El Halcón y la Rosa CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Nassau, Nueva Providencia, Bahamas.

Nassau era un nido de víboras y oportunidades: un puerto libre donde se arriaban las banderas al entrar y se izaban las que convenían al salir.

Ingleses, franceses, españoles, holandeses y contrabandistas sin patria se mezclaban en los muelles sin que nadie preguntara por el origen del oro ni por la procedencia de la carga.

Aquí no había guerra declarada, solo negocios.

Y en los negocios las reglas eran pocas: no matar en tierra firme, pagar el amarre y no mirar demasiado a los ojos ajenos.

El Tornado había fondeado al atardecer. Bella Inés había ordenado una escala corta: reabastecerse de agua, comprar pólvora y recoger informes.

Bella Inés bajó a tierra con un grupo reducido: Daniel y cuatro hombres. Vestía ropas discretas —una capa con capucha que le protegía el rostro de miradas curiosas— Caminaron hacia la taberna del Black Anchor, un antro donde se compraba de todo: información, ron y secretos.

La taberna estaba llena de humo de tabaco y melaza fermentada. Bella Inés eligió una mesa en el fondo, de espaldas a la pared. Pidió ron aguado y esperó mientras sus hombres se dispersaban por el local.

Minutos después, la puerta se abrió y entró un grupo de cuatro hombres.

El que iba delante era alto, de hombros anchos y pelo rubio bajo un tricornio de fieltro negro.

Llevaba chaqueta azul, sable al cinto y botas altas.

Caminaba con la seguridad de quien domina el puente de mando.

Sus ojos grises barrieron el lugar, rápidos y precisos, antes de que se sentara a diez pasos de Bella Inés.

Daniel se acercó a la mesa, fingiendo ajustar su bota.

—Capitana… el rubio. Fíjese en él. —Bella Inés no movió un músculo. Alzó la jarra de ron y bebió un sorbo lento—.  No lo miréis. No llaméis su atención.

Brent, ajeno a la presencia de su enemiga, pidió ron y preguntó al tabernero con acento inglés y voz muy baja:

—¿Algún rumor sobre una fragata negra española? Velas carmesí, pabellón con rosa sangrante.

El tabernero, un viejo pirata medio ciego, sonrió con dientes negros.

—Todo el Caribe habla de ella, capitán. La Rosa Negra. Dicen que tiene patente del Rey español. Si la buscáis… tened cuidado.

Brent se inclinó hacia adelante.

—¿Dónde estará ahora?

—Nadie lo sabe con certeza. Pero ha estado cerca. El Espina de la Rosa merodea por aquí. Y el buque grande, el Tornado… dicen que va hacia Santo Domingo.

A Bella Inés le habría encantado saber qué se decían esos dos hombres.

Brent asintió, pensativo. Luego, alzó la vista, deteniendo su gesto de llevarse el vaso a los labios. En el estrépito de la taberna, el mundo pareció desdibujarse en el humo y el murmullo de las conversaciones, dejando un espacio vacío y tenso entre los dos.

Ella lo escrutó con la audacia de quien no teme ser observada desoyendo el consejo de su lugarteniente.

Era un hombre de una presencia imponente: alto, con unos hombros que parecían hechos para soportar el peso de una arboladura completa, y un rostro anguloso, esculpido con una severidad que lo hacía peligrosamente atractivo.

Pero lo que realmente la mantuvo inmóvil fueron sus ojos.

Eran grises, una tonalidad tormentosa y gélida, como el cielo de un invierno que presagia un naufragio, una mirada que contenía la misma desolación que ella había visto en los hombres que lo han perdido todo y han decidido no volver a perder nada.

Brent, por su parte, intentó enfocar a la desconocida en la penumbra.

La luz vacilante de las velas apenas le permitía distinguir los rasgos de ella, pero no necesitó más.

Su atención quedó atrapada por la vivacidad sobrenatural de sus ojos: dorados, intensos, como monedas de oro líquido fundidas en una mirada que le devolvió el desafío.

En el rostro de ella, una fina cicatriz surcaba su mejilla como un tajo de luz, un rastro de violencia que solo acentuaba su magnetismo.

Un escalofrío recorrió la nuca de ambos, una sacudida instintiva, como la descarga de un rayo.

No sabían quién era el otro, ni la magnitud de la guerra que sus destinos estaban por desatar, pero en aquel segundo de silencio, el reconocimiento fue absoluto.

Brent apartó la mirada primero. Bella Inés bebió otro sorbo y susurró a Daniel:

—Nos vamos. Ahora. Sin ruido.

