CAPÍTULO 13
Para Bella Inés, el marquesado de Valdeazores no era una simple extensión de tierra o un título nobiliario vacío; era un compromiso que ella cumplía con la misma severidad con la que gobernaba a su tripulación.
Mientras otros nobles de la época drenaban los recursos de sus dominios para alimentar su vanidad en la corte, Bella Inés canalizaba la riqueza de sus expediciones y los excedentes de sus capturas hacia la prosperidad de su gente.
Bajo su gestión, Huelva había dejado de ser un puerto deprimido; los almacenes se llenaron con las mercancías que ella liberaba del contrabando y los precios de los productos básicos se estabilizaron, aliviando el hambre que históricamente asolaba a las familias de marineros.
Había financiado la reparación del muelle, modernizado las infraestructuras pesqueras y establecido una red de auxilio para las viudas de los hombres del mar que servían bajo su enseña.
Para el pueblo llano, la marquesa no era una figura distante que habitaba en las alturas del poder, sino una protectora pragmática: sabían que cada vez que el Tornado regresaba al puerto con la bodega cargada, sus vidas mejoraban un poco más.
Aquella lealtad no se compraba con leyes ni con títulos, sino con la evidencia diaria de una prosperidad que, por primera vez en generaciones, no se fugaba hacia Madrid, sino que se quedaba allí, echando raíces en los hogares de Huelva
Esa mañana, el puerto de Huelva bullía como un caldero de brea hirviendo.
El Tornado y el Espina de la Rosa —el bergantín más pequeño y rápido que Bella Inés había encargado— estaban en dique seco paralelo, separados por un muelle improvisado de tablones y barriles.
Carpinteros, calafates y herreros trabajaban día y noche bajo el resplandor de las antorchas y la luz pálida del otoño; el aire era una sinfonía de martillos golpeando, sierras chirriando y el olor acre de brea caliente y pintura fresca.
Bella Inés supervisaba todo personalmente.
En tierra, ante la mirada de propios y extraños, mantenía la apariencia de la dama que el título exigía: lucía faldas de seda oscura, aunque, con una practicidad que escandalizaba a los cortesanos, las llevaba arremangadas hasta las rodillas para evitar que la grasa y la suciedad del puerto arruinaran la cara tela.
Sin embargo, todos en el muelle sabían que aquello era solo un disfraz.
En la intimidad de su camarote, cuando el Tornado zarpaba y se perdía en la inmensidad del Atlántico, la capitana se despojaba de tales artificios.
Allí, su indumentaria era otra: unos ceñidos pantalones de piel negra y un largo abrigo del mismo material, que le caía hasta los pies ocultando sus piernas.
Cuando permanecía estática sobre la cubierta, el abrigo, de corte impecable, parecía una túnica ceremonial o un hábito oscuro, ocultando la naturaleza de su vestimenta bajo las capas de piel; solo cuando se movía con la agilidad de un depredador —desenfundando el acero o ajustando un cabo—, el vuelo de la prenda revelaba los pantalones, dejando claro a quien tuviera ojos para ver que Bella Inés no era una dama al uso, sino una criatura forjada para la guerra y el abismo.
Con las botas altas manchadas de alquitrán, las mangas de la camisa subidas hasta los codos y el cabello trenzado con la destreza de un grumete, Bella Inés no era una espectadora en aquel ajetreo, sino el motor que hacía que todo avanzara a marchas forzadas.
El Tornado salía transformado. Su casco de ébano recibió una gruesa capa de brea y alquitrán caliente, un tratamiento de carena que, además de sellar cada junta contra la humedad, le otorgó un acabado de un negro profundo e inquietante.
En la línea de flotación, se aplicó una mezcla de almagre oscuro y aceites pesados, logrando un tono rojizo que, al fundirse con las sombras del mar, hacía que la nave pareciera navegar más hundida, emergiendo de la bruma como un espectro imposible de medir.
Los cañones de veinticuatro libras se limpiaron hasta relucir y sus cureñas se reforzaron con hierro forjado nuevo.
En las troneras se instalaron protectores de cuero para evitar chispas errantes y, en la proa, se montó un cañón giratorio de doce libras, un «perro de caza» para disparos rápidos en persecuciones.
La jarcia se revisó nudo a nudo: obenques nuevos, velas de lona flamenca reforzadas con doble costura y un juego extra de velas negras guardadas en bodega para las emboscadas nocturnas.
El Espina de la Rosa, más ligero y maniobrable, se armó como un dardo: diez cañones de dieciocho libras, pero con énfasis en la velocidad.
Se añadieron foques adicionales y una gavia cuadrada nueva para ganar un nudo extra con viento de popa.
En la cubierta se instalaron garfios y redes de abordaje para capturar presas vivas si fuera necesario.
Bella Inés quería tener opciones: hundir, apresar o interrogar.
Bella Inés caminaba entre los dos barcos como un general en su campo de batalla. En el Tornado, ordenó al artillero Matteo:
—Pólvora seca en barriles sellados con doble capa de cera. Munición mixta: bola para el casco, metralla para la cubierta y cadena para la jarcia. Quiero poder elegir cómo morirán.
En el Espina, João supervisaba a la nueva tripulación: quince hombres reclutados en Cartagena y Cádiz, curtidos en mil corsos. Bella Inés subió a bordo y los miró uno a uno.
—No sois marineros de leva —dijo—, sois cazadores. Pagáis con oro puntual y lealtad absoluta. El primero que dude o traicione, lo entrego al mar. Quien me siga, compartirá la gloria y el botín.
El oficial cartagenero con una cicatriz en la mejilla alzó la voz:
—Capitana, ¿haremos cautivos? ¿O la corona exige muerte?
Bella Inés asintió.
—La Corona me ha reconocido. Y no mataremos por matar. Pero recordad: Cazaremos enemigos declarados.
Bella Inés, tras responder todas y cada una de las preguntas de los hombres que ahora componían su tripulación. Se marchó de vuelta al palacio, Bella Inés reunió a su reducido consejo: Daniel, João, Matteo, el oficial cartagenero y Aranda.
—Zarparemos pronto —dijo Bella Inés desplegando un mapa grueso del Atlántico—. Han llegado noticias —Bella Inés lo sabía muy bien pues pagaba con oro cada información cierta—. Un barco con bandera inglesa con ruta a las Azores, podremos interceptarlo en el canal de las Bahamas.
Daniel trazó líneas con lápiz rojo.
—Si navega con patente del Almirantazgo inglés, puede cazar cualquier español hostil… y nosotros seremos hostiles para él.
Bella Inés asintió.
—Nosotros también seremos hostiles. El Tornado zarpará en diez días rumbo a Santo Domingo, pero no directo.
Rodearemos por el norte: Madeira, Canarias, luego salto al Caribe.
El Espina saldrá antes, en cinco días, con João al mando.
Patrullará las Azores desde el sur. Si ve al navío inglés, no atacará.
Observará. Nosotros llegaremos después y lo sorprenderemos por barlovento.
João sonrió.
—Como un tiburón que huele sangre antes de que la haya.
Bella Inés se levantó y tocó el broche de plata.
—Terminad de armar los barcos. Reclutad más hombres. Comprad pólvora en Cádiz.
Salió a la galería superior. El viento del Atlántico le azotó el rostro. Abajo, las luces de las antorchas iluminaban los dos barcos: negro y carmesí, listos para la caza.
***
El Espina de la Rosa navegaba con el aparejo reducido al norte de las islas Madeira, rastreando las rutas que conectaban los puertos portugueses con las colonias.
João, desde el alcázar, mantenía el catalejo soldado a sus ojos.
Habían elegido esta zona precisamente porque era el embudo donde los mercantes de la Hacienda Guzmán debían cruzar antes de poner rumbo sur hacia el archipiélago canario.
A las nueve, avistaron al São Gabriel. Pero veinte minutos después, el horizonte se rompió: una silueta de tres palos, velas cuadradas y un casco negro que cortaba el agua con una arrogancia militar: el Merciless II.
João sintió un vuelco en el pecho. Reiner no estaba patrullando al azar; conocía las rutas.
El desenlace fue brutal. Una andanada certera del navío inglés dejó al mercante al garete, con la jarcia hecha jirones.
Desde cuatro millas de distancia, oculto tras la estela de una de las pequeñas islas del archipiélago madeirense, João observó la tragedia.
Sabía que intervenir era un suicidio táctico; el Espina era un dardo de reconocimiento, no un buque de línea.
A través del catalejo, vio el abordaje. Reiner saltó sobre la cubierta portuguesa, liderando un pillaje sistemático.
Poco después, el São Gabriel comenzó a arder.
El capitán inglés, lejos de hundir a la tripulación con el buque, los arrió en botes, asegurándose de que fueran testigos de su propia derrota.
—No nos verán —susurró João, bajando el catalejo—. Bote al agua.
El pequeño bote mensajero se deslizó por la banda de sotavento, aprovechando la cortina de bruma que emanaba del mercante en llamas. João entregó el mensaje sellado en cera negra al patrón.
—La capitana aguarda en la costa norte de La Gomera —ordenó João, señalando el horizonte sur—. Tenéis viento de popa para los próximos dos días. No paréis ni para comer. Informad a la capitana: el Merciless II ha tomado la carga y Reiner ha puesto proa al Caribe buscando el rastro de la Hacienda.
El bote se alejó, pequeño y silencioso, iniciando una navegación de urgencia hacia el sur para cruzar el Atlántico abierto hasta llegar a las Canarias.
Mientras tanto, João viró el Espina hacia el oeste, alejándose en silencio, consciente de que la noticia que transportaban aquellos hombres era la mecha que haría estallar la guerra entre la marquesa y el inglés.
Mientras tanto, en su alcázar, Brent observaba cómo las llamas consumían al mercante portugués, convirtiendo la madera en cenizas y el orgullo de Almeida en un testimonio de impotencia.
—Rosa Negra —murmuró para sí mismo, con la mirada fija en el horizonte sur—. Os estoy esperando.
El mar seguía humeando. La caza había dejado de ser un juego de espías para convertirse en un duelo a sangre y fuego.