimiento solemne de la realidad.
—Descansad, capitana —ordenó Daniel, antes de volverse hacia la Marquesa, que permanecía sentada con la espalda rígida, desafiando a su propio cuerpo—.
Habéis ganado, pero el precio ha sido una carnicería.
Si no fuera por el entrenamiento de años que lleváis en la sangre y por esa voluntad vuestra que parece no conocer el cansancio, cualquier otra mujer habría caído al primer choque de sables.
Estáis hecha de hierro, pero incluso el hierro se parte si se golpea con demasiada frecuencia.
—Curad a los prisioneros —le ordenó Bella Inés al médico.
El Tornado puso rumbo al sur, dejando atrás el humo y los restos. Bella Inés creía haber ganado. Pero en la oscuridad de la bodega, Brent Reiner, encadenado y herido, abrió los ojos y dejó escapar una sonrisa oscura. Estaba vivo. Y eso era todo lo que necesitaba.