Pagaron y salieron por la puerta trasera hacia el Tornado. En la taberna, Brent terminó su ron y miró una vez más hacia la mesa vacía.

—Que extraño —murmuró a su contramaestre—. Esa mujer… me provocó un escalofrío.

—Hay demasiadas mujeres de negro en el Caribe, capitán. Viudas, y todas parecen vengativas.

Brent sonrió sin humor.

—Quizás. Pero esta… esta tenía ojos de quien ya ha matado.

El Merciless II zarparía al alba, rumbo al sur, hacia donde creían que ella iba. Bella Inés, ya en la cubierta del Tornado, observó cómo el bergantín inglés quedaba atrás en la penumbra del puerto.

—Encontraré a ese maldito inglés —le dijo a Daniel.

Levaron anclas en silencio. Dos barcos, dos capitanes, un encuentro casual en la boca del lobo. Ninguno sabía que acababa de ver al enemigo, pero ambos lo habían sentido en la sangre.

***

La bodega del Merciless II olía a brea, a pólvora húmeda, y a madera podrida y miedo viejo.

La luz entraba por una tronera estrecha, un rayo sucio que caía sobre el rostro del capitán portugués, encadenado a un mamparo.

El capitán tenía el brazo izquierdo vendado con trapos sucios —el corte del metrallazo aún supuraba—, tenía la barba crecida y los ojos hundidos por el agotamiento.

No le habían dado agua desde la mañana anterior; Brent sabía que el cuerpo se quebraba más rápido con sed que con golpes.

Brent Reiner entró solo, con una lámpara de aceite y el sable antiguo de su padre le colgaba del cinto. El sonido de la escotilla al cerrarse resonó como un disparo en el silencio.

Almeida alzó la vista. No había sorpresa; solo un cansancio profundo.

—Capitán Reiner —dijo en un torpe inglés con acento lusitano—. Al fin os dignáis visitar a vuestro huésped.

Brent se acuclilló frente a él, con los ojos grises fijos en los del prisionero.

—No soy vuestro anfitrión. Soy vuestro carcelero. Y vos… sois la llave que abre la puerta a la Rosa Negra.

Almeida soltó una risa ronca que terminó en tos.

—¿Queréis la llave? Ya os la dije en Nassau. Ella os espera. Y cuando os encuentre: os matará como a vuestro padre.

—No me interesan vuestras presunciones —replicó Brent, acercando el filo de una hoja pequeña a la venda del brazo herido—. ¿Dónde está ahora? ¿Rumbo a Santo Domingo?

Almeida escupió al suelo.

—Ella va donde le place. Siempre donde el mar la lleve.

Brent presionó ligeramente la hoja contra la herida. Almeida siseó porque el dolor era insoportable.

—Última oportunidad. ¿Dónde está la asesina?

Almeida respiró hondo, con una sonrisa amarga. Podía decirle lo que le pedía porque Bella Inés así se lo había ordenado.

—Estaba en Nassau. El Tornado fondeó allí hace una semana. Ahora navegará camino de Santo Domingo.

Brent se quedó inmóvil, procesando la información.

—¿En Nassau? ¿Hace una semana?

—Perdéis el tiempo, capitán —dijo Almeida, con los dientes manchados de sangre—. Cuando lleguéis, ella ya no estará. Pero os estará esperando en otro lugar. Y cuando os vea… recordará el nombre de su padre. Como vos recordaréis el de James Reiner.

Brent se levantó y salió de la bodega sin decir una palabra más. En el alcázar, dio órdenes rápidas al contramaestre:

—¡Rumbo norte-noroeste! ¡A toda vela hacia Nassau! Si la Rosa Negra estuvo allí, averiguaremos qué buscaba y a dónde ha huido realmente.

El Merciless II viró, con las velas hinchándose violentamente bajo el viento fresco. Brent miró al horizonte sur, hacia donde creía que la capitana española intentaba esconderse.

—No vais a Santo Domingo. O al menos, no por la ruta que esperáis. Os encontraré donde menos lo imaginéis.

El mar se abrió ante la proa. Mientras el bergantín inglés se lanzaba en una carrera desesperada hacia Nassau para buscar un rastro que ya se había enfriado, el Tornado se alejaba en la dirección opuesta, sumido en la oscuridad, con Bella Inés ignorando por completo que el Halcón de Lydd acababa de morder el anzuelo.

La guerra de las sombras se había vuelto peligrosa; ahora se trataba de quién conocía mejor el terreno y quién era capaz de mentir mejor al enemigo.