El Halcón y la Rosa CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

El amanecer en Nassau no traía frescura, solo un calor pegajoso que olía a salitre.

El Merciless II entró en el puerto con la cautela de un depredador en territorio ajeno; sus velas reducidas y el pabellón británico arriado a medias eran una concesión necesaria a la peculiar «paz» de las Bahamas.

Brent Reiner, apostado en el alcázar desde la medianoche, bajó el catalejo con una mueca de frustración.

El horizonte rosado no revelaba rastros de madera negra ni de lonas carmesí.

Solo el habitual hormiguero de Nassau: mercantes holandeses, balandras de contrabando y el eco de canciones de taberna que aún no se apagaban.

Brent bajó a tierra con una escolta mínima pero letal. Aunque vestía de civil, su espalda recta y la mano siempre cerca del sable oculto bajo la capa delataban su oficio.

En el Black Anchor, el tabernero medio ciego seguía pasando el mismo trapo sucio por la madera astillada. Brent dejó caer un doblón de plata.

—Busco información —dijo, con voz baja y cortante—. Un navío español. Velas negras con ribetes carmesí.

El tabernero sonrió, mostrando el vacío de sus dientes negros.

—Ah, la Rosa Negra. Estuvo aquí hace diez días. El Tornado fondeó al atardecer y se perdió con el alba. Ella misma bajó a tierra; se sentó justo en esa mesa. Escuchó, pagó y se fue sin hacer ruido.

Brent se inclinó, invadiendo el espacio del hombre.

—¿Hacia dónde puso proa?

—Dicen que, a Santo Domingo, al sur. Pero no tomó la ruta directa. Rodeó por el norte... le gusta despistar. Dejó ojos aquí: le dio oro a un piloto portugués que zarpó al día siguiente. Probablemente para avisarla si alguien husmeaba por su rastro.

Brent apretó la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. Diez días de ventaja. En el mar, eso era una eternidad. El rastro de una mujer que sabía que la estaban cazando era siempre una serie de espejismos.

Ya de vuelta en el Merciless II, Brent desplegó la carta náutica.

—Hace diez días estaba aquí —le dijo al contramaestre—. Si el capitán portugués no mintió bajo el cuchillo, está jugando con nosotros. Nos quiere en la ruta obvia para podernos ver venir desde lejos.

El contramaestre trazó una parábola con el dedo.

—Madeira o Canarias. Lugares donde puede reponer suministros sin problemas.

Brent fijó la vista en un punto vacío del mapa.

—Entonces cambiaremos el juego. No iremos directos a Santo Domingo; vamos a interceptar la ruta norte-sur.

Y para asegurarnos, envía un bote a Tortuga con dos hombres.

Que siembren el rumor de que el Merciless II va a toda vela hacia Santo Domingo, ciego de venganza.

Que ella se confíe. Mientras tanto, nosotros viramos al noroeste.

—¿Y si ella nos avista primero, capitán? —preguntó el contramaestre con una sonrisa torva.

Brent acarició el pomo del sable de su padre.

—Que nos vea. Que sepa que el halcón ya ha desplegado las alas y que esta vez no es un encuentro fortuito. Es la cacería final.

Al mediodía, el Merciless II levó anclas.

Con las velas al máximo, puso proa al noroeste, desafiando la lógica para ganar la posición.

El rastro de la Rosa Negra se desvanecía en Nassau, pero la mecha ya estaba encendida.

En algún lugar del Atlántico, la Rosa Negra sentiría el cambio en el viento: el halcón no iba hacia su fortaleza, iba hacia su garganta.

***

El bote del Espina de la Rosa llegó a la isla, pero el Tornado no estaba allí.

Los dos hombres tuvieron que esperar apostados dos semanas en aquel fondeadero de La Gomera, un punto de reabastecimiento que Bella Inés solía utilizar por su aislamiento.

Al duodécimo día de espera, la silueta del Tornado emergió finalmente de la bruma, llegando desde el oeste tras una travesía directa desde Nassau, los hombres de João sintieron un alivio inmediato.

Subieron por la escala de babor, y fueron escoltados de inmediato al camarote de la capitana para entregarle una carta sellada en cera negra.

Bella Inés leyó el informe con el rostro pétreo, mientras el Tornado se mecía perezosamente en la cala. La noticia golpeó con la fuerza de un abordaje: el Merciless II había apresado al São Gabriel de Almeida cerca de Madeira, reduciéndolo a cenizas tras saquear la carga de la Hacienda Guzmán.

La capitana apretó el papel contra el escritorio de caoba.

Brent Reiner no solo buscaba venganza por el pasado; estaba desmantelando su red, interrogando a cada aliado de la Rosa para forzarla a salir de la sombra.

Con este golpe, Reiner no solo había recuperado el rastro, sino que la había obligado a moverse.

Si ella hubiera estado en La Gomera, le habría dado alcance.

—Almeida ha sido apresado —dijo Bella Inés en voz baja, mientras Daniel aguardaba sus órdenes—. La carga de mi hacienda está manos inglesas. Ahora sabe exactamente a quién persigue.

Daniel se inclinó sobre el mapa.

—Dos semanas han pasado desde el ataque. Si el Merciless II está virando al norte, hacia Nassau, es porque cree que aún estamos allí o que hemos dejado rastro.

—Le di esa información al capitán Almeida, imagino que se la transmitió al inglés.

—Bella Inés trazó una línea invisible desde su posición hasta Santo Domingo—.

No seguiremos la ruta obvia. Iremos r umbo sur-suroeste, evitando el canal principal de las Bahamas.

Quiero llegar a Santo Domingo en diez días.

Allí reforzaremos la defensa: cañones en la costa, milicias, pólvora.

Si el inglés viene por el sur, lo recibiremos con andanadas desde tierra y mar.

El grumete, aún tembloroso, añadió:

—Capitana… João teme que, si quebraron a Almeida, el inglés haya obtenido información real y no emponzoñada.

Bella Inés alzó la vista, gélida.

—Ya contaba con eso. Almeida es leal, pero el dolor rompe a cualquiera.

Si habló, vendrá tras nosotros como un sabueso.

Por eso, vamos a jugar con su soberbia. —Clavó la mirada en Daniel con un brillo depredador en los ojos que anunciaban tormenta—.

Ordenad: vela máxima. Guardia doble. Y preparad un señuelo: izad un pabellón falso en el mástil de mesana, una bandera portuguesa.

Si nos ve de lejos, que crea que somos otro mercante incauto.

Que se acerque, que se confíe. Y cuando esté a tiro… lo destrozaremos.

—¿Y si trae escolta o refuerzos del Almirantazgo? —preguntó Daniel.

—Entonces hundiremos más de uno —respondió Bella Inés, rozando el broche de plata en su pecho—. Tengo patente real, y él también. Que sea un duelo de patentes. El mar no distingue de reyes ni de venganzas, solo de quién dispara primero.

Dio una orden final al grumete:

—Debéis esperad aquí, El barco enemigo llegará en uno o dos días. Decidle a João: que se mantenga al norte, vigilando la ruta de las Azores. Si ve al Merciless II, que no ataque que solo informe.

Los hombres se bajaron del Tornado, y cuando reabastecieron la nave, viró hacia el sur, acelerando con la urgencia de una flecha soltada de un arco. Bella Inés subió al alcázar, donde el viento le azotaba el rostro. El horizonte, negro y vasto, parecía prometer solo violencia.

—Inglés —susurró al viento—. Habéis tomado mi carga. Habéis aprisionado a mi amigo. Cuando nos veamos… no será casual. Será vuestro fin.

El Tornado cortaba las olas con una violencia renovada, mientras en la mente de Bella Inés la estrategia se fundía con la necesidad de sangre. La guerra ya no era una posibilidad; era un encuentro programado en el abismo del Atlántico